OBRA DIRIGIDA A PERSONAS ABIERTAS A PRESENCIAR UN LENGUAJE ARTÍSTICO ENRIQUECIDO
![]() |
Cuatro actores silentes y una actriz que pone su voz al servicio de una gran cantidad de personajes, consiguen dar La vuelta al mundo (en ochenta) días frente a una máquina de hacer historias, un pizarrón y un escritorio. El milagro escénico se realiza de nuevo al acudir desde nuestra actualidad a esta historia creada por Julio Verne que publicó por entregas en Le temps de noviembre a diciembre de 1872, en la que esta vez, el cuerpo humano y el lenguaje toman otra dimensión.
Haydeé Boetto, brillante directora y actriz, quien también ha participado como intérprete en otros montajes de esta compañía, realizó la adaptación de esta obra, en la que retomó los pasajes imprescindibles descritos por el autor y los vehículos utilizados por los protagonistas, en una época que a la distancia destaca la dificultad mayor de estos viajeros.
La apuesta de 20 mil libras hecha por el señor Fog en el Reforma Club a sus compañeros de juego –que esta vez muestran sus rostros lisos e inamovibles plasmados en una máscara de cartón con sombrero de copa–, la coincidencia física del ladrón de las 55 mil libras, el sello del pasaporte británico por casi todos los países visitados y la ineficacia de la comunicación y la burocracia que nunca hace llegar la orden de arresto solicitada cuando se requiere, tienen las consecuencias que su autor plasmó en este cuento, sólo que en esta versión, todo esto es producto de la máquina inventada por un personaje que narra los acontecimientos.
Así es como este texto trasladado al teatro conserva sus virtudes a la vez que adquiere otras, como el hecho de que su adaptación tenga el objetivo de ser representada por una compañía única en su género, en la que la mayoría de sus actores se comunican mediante el lenguaje de señas mexicano, hasta la oportunidad de sumergir al espectador en un cuento miles de veces representado, que ha conseguido dejar de lado pasajes extenuantes y abrillantar en su protagonista, el motor interno que lo llevó a concebir y realizar el viaje, despojándolo de ese aire soberbio que conserva en la mayoría de las versiones, para dejarlo sencillamente como un ser humano a la caza de su objetivo.
Bajo la dirección de Alberto Lomnitz, quien cumple años con esta agrupación escénica única en América Latina dedicada a promover la lengua y la cultura de los sordos, La vuelta al mundo (en ochenta) días alcanza plácidamente a espectadores de diversas edades y condiciones, que más allá de clasificaciones para niños o adultos, está dirigida a personas abiertas a presenciar un lenguaje artístico enriquecido.
Vestidos con overoles o comandos cuyo estampado reproduce los engranes y rondanas color ocre de la máquina de historias, los actores se transforman según su personaje, bajo una gorra o sombrero que da un indicio súbito al espectador de que está ante un marinero, un detective, una actriz oriental –con todo y bigote–, un elefante con trompa y orejas, un caballo, un capitán de barco o un empleado.
Diseño de vestuario de Adriana Olivera que no sólo resuelve con eficacia la ropa base de cada personaje de modo que pueda ser otro en segundos, sino que da la ilusión de que todos se desprenden de la máquina, son partes de ésta y cobran vida propia para volver a integrarse más tarde a ésta.
Lo demás es expresión pura: grandes gestos, brazos que se contraen o se tensan, ojos que se agrandan, párpados que se alargan, se estremecen, piernas que huyen, atrapan, se detienen o caminan plenas; manos –muchas manos–, cuerpos que hablan, que se comunican con una energía que arrolla en un juego que no se detiene hasta cumplir su destino.
El cuerpo toma una dimensión mayor en los actores sordos. Roberto de Loera, Eduardo Domínguez, Jofrán Méndez y en la actriz Lucía Olalde, interpretan al señor Fog, Paspartú, señora Auda y al detective Fix, al tiempo en que son también habitantes de Egipto, de África y cada ser vivo que se cruza por el camino de los viajeros.
Dentro de la historia los intérpretes se multiplican como la voz de la actriz Monserrat Marañón, quien aporta un timbre, una inflexión, un tono, un ritmo, una tesitura distinta para que cada personaje pueda ser escuchado además de ser visto, al tiempo en que ella realiza efectos de sonido como la sirena de un buque o el golpe seco sobre el cuerpo del testarudo detective.
La compañía Seña y verbo, teatro de sordos, propone esta vez un juego en el que las posibilidades se abren hasta crear una multitud humana con cuatro pares de manos que descienden de barcos, o trenes con vagones de carne humana que suben cuestas mientras su máquina de vapor echa humo por el camino y hace sonar su silbato.
![]() |
Los tamaños crecen o se achican aparecen y se transforman sobre el escenario; la máquina de cuentos es carroza, edificio inglés, consulado, mar, tierra y Hong Kong, Calcuta o Nueva York. Sus pequeñas puertas se abren, deslizan, cierran cual ojo de cámara fotográfica y los personajes emergen, se esconden, trepan y viajan en esta pieza escenográfica diseñada e iluminada por Patricia Gutiérrez que resuelve, gracias a su ingenioso dispositivo, esta gigantesca vuelta al mundo.
La música original de Leonardo Soqui, que introduce sonidos de aves, teclados, cuerdas o percusiones, hace que la aventura sea también un viaje sonoro y armónico, de forma que tanto personajes como espectadores arriben juntos al país o al paraje de breve estancia.
|
La vuelta al mundo (en ochenta) días es la oportunidad de compartir un juego en el que manos, silencio, sonido, música, ingenio y gozo son parte de un teatro pocas veces visto.
Ficha: La vuelta al mundo (en ochenta) días de Julio Verne, adaptación de Haydeé Boetto se presenta los domingos a las 13:00 horas en el Teatro Helénico. Avenida Revolución 1500. Col Guadalupe Inn.