HERRAMIENTA BRUTALMENTE EFÍMERA QUE ADEMÁS PERMITE LA REFLEXIÓN DE
CÓMO TE MIRA EL MUNDO, ASEGURA LA MAQUILLISTA PROFESIONAL

Inspirada por la actuación que realizaban Jesusa Rodríguez y Tito Vasconcelos en el viejo bar El Hábito, siempre apoyados con maquillaje, lo que se veía traducido en un excelente trabajo de transformación que les permitía incluso cambiar de sexo y trasvestirse cada día, para Amanda Schmelz, maquillista y actriz, el maquillaje es una herramienta brutalmente efímera, un arte de detalle milimétrico que por sí mismo no tiene sentido porque requiere la satisfacción de la persona a quien se le aplica.
Proveniente de una familia en la que el arte equivale a la plástica, Amanda encontró un espacio que sólo a ella le pertenece y que es lo que más le gusta en la vida: el teatro, donde no le causa mayor problema participar como maquillista o como actriz, porque siempre se ve en ambas partes.
Alumna en México del fallecido maquillista danés Keis Mais, con quien encontró una conexión inmediata que la llevó a trabajar a su lado, Amanda contó también con la fortuna de vivir en Israel, donde aprendió y fue asistente de Marie Helene, maquillista de ascendencia rumana. Ahí la alumna suplió a su maestra en algunas clases, gracias a su buen manejo del maquillaje de fantasía que incluye colores, flores o animales, además de su dominio en la confección y aplicación de barbas y bigotes.
El maquillaje ayuda al actor a ver en sí a otra persona
Encontrar, como actor, la imagen externa de tu personaje es algo que te da el maquillaje, aparte del gesto, dice Amanda, quien agrega que la ayuda de esta herramienta se requiere en el teatro, cuando necesitas verte de más edad o tener algún defecto físico, una fealdad, una enfermedad o alguna imperfección particular.
“El maquillaje te da la oportunidad de ser un poco más objetivo acerca de quién es tu
personaje, te ayuda a darle una voz, una expresión, es como ver a otra persona en ti mismo. También te otorga clase social, proveniencia, situación de salud porque no es lo mismo estar gravemente enfermo que rozagante, ya que todo se refleja en el rostro y eso te permite hacer una reflexión de cómo te mira el mundo.”
El maquillista, un mal necesario
Plenamente consciente de que el maquillaje es indispensable para el cine, no en cambio para el teatro, sino sólo para cierto tipo de este arte, Amanda Schmelz, quien ha trabajado tanto en cine como en televisión, teatro ópera y danza, habla de las diferencias desde dentro.
“En cine, el crédito del maquillista está después del gaffer, que es fundamental, sin esta labor no habría película, pero es muy duro que en todas las reseñas, se mencione sólo hasta el rubro de vestuario y si algo se destaca, se le atribuye a esa área o a peluquería, así que se agradece mucho cuando el maquillaje es tomado en cuenta.
“En cine se maneja un realismo permanente de imagen más allá del género y todo debe ser absolutamente verosímil; una herida bien hecha debe revolver el estómago de quien la ve y conmoverlo hasta que sienta el dolor del personaje. No puede verse una sangre muy anaranjada porque entonces la ficción se rompe y te echa a perder la película por más que haya una buena actuación o una gran dirección.
“El maquillista es un mal necesario para el teatro, alguien de importancia cero a quien le llaman a última hora, que es cuando aceptan: ¿Sabes qué, a la mera hora sí te necesitamos? Sin embargo esto tiene una razón: en el teatro la imaginación del actor puede crear cualquier cosa de la nada”, afirma con plena certeza.
Me han llegado a llamar –agrega Amanda– tres días antes del estreno, cuando ya se gastaron todo el presupuesto y se dan cuenta de que la cara del personaje no hace juego con la peluquería, el vestuario y la joyería. Pero uno de los grandes aprendizajes ha sido el tener humildad y ser invisible, permanecer tras bambalinas y tratar de que todo esté absolutamente bien hecho, que no se bote y que se integre muy bien a todo lo demás.
Convencida de que el maquillaje es un arte de milímetro, Amanda encuentra la amplitud en el maquillaje corporal, que es lo que más disfruta porque, en sus palabras, se necesita inspiración total, tiempo y conectarse con una energía universal que te guíe para que salga bien lo que estás haciendo. “No sólo se trata de técnica y arte, sino de llegar al nivel necesario de abandono y de relación íntima con la persona a quien se maquilla, lo que equivale a una especie de vínculo telepático, energético y verdaderamente cercano porque, no puedes maquillar a alguien sin tomarlo en cuenta”.
El choque con el ego
La persona a quien se maquilla debe permitirte la entrada, dice Amanda, y una debe ser cuidadosa y sensible para estar tan cerca de esa persona y tocarla.
“Hablamos de enormes sensibilidades; hay gente que tiene muchas arrugas o una nariz muy grande, cada quien tiene su trauma y uno necesita pasar por ahí, así que a veces hay que saltar esos accidentes del ser humano, lo cual genera una relación muy fraternal.
“Particularmente, cuando trabajas con actores, el choque con el ego es brutal y debes tener presente las virtudes, defectos, traumas, dificultades y angustias de cada quien respecto a su forma de estar sobre el escenario o de verse ante la cámara. Tienes que poder transformar todo lo que les angustia en algo positivo. Mucha gente piensa que vas a hacer magia, a quitarle ojeras o a hacerlos ver más jóvenes, pero el maquillaje no es magia, es ilusión.”
Para ella, maquillar a personas de la tercera edad, quienes no tienen prejuicios sobre lo que les queda bien o no, es parte de lo más disfrutable de su labor, porque se fluye bien en el trabajo con ellos “y es hermoso cuando se miran al espejo”.
Hay que ser invisible, psicólogo y guía
A partir de la certeza de que el maquillaje bien hecho no debe notarse, y a sabiendas de que el maquillador se convierte en una persona invisible, que debe estar en los camerinos y en los desahogos del teatro sin interferir en las otras actividades, además de ser una especie de psicólogo que siempre está ahí dispuesto a escuchar y alivianar actores, Amanda encuentra su satisfacción en realizar un trabajo en conjunto, porque el maquillaje por sí mismo no tiene sentido ya que, enfatiza, “necesitas la aceptación plena de la persona a quien se le aplica.
“Convencer a un actor de que se ponga o se quite algo –como muchas veces lo solicita el director de escena–, investigar lo que requiere la obra que se va a estrenar, realizar el diseño con tus propios materiales, hacer la compra de lo que cada actor necesita, enseñar a cada uno a maquillarse para su personaje, darle seguridad al actor, estar presente, al menos en la primera función, volver durante la temporada para rectificar que cada línea se encuentre en su sitio y adquirir tu propio equipo instrumental, es parte de lo que incluye ser maquillista de una puesta en escena”.
La especialista para quien su equipo instrumental es su extensión, su vida y sin él no puede llegar a ningún foro, porque entonces no vale como tal, comenta al respecto que sus bases de maquillaje, polvos, rímel, lápices, sombras, labiales, pegamentos, látex, aceites, brillos y colores de fantasía deben de ser de excelente calidad porque “no se puede llegar a maquillar a una actriz con tu labial Jordana del mercado de Coyoacán”.
La Next Top Gonder Woman, Fraudestein: el monstruo sigue vivo, Cirque de Chulei,
Cucaracheando por un sueño y La Banda de las Recodas, son algunos espectáculos de cabaret en los que ha participado Schmelz, además de teatro ópera y danza, géneros entre los que sobresalen títulos como Himno a la belleza, Santa Anna, El capote, Lear, Horas de gracia, El filósofo declara, Natán el sabio y La controversia de Valladolid, entre otras, aparte de videoclips y programas para la televisión israelí como el Noticiero de canal 2, El noveno mes, Tahara y Happy Hear entre muchas producciones más.