A UN AÑO DE SU MUERTE, LA COMPAÑÍA NACIONAL DE TEATRO RECUERDA AL PRIMER
ACTOR CON UNA EXPOSICIÓN DE FERNANDO MOGUEL
![]() |
El primer actor, Claudio Obregón, confesó en entrevista que no estudió en ningún lado. Teatro, al menos, respondía entre risas bajo un sol intenso una tarde de noviembre del 2008, el primer año de su estancia en la Compañía Nacional de Teatro como actor de Número. Traté de entrar a la escuela del INBA, dijo, pero como era un muchacho de escasos recursos no fue posible pagar mi colegiatura, entonces pedí una beca pero no me la dieron.
–¿Qué se te ocurrió hacer?
–Seguir adelante. Nada más.
A lo largo de cincuenta años de trayectoria escénica, Claudio Obregón participó en más de 40 puestas en escena, bajo la dirección de Álvaro Custodio, Fernando Wagner, Ludwik Margules, José Luis Ibáñez, Juan José Gurrola, Ignacio López Tarso, Julio Castillo, José Solé, Benjamín Cann, Mario Espinosa, Abraham Oceransky, David Olguín y Luis de Tavira, por mencionar unos cuántos, además de haber hecho cine, radio y televisión.
Hoy, a unos días del homenaje que le rinde la Compañía Nacional de Teatro que dirige Luis de Tavira, al cumplirse un año de su fallecimiento, quedan aquí sus respuestas a una conversación que debimos interrumpir entonces para dar paso a los sucesos cotidianos y más tarde, porque a pesar de refrendar nuestro compromiso en cada ocasión, no encontramos el momento de continuar la plática.
“La verdad no me preocupaba cómo iba a entrar al teatro profesional y cómo me iba a convertir en un actor sólido, no lo pensaba en ese momento. Simplemente estaba enamorado del teatro. Trabajé primero en una compañía de ladrillos refractarios en el área de contabilidad dentro de control de personal. Luego me cansé de eso y me fui a Radio Universidad.
Wagner, un director técnico
Gracias a Juan López Moctezuma, Claudio comenzó a trabajar en la radio universitaria, primero como locutor, luego en la producción hasta que terminó como jefe de producción. Con López Moctezuma participó en dos obras: La romanza de Miguel Sabido y Maestro jugador, adaptación de Emilio Obregón a la obra de Friedrich Dürrrenmatt. Ahí un actor lo recomendó con Fernando Wagner.
“Era un hombre muy vivaz, irónico, sarcástico, siempre estaba haciendo bromas crueles aunque sin ensañarse con las personas, sino todo lo contrario, lo hacía para divertirse, para jugar. En el fondo era un hombre muy bondadoso y muy enterado.”
–¿Qué te enseñó Wagner?
–Lo que implica manejarse en el escenario, cómo caminar, cómo sentarse, aspectos técnicos fundamentales de la actuación. Te daba tips para encausar un personaje, pero no profundizaba mayormente.
Wagner era un director muy técnico, tenía mucho oficio, distribuía el trazo escénico y te ayudaba a encontrar la forma de proyectar mejor la voz. Todo esto lo planteaba muy bien. Era un director que dejaba muy libre al actor, que daba indicaciones muy precisas y no iba más allá. Trabajé con él en dos obras, El perro del hortelano de Lope de Vega y El señor Biederman y los incendiarios de Max Frish.
La obra de Frish trataba del miedo burgués ante la ascensión irremediable del fascismo y cómo ese hombre –que por cierto interpretaba Farnesio de Bernal- pensaba que eso no le ocurriría a él, que era cuestión de los otros, hasta que finalmente se ve invadido por los incendiarios, quienes le ordenan qué hacer y qué no. Era una obra muy interesante.
Retes, intuitivo
Claudio trabajó más tarde en la misma obra de Frish pero bajo la dirección de Ignacio Retes, en la que interpretó al personaje opuesto, un arquetipo que en opinión de Claudio no tenía mucho de dónde rascarle. Era un hombre sin cultura que arrasaba con todo y el otro personaje era alguien que llegaba disfrazado de smoking, ambos muy fascistas.
“Retes no dirigía –comentó con humor-, nada más decía: ‘Échele ganas maestro, échele ganas’. ¡De verdad! De repente se acercaba y platicaba con uno en secreto. ‘Mire maestro, yo creo que aquí el personaje hace esto. ¿Me explico verdad?’ Porque ésa era su muletilla. ‘Mire maestro, no sé cómo decirle, pero usted tiene que hacerlo más vivo’´.
La risa estallaba a borbotones cuando el primer actor, analítico, cuestionador y sarcástico en esencia, recordaba los ensayos con Ignacio Retes, a quien conoció cuando ya estaba más avanzado en su formación como actor.
-Era una bella persona. Muy buena facha. Gente de izquierda, combativa, sensible. Aunque esta segunda vez la obra no tuvo mucho éxito. Fue mejor la primera con Wagner, que nos fuimos de gira al Sureste. Yo estaba entonces esperando a mi primer hijo y mi mujer así, embarazada, me acompañó a la gira de siete meses, fue muy valiente.
Álvaro Custodio
Como dentro de un viaje en el tiempo hacia atrás y hacia delante, el actor comentó que ya antes había trabajado con Álvaro Custodio.
“Recuerdo que estábamos trabajando en el Teatro Del Bosque que ahora se llama Julio Castillo. Yo hacía una breve aparición como San Lázaro. Este personaje le decía al Cid que él era el mendigo que lo socorrió y que ahora se le presentaba como Santo para decirle cómo actuar en la batalla. En ese entonces yo no sabía cómo desplazarme en el escenario, debía hacer un movimiento hacia atrás y en lugar de dirigirme entre pernas hacia la salida, fui y me pegué contra la pared.
Custodio me dijo un montón de cosas. Me regañó, pues. Lo importante de esa época fue la convivencia con los actores. Estaban Sergio Bustamante, Graciela Orozco, Maricarmen Vela, gente más o menos de mi edad pero yo ahí me sentía como un intruso porque ellos eran actores profesionales que habían pasado por una escuela y yo estaba haciendo mis pininos. Me sentía disminuido.”
Para Claudio, sin embargo, fue una buena experiencia porque aprendió cómo decir el verso y para demostrarlo, el actor pronunció en voz alta el parlamento de San Lázaro: “Don Rodrigo, soy el pobre a quien enviaste y tanto a Dios agradaste por lo que hiciste conmigo”. Las carcajadas resonaron en la oficina donde lo inundaron los recuerdos en los que también se revolvían los días de Radio UNAM con Aurora Molina, las frases de Calixto y Melibea y el gozo de grabar el programa Literatura española con Luis Ríos.
El flechazo del teatro
Al preguntarle cómo fue que se enamoró del teatro, dónde y cuándo se dio el flechazo. El actor se remontó a sus 18 años.
“Estudiaba para sacerdote en un seminario salesiano. Un compañero que vivía cerca de mi casa se enteró de que iban a montar dos obras de O’Neill y me dijo: Hay un señor medio loco que va a montar unas obras. ¡Vamos!”
Claudio hacía de todo en el seminario, desde cargar tabiques hasta ser secretario del director. Leía a los estudiantes durante almuerzos y comidas textos religiosos y actuaba en las obras que de repente también dirigía.
“Estaba yo muy aburrido, desesperado con mi vida”.
–¿Que te hizo abandonar el sacerdocio?
–Dejé de creer.
–Qué fuerte.
–Sí porque es como a quitarte el piso, pero no podía dar marcha atrás. Me acuerdo que hablé con el padre confesor y le comenté mis dudas. ‘Pues eso es anticristiano’, me respondió. Pues no sé, pero eso es lo que veo y siento. No supo qué decirme. Estuve vagabundeando por la vida secular. Me sentía desesperado porque no encontraba cabida en ningún lado. Eso suele pasar con los jóvenes, que a los 19 años ves a las mujeres y no sabes cómo abordarlas. Te pones rojo y sales corriendo. A mí me pasó. Los primeros años, al salir del seminario, trabajé en Gayosso y los compañeros del trabajo me albureaban, se burlaban de mí. Era yo un muchacho muy inocente. No entendía qué diablos pasaba.”
![]() |
El loco director de teatro era Eduardo Santaella que después se volvió crítico de teatro. El joven Claudio y su compañero fueron a pedirle trabajo a ese hombre a quien desde un principio le gustó la voz del incipiente actor.
“Mi compañero y yo dejamos el seminario y yo fui a hacer la prueba. A este director le interesaba mucho saber cómo tenía yo los pies porque iba a actuar descalzo. Me hizo quitarme los zapatos, le enseñé mis pies. Ah, están bien, dijo. Nunca me enteré por qué se imaginaba que me iban a oler los pies o que los tenía deformes. El personaje era un hombre del mar, no propiamente marinero y al director le interesaba saber si yo tenía los pies distintos a los demás.
Luego me puso a leer un texto, después el de otro personaje y terminé haciendo los dos papales principales. Me entusiasmaba trabajar en dos obras de O’Neill. Ahora que leí El hielero, en el prólogo dice cómo en los Dramas del mar y concretamente en esta obra, el dramaturgo estructura a sus personajes con una gran musicalidad y eso me pasó. Sentí al actuarlos que yo era parte de una orquesta en la que estábamos trabajando en una sinfonía, en un trozo musical determinado y eso para mí tenía mucho valor.
Por otro lado, al estar actuando, sentía yo una especie de diversión constante con el texto y con mi personaje. Para mí era un descubrimiento diario estar metido en ese mundo y fue como una especie de revelación saber que a partir de ese momento ese mundo me pertenecía y, pasara lo que pasara, yo iba a estar metido ahí de por vida. Tenía 23 años. Ésa fue mi decisión, viviera o no de eso. Intenté estudiar leyes y pasé el primer semestre pero no me gustaba. Es como descubrir la vocación. Una pasión que ya madura todavía, después de 40 años.”
-- NOTA -- La Compañía Nacional de Teatro recuerda al primer actor Claudio Obregón a un año de su muerte con una exposición de Fernando Moguel que detiene 20 momentos de este actor imprescindible. (Francisco Sosa 159, Barrio de Santa Catarina, Coyoacán).
2012-02-26