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Cartelera

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La comedia musical ¿un género intrascendente?

 

CON FRECUENCIA SE LE CATALOGA COMO UN PRODUCTO CARO DEL QUE PUEDE
PRESCINDIRSE, UN MUNDO DE CANCIONCITAS QUE NO SE NECESITAN

 

 

                                                                                                                                                                                                 POR Alegría Martínez

 

 

 

El niño vestido  de verde que no tenía intenciones de crecer, Peter Pan, fue conocido como personaje teatral en 1911 creado por James Matthew Barrie, más tarde, en 1943 fue transformado en personaje de cuento y en 1953, llegó al cine como dibujo animado creado por Walt Disney. Hoy, en la ciudad de México, es el protagonista de una comedia musical en la que su intérprete transita entre proyecciones de video en tercera dimensión, sofisticados efectos sonoros y de iluminación, e intrépidos vuelos cruzados sobre el escenario. 

 

La información que proporciona la empresa productora, nos hace saber que las necesidades técnicas de este montaje, requirió del trabajo de 200 personas durante el último año y que además participan 33 actores, 14 músicos, 25 creativos, casi 100 de técnicos en iluminación, audio, video, vuelos y  tramoya, sin mencionar al equipo completo que abre camino hacia el lugar ilusorio de la aventura.

 

 

Como si hubiera un desprecio inoculado de origen en nuestra educación hacia todo aquello que necesita una inversión mayor, un despliegue de personal, un lustre que se acerque al brillo o al  lujo y por lo tanto a lo banal, o a lo que no es parte de una necesidad primordial, una buena porción de espectadores reniega de la comedia musical porque la cataloga como un género superficial, algo intrascendente que no aporta intensidad a su existencia, un producto caro del que puede prescindirse, un mundo de música y cancioncitas que no se necesitan.

 

 

Sin embargo, una buena porción de estos espectadores de clóset, no confiesa que muy a su pesar, cuando llegan a ir (invitados, porque no estás dispuestos a pagar lo que cuesta), disfrutan de un espectáculo bien hecho que desdeñan, porque en su mayoría desconocen el tremendo esfuerzo que implica realizar un trabajo de precisión como es una obra de este género, en la que no cabe la improvisación y porque no están dispuestos a aceptar que se vale entrar al teatro exclusivamente por una ilusión. 

 

 

Peter Pan forma parte de ese universo del que nadie quisiera despegarse: el espacio de la aventura, las hadas, los piratas y los indios, donde el juego es lo único que cuenta en un contexto en el que la realidad ha hecho que estos cuentos sean algo necesario.

 

 

Paradójicamente, la situación por la que atraviesa nuestro país, que ha generado por fortuna la creación de textos dramáticos para niños en los que se plantean realidades crudas imposibles de evadir, nos ha hecho voltear de nuevo al teatro fantástico, del que se ha repelado durante mucho tiempo por su liviandad y específicamente debido, las más de las veces, a su mala factura.

 

 

¿Qué nos otorga entonces hoy, la posibilidad de convivir con este Peter Pan de comedia musical? La oportunidad de contener el azote cotidiano, la preocupación irreprimible y el miedo durante casi dos horas.

 

 

Las posibilidades técnicas permiten retroproyecciones en las que el Cocodrilo que apetece comerse al Capitán Garfio aparece de súbito convertido en un gigante animado en movimiento.  El vuelo sobre la ciudad de un Londres nocturno poblado de estrellas, o las cuevas de los niños perdidos a ras de suelo con el bosque en un segundo nivel poblado de árboles, flores y follaje y el mar con aves al vuelo en el horizonte, son parte del paisaje del país de Nunca jamás.

 

 

La música con orquesta en vivo bajo la dirección de Isaac Saúl, la coreografía de James Kelly, especialmente aquella en la que participan indios y piratas, encabezados por Alma Escudero como Tigrilla y por Marcela Guirado como Wendy,  es parte gozosa del mundo habitado por hadas, sirenas que apenas aparecen y placer por el canto.  

 

Con un trabajo de buena sincronía en la que los carros escenográficos llegan a tiempo, donde el vestuario es lo que se espera, donde no fallan las voladoras y todo parece adquirir mayores dimensiones, hasta el perro Nana que es gigantesco, lo que importa es sentirse ahí, abrazar de nuevo la ilusión, retomar por un instante la posibilidad de creer que un recuerdo feliz puede hacernos volar, lo de menos es si los niños cuando están amarrados al mástil lucen como actores que esperan su turno para el paso siguiente, o si debieran verse como verdaderos rehenes de los piratas a punto de ser lanzados por la borda.

 

 

No tiene sentido entonces reparar en si el Capitán Garfio que interpreta Adrián Uribe es un marinero de agua dulce que elige dar bien las notas y hacer los pasos de coreografía antes que internarse con hondura en la ficción para encarnar al contradictorio personaje melévolo, y ya es lo de menos si Peter Pan es interpretado por Lolita Cortés o por una joven llamada Hiromi que se entrega al personaje con buen ímpetu; el asunto es entrar a la convención de que por ahí anda Campanita escondida en una luz mediante una proyección parlante. Pensar que volar se puede, aunque sea con arnés; que igual y hay chance de vencer a los piratas arrojándoles pelotas desde las butacas. Pensar que Peter Pan está ahí, únicamente para incrustarnos en paisajes exentos de nuestra visión cotidiana.

 

 

Bajo la dirección de Jaime Metarredona, la dirección de arte de Laura Rode, traducción y adaptación de Susana Moscatel y Erick Merino, escenografía y utilería de Puala Sabina, diseño de vestuario de Violeta Rojas, iluminación de Jason Kantrowitz, vuelos de Paul Rubin y video de Adriana Arraiga y Jorge Orozco, audio de Sergio Santoyo y dirección técnica de Adriana Beatty, este Peter Pan que canta, baila y vuela,  se presenta los viernes  a las 17 y 20 horas, los sábados a las 17, 13 y 20 horas  y domingos a las 13 y 18 horas.

 

 

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