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Cartelera

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Fernando Moguel, un cazador de emociones

 

“SOY DE ACERCAMIENTOS MUY FUERTES. ME GUSTA QUE SE VEA LA LÁGRIMA,
LA SONRISA, EL MOCO”, CONFIESA EL FOTOGRAFO DE TEATRO

 

 

                                                                                                                                                                                                 POR Alegría Martínez

 

 

 

Fernando Moguel es un cazador de sentimientos. Cuando entra con su cámara a un teatro, sabe en qué momento va a haber una cachetada o un beso sin mantener el dedo en el gatillo. Desde 1982 a la fecha, ha conseguido un archivo de cinco mil fotografías que en las madrugadas observa, modifica, escanea y le hacen sentir feliz como a Rico Mac Pato cuando nadaba en su alberca de dinero. Sus imágenes son su riqueza, su colección; un acervo de vivencias que nadie le puede quitar.

 

Ganador de la medalla  Xavier Villaurrutia 2009 por 25 años de trabajo en el teatro sin ser actor, su colega José Jorge Carreón felicitó a Moguel en aquel entonces por haber conseguido con este reconocimiento, un lugar en la mesa para el fotógrafo escénico.

 

Sin cámara, Moguel se siente mutilado; para él este dispositivo es un puente que lo conduce hasta el escenario, una extensión propia; un tercer brazo sin el que se siente raro, como si no fuera a gozar igual.

 

 

Nacido en Mérida donde gracias a su abuelo –fundador del Diario de Yucatán, fotógrafo y reportero de la sección de Sociales– el pequeño Fernando pudo ver teatro con actores como Arturo de Córdoba, Carmen Montejo y Marga López, su amor al teatro lo trajo a la ciudad de México, donde pudo disfrutar más de este arte.

 

Lo que ganaba como empleado en una farmacia le servía para comprar su boleto y ver obras buenísimas con primeros actores a precios ridículos de 10 pesos y acudir a montajes como Mame con Silvia Pinal,  sólo en fechas especiales como un 31 de diciembre o un 10 de mayo; días en que se daba el lujo de ir feliz y emperifollado a las funciones más caras, que eran su festejo particular.

El regalo de una cámara Yashica lo llevó a tomar un curso de comprensión fotográfica  en La Casa del Lago, con Lázaro Blanco, en la época en que trabajaba como modisto y tomaba fotos de paisajes diversos.

 

“Un día se presentó Ofelia Medina en el Teatro Reforma con la obra Traición y metí mi cámara sin que nadie supiera. Quiero  una foto de Ofelia en mi casa, me dije, y tomé varias que a la fecha guardo con mucho cariño. Nadie me cachó.

 

 

 

 

“Después se me antojó meter mi cámara a Armas blancas de Julio Castillo y fue muy difícil porque  se representaba en el sótano del teatro de Arquitectura con una iluminación muy mala y desnudos fortísimos. 

 

 

Coleccionista de cámaras antiguas y amante de la máquina digital con la que hoy se divierte, para Fernando el teatro se ha convertido en su religión, su Dios, en un suceso que puede cambiar su estado de ánimo de un extremo a otro.

 

“Un día que me encontraba totalmente deprimido, el director Martín Acosta me dijo: ‘Necesito que antes de tu viaje vayas a un ensayo de Naturaleza muerta y Marlon Brando’. Era un ensayo para mí nada más y ese día el actor Esteban Soberanes estuvo espléndido. Al terminar me sentí feliz y no me importó más lo que antes me tenía tan desanimado. Eso me sucede cuando estoy ante una buena obra como las que dirige Hugo Arrevillaga, que al verlas digo: ¡Qué linda es la vida coño!” 

 
 

 

 

A Moguel, quien publica las obras que fotografía en la revista Tiempo Libre desde la década de los 80’, le gusta que su lector sepa al observar su trabajo si la obra puede gustarle o darle flojera porque lo va a hacer  llorar. Y aunque a veces piensa que no logra su objetivo cuando toma una buena imagen de una obra mala –lo que le da pudor–, en el fondo le resulta satisfactorio vencer el reto de lograr algo bonito de un montaje en el que no hay nada.

“Hay obras insoportables que tienen momentos bellísimos. Mi foto puede ser engañosa porque a veces detiene el momento mágico y sin embargo puede tratarse de algo aburridísimo. El reto es buscar el instante y tomar tres fotos divinas en lugar de 30 malas. Me interesa cazar el sentimiento, depurarlo y hacer algo diferente que tenga concordancia con lo que el director propone.”

 

 

Moguel está consciente de que los actores no están posando para él, de que la obra se está yendo cada segundo y para poder capturar la imagen, debe haber ciertos requerimientos técnicos que se relacionan con la intensidad de la luz y la distribución de la escenografía, así como el  tránsito de los personajes pero esencialmente es un asunto de feeling.

 

 

 

 

“Soy de acercamientos muy fuertes. Me gusta que se vea la lágrima, la sonrisa, el moco. Me lo critican mucho porque dicen que no atrapo el fenómeno, que debo abrir la toma para que se vea la producción. Si me contratan y me piden que lo haga, cumplo, pero lo que me interesa es congelar el sentimiento, la emoción y llevármelos  a mi casa”.

 

 

 

Aunque ama la mayoría de sus fotos, este artista atesora la que tomó de obras como De la calle de Jesús González Dávila, dirección Julio Castillo, Los enemigos de Sergio Magaña, dirección Lorena Maza,  La noche de Hernán Cortés de Vicente Leñero, dirección Luis de Tavira y Matinaticatan, una obra yucateca muy querida para él.

 

Su fascinación por el erotismo es algo implícito en su obra: “Puedo encontrarlo en un desnudo, una nalga, una teta o en alguien vestido con una actitud interesante, se puede hallar en cualquier lado, pero es algo muy personal porque lo que puede ser erótico para mí, puede no serlo para otra persona.”

 

La profesión que inventó para sí Fernando Moguel, comenzó cuando un día llevó las fotos de su primera exposición: Las mujeres en el teatro, a la revista Tiempo libre para que la anunciaran. A la semana siguiente, su foto, precisamente la de Ofelia Medina, salió publicada como ilustración de una crítica escénica.

“No me disgustó para nada, ¡esto es una maravilla! pensé y fui a agradecerlo y a insistir en que anunciaran mi exposición, pero el director de la revista en ese entonces me dijo que le habían gustado mis fotos y me preguntó si quería publicar en la revista. Fue así que me dieron mi primera orden de trabajo”.

 

Fernando Moguel es un enamorado fiel de un arte efímero que gracias a su trabajo deja constancia de haber sido una realidad. Y aunque por épocas  se ha sentido como un papel celofán o una cosa gris en el teatro, es un profesional reconocido por mucha gente que aprecia su valiosa aportación al teatro mexicano, que a la fecha cuenta con casi 30 años de imágenes de acontecimientos escénicos, a raíz de su pasión infinita por el arte de la persona.

 

 

 

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