YO SOY MI PROPIA ESPOSA, OBRA MULTI PREMIADA EN EL MUNDO, ES LA HISTORIA
DE UN HOMOSEXUAL SOBREVIVIENTE AL FASCISMO
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Este mes de septiembre, Héctor Bonilla cumple un año de representar a Lothar Berfelde- Charlotte Mahlsdorf, un hombre que asume su homosexualidad, decide vestirse de mujer y usar un vestido negro, unos zapatos toscos de piso, un collar de perlas y una pañoleta en la cabeza; un ser humano que sobrevivió a los dos regímenes más homofóbicos de la historia de la humanidad y a quien el actor le traslada su integridad y su profesionalismo cada noche sobre la escena.
Después de más de 200 representaciones de una obra que no eligió, sino para la que fue elegido por los productores, el actor ve más allá del personaje la posibilidad del multifacetismo, al interpretar a más de 30 personajes cada noche.
— Como el autor, Doug Wright tiene, siente como una almeja con limón las emociones de este ser que edificó y luego se le cayó, por eso decidió que un solo actor hiciera 35 personajes, para tener un distanciamiento brechtiano y que el público saliera del teatro como decía Stanislavsky: una obra no es lo que escribió el autor y dirige un director, es la impresión que el espectador se lleva a su casa. Y esto se logra, porque la gente se queda pensando y reflexiona acerca del personaje.
Bonilla es, en esta ocasión, el entrevistador y el entrevistado, es el joven que se descubre, el hombre que manifiesta su condición, quien se acepta y encuentra una forma de vida en plena persecución homofóbica por parte del Tercer Reich. Es también el escandaloso locutor de un reality show y el carcelero, pero esencialmente es la parte humana de cada uno.
En el camerino del teatro donde Bonilla protagoniza Yo soy mi propia esposa de Doug Wright, cautivo de una terrible afonía, y preocupado ante la inminencia de exigir a su aparato fonador el sonido de la voz de todos los personajes por encarnar, el actor hace memoria y destaca en retrospectiva que el pacto de esta puesta en escena implicó, como nunca, un importantísimo trabajo de mesa, esto es, de análisis. Fue, como él mismo lo expresa, un diálogo como de siquiatra y paciente.
El actor debe representar, entre otros, al personaje de Charlote a los 16 años, a los 40 y a los 65 y, como lo narra, debió jugar con todas estas posibilidades, estudiar tanto la gestualidad con el espejo, como la voz con la grabadora.
Al final de la obra —dice Bonilla— escuchas la voz del personaje real. Y había que empatar esa voz y trasladar su acento alemán en inglés, a la versión en español. Tuve que hacer verosímil la forma de hablar alemán. Me asesoré y afortunadamente hay muchas personas alemanas que están contentas con la pronunciación.
Absolutamente feliz, cansado pero contento de interpretar a un personaje verídico, un travesti que fundó el Museo Gründerzeit, donde exhibió una importante colección de muebles rescatados de casas de judíos bombardeadas, el actor comenta:
“Hay que pensar que esta obra la hago mejor ahora que hace 20 años. Le decía yo a Sofía, mi esposa, en alguna ocasión: fíjate que con la edad que tengo, yo haría un Romeo maravilloso, no más que a ver quién chingaos me cree que tengo 17 años.
“En este caso, establezco el subterfugio de que sin cambiarme de ropa, cambio de personaje, hago un niño de 16 años y si le atino con el tono de voz, me lo creen. Esto es lo más importante para mí como intérprete.”
Por otro lado —asegura— el verdadero protagonista de la obra no es Lothar Berfelde, sino el autor, el periodista que recaba la información mediante las entrevistas con ella. En él recaen las acciones. Él es quien se modifica internamente de acuerdo con el impacto de lo que sucede. Él, que tiene un clóset enorme, un lugar donde vive accidentalmente y su amigo, un loco que se fue de mochila, le dice: Oye ven a verme, hay un jotito muy folclórico que enseña el museo, y al llegar ve a un hombre que se exhibe en vestido de mujer, sin pretender ser mujer y lo endiosa. Piensa: ¿Qué es esto? Este cuate ha sobrevivido a los dos regímenes más homofóbicos de la historia de la humanidad. Entonces lo idolatra. Y de ese impacto, a medida que convive con él y lo frecuenta, se entera de que fue colaborador de la Stasi (Órgano de Inteligencia de la República Democrática Alemana) entonces se le cae a pedazos.
“Hay un parlamento fundamental que dice el entrevistador al final de la obra: Es que yo necesito creer en sus historias tanto como ella cree. Necesito creer que hace mucho tiempo en un ático, una tía generosa le dio a un sobrino confundido un libro y con eso le dio una bendición; que un niño vestido con la ropa de su mamá sobrevivió a los bombardeos, que un hombre caminó sobre un par de tacones entre los dos regímenes más homofóbicos de la historia de la humanidad. Necesito creer que esas cosas son ciertas, que pueden ocurrir en el mundo. Eso es la obra”.
Evidentemente para el actor, esta obra es también sobre la fe y sobre la necesidad que tiene el autor de que no exista esta homofobia aplastante.
— Independientemente de que Charlotte Malsdorf sea un personaje de claros oscuros, es un icono para todos los movimientos de la equidad de género, porque logró la hazaña de haber sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial. Los nazis mataban a los homosexuales igual que a los judíos. Y había también la homofobia comunista. Él al delatar, entró en convivencia con la Stasi para sobrevivir, porque en estas fiestas subterráneas del cabaret que trasladó al sótano de su museo, se juntaba la intelectualidad. Hay que recordar que en ese tiempo nació la psicología. Él nació en el 28, allí estaban Freud, todos sus seguidores y el psicólogo que escribió el libro que él leyó sobre los travestis. Evidentemente, como sucede en todas las policías del mundo, había policías que eran homosexuales, y que llegaban a meterse con los homosexuales en la fiesta. Pero también se daba el chantaje y la extorsión, el interrogatorio y el personaje se ve involucrado en eso.
Por otro lado, Lothar Berfelde es un sobreviviente, como un tiburón que se come a su hermano en la placenta de su mamá. Tuvo una suerte enorme. A los 15 años le deshizo el cerebro a su padre a rodillazos, y en lugar de sentir culpa, fue el héroe que salvó a su madre de las golpizas y eso lo afirmó más en su homosexualidad, en su tendencia travesti. Luego lo meten a la cárcel y un día en un bombardeo se caen las paredes, se abre un hoyo y sale caminando. Así sobrevivió.
Héctor Bonilla percibe ampliamente a su público y con la honestidad que le caracteriza, acepta parte de la experiencia de un año en la piel de su polémico personaje.
— Hay mucha gente a la que le gusta mucho el circo de los 35 personajes. Aplauden muy entusiastamente, pero se necesita un espectador activo. Un espectador pasivo se aburre como ostión, necesita que haya música, colores, cohetes y que salgan mujeres muy guapas. Toda esa gente se aburre, éste es un porcentaje del público que viene. Si te das cuenta, la dinámica de la obra no avanza, se resbala en lo mismo. De un poco más de 200 funciones, en once ocasiones no se han levantado a aplaudir… pero también les veo la cara a los que la han pasado muy mal.