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A la caza de Los días de Carlitos

 

MÁS DE CIEN REPRESENTACIONES EN DISTINTOS TEATROS DE LA REPÚBLICA HAN DADO A SU CREADOR LA LIBERTAD DE PULIR A UN PERSONAJE QUE HA CRECIDO EN LA DEPURACIÓN DE UN LENGUAJE PLENO DE HALLAZGOS

 

 

                                                                                                                                                                                                 POR Alegría Martínez

 

   

 

 

El escenario se llena de gente con la presencia de un solo actor. Carlitos nos habla como adulto de lo que pasó cuando fue niño, sobre un escenario semivacío en el que si acaso una silla, alguna luz y una pequeña mesa, le sirven de apoyo a este hombre de teatro que escribe, actúa y se autodirige hacia la creación de un laberinto de sucesos que nos trasladan al lugar y los momentos evocados por un ser humano que se dice exitoso.

 

 

Los días de Carlitos es un montaje por cazar este año que inicia, en teatros del interior o en la ciudad de México, por la frescura del personaje, el humor y la profundidad con que plantea sucesos cotidianos en la vida de un chico que sin detener su paso, por más grave que sea lo que enfrenta, continúa sin perder la dulzura, la ingenuidad, la capacidad de asimilar y de crecerse a los obstáculos encontrados.

 

 

Adrián Vázquez se dirige al público para contarle la historia de su personaje y casi de manera simultánea, con medio giro de su cuerpo y un milimétrico cambio de gesto, hace la voz de la madre, para recrear a su hermano al segundo siguiente, al propio Carlitos niño al poco rato y más tarde a los tres en plena discusión, gritería, berrinche, regaño y pelea entre chicos, hasta el trágico cambio de suerte que es subrayado por una intensa luz roja, un estridente sonar de sirena y un silencio que antecede lo que seguirá en su vida.

 

 

De golpe el espectador es introducido a la infancia de un Carlitos que ya es hombre y que entra o sale de esa etapa mediante un parpadeo, para continuar con el curso de su historia que sigue sin tropiezo hasta adentrarnos en los temores, las dudas, los sofocos de un joven estudiante que no cesa de padecer a sus compañeros.

 

 

El autor, actor, director de esta obra, nos arroja al salón de clases, nos hace ver a la maestra mediante una voz ligeramente más aguda y un andar apretado, nos acerca a la niña que le gusta a través de un ademán, una inclinación de cabeza o una palabra, de un certero flashback que nos lleva a esa época en que todo está por descubrirse: el amor, la posibilidad de gustarle a alguien, el rechazo, el abuso, la indolencia, la incapacidad humana.

 

 

Carlitos viaja a su pasado desde el presente con su cuerpo como vehículo, al que también se adhiere el espectador para llegar al propio y desde ese punto no hay retorno. El actor tiene en su puño a quien lo observa sin perder movimiento, respiro, mirada, quiebre de muñeca ni paso alguno de este personaje que es uno y es muchos, que es el chico desde el adulto y vuelve a ser el niño, al tiempo en que no cesa de ser cada uno de nosotros.

 

 

La historia de Carlitos es una tragedia cotidiana, un camino empedrado muy transitado y envuelto para el olvido, en el que la imposibilidad de conseguir el aplomo necesario para la sobrevivencia, se transforma en soberbia en versión simpática.

 

 

De la carcajada a la lágrima viaja el público que ve a más de siete personajes en el cuerpo de este actor descalzo sobre la escena, empapado en sudor y casi sin oxígeno, después de luchar con un compañero invisible pero de acción palpable, con quien el Carlitos se lía a golpes tras haber sido hostigado sin pausa.

 

 

La impotencia por las humillaciones dentro del aula, el increíble reconocimiento de la pequeñez humana en el personaje de la maestra, lo aterrador que puede ser una madre furiosa, lo insondable del dolor humano, confluyen en las acciones de este actor que encuentra respuesta inmediata a lo que aqueja a su protagonista.

 

 

Más de cien representaciones en distintos teatros de la República y cuatro años de escenificar esta obra, han dado a su creador la libertad de enriquecer y pulir a un personaje que ha crecido en la depuración de un lenguaje pleno de hallazgos.

 

 

La posibilidad de que los personajes que se relacionan con Carlitos proyecten fragmentos de lo que callan,

 

 es una virtud más de este actor nacido en Xalapa que logra lo que muy pocos: crear con verdad una ficción incidental,  corta, extensa, trágica, cómica y decisiva o de apariencia intrascendente, a una velocidad centrífuga sin que algo se banalice.

 

 

Quizá el título de la obra pueda prevenir a un sector de público que intuirá un montaje liviano sobre instantes alegres y juegos infantiles, mientras otro sector tal vez intuya un monólogo mal hecho pleno de baches y acciones inconclusas como sucede con muchos.

 

 

Habrá que vencer los prejuicios para asistir a un teatro que exige desnudez emocional al parejo de quien asume a Carlitos sobre la escena como un ser humano desprovisto de defensas, en un mundo que te desgarra antes de que puedas generarlas.

 

 

Pocas veces un espectáculo hace reaccionar al espectador al unísono ante lo que presencia, como sucede con esta puesta en escena, que remueve las costras del tiempo para descubrirnos una pureza que hemos dejado de tener en cuenta.

 

 

 

Jesus Vallejo

2012-03-09

Totalmente de acuerdo!! Excelente Obra y Excelente Actor. La vi en Tijuana y se las recomiendo!!

 

Nancy

2012-03-09

He seguido de cerca los procesos de "Los dias de Carlitos", he vivido muy de cerca el crecimiento y perfeccionamiento de este espectaculo, admiro profundamente al actor, y recomiendo ampliamente este unipersonal.

 

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