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Bandera Sección Imágenes

 

 

En Cuautitlán Izcalli, uno de los tianguis

más viejos del país

 

 

TRADICIONES PREHISPÁNICAS A LO LARGO DE UN AMPLIO RECORRIDO


 

                                                                                                  POR ENID ÁLVAREZ SOBERANIS

 

 

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  • FERNANDOLUNA

 

 

Son las ocho de la mañana y aquí están ya las camionetas descargando sus mercancías. Es el tradicional tianguis de Cuatitlán Izcalli, un tianguis en el que hasta hace poco era común ver el trueque de productos, y que aglutina a comerciantes varios estados de la República. Aunque ya disminuido, este tianguis reúne, cada martes, alrededor de cinco mil vendedores.


Caracterizado por su gran tamaño, el tianguis toma prestadas avenidas y calles para cobrar vida. La variedad de productos no se queda en las verduras, frutas, ropa y discos. Aquí la vista se pasma con zorrillos desollados, trajes de buzo, bongoes y hasta piezas arqueológicas.


Organizados por sectores, los tenderos van y vienen, suben y bajan al tiempo que desayunan un café, un pan de Bimbo, alguna quesadilla, o frutas y jugo. Un caos de palos y tablas van adquiriendo forma en pocos minutos, gracias al sentido del orden que hombres y mujeres han adoptado, hasta hacer gala de destreza, en este oficio mercantil.


Mientras hierve el suadero, se cortan perejiles, cebollas y limones. Mientras un joven amarra cuerdas a un poste, un viejo acomoda grasa para zapatos, cepillos y franelas… Y mientras unos se tienden, otros se dejan venir.


En el recorrido es fácil encontrar a cada momento puestos de artículos usados: una batidora, una caja registradora, una agenda de piel, un fax, unas cucharas para albañilería, un walkman, platillo para batería, y una barbie que cuesta 40 pesos –quizá porque un brazo se mueve y otro no.


Decenas de zapatos usados para dama asaltan la vista: 100 pesos el par, dos pares por 150 y tres pares por 200. Mantas en el suelo exhiben trozos de fibra para trastes, y lo que en producción industrial se denomina como desperdicio, aquí no lo es.


Ansiando alguna noticia del remoto truque que alguna vez estos comerciantes ejercitaron, sólo obtengo por respuesta un comentario típico del humor mexicano que, no obstante, me hace reír: “No, señito, ahora lo único que cambian aquí los vecinos son caricias por amor”.


Las reminiscencias de la tradición prehispánica se hacen presentes con la venta de pulque, chinicuiles, caracoles, ancas de rana y escamoles.


La señora Lucía vende acociles aquí desde hace 26 años, así como pescado horneado en hoja de maíz y tamales de charal. Dice que las ventas han bajado desde que los cambiaron de ubicación, y que todas las mañanas le cambian el lugar.


De lo mismo se queja doña Jacinta, una señora de 55 años que vende manteles y carpetas. Cuenta que ella creció con el mercado, que vendía con su mamá barro traído de Jilotepec, y que el tianguis tiene casi 60 años de vida. Se le pregunta por qué cambió de giro y explica que ya murieron todos a los que su madre les compraba el barro. Con un gesto sencillo, pero al mismo tiempo triste, confiesa que saca mil pesos cuando le va bien y 300 cuando le va mal.


Más adelante hay un puesto de semillas. Es atendido por Zenaida, quien vende y amamanta a un bebé al mismo tiempo. En su puesto hay habas, frijol Flor de Mayo y frijol San Franciscano de Tepeji del Río, Hidalgo. También ofrece un frijol llamado Acoyote, cuatro veces más grande del que venden en las bolsas empaquetadas.


Tiene para sus marchantas maíz rosado, que son piezas negras y rojizas como la granada, y frijol azul que vende a 7 pesos el kilo. Cuenta que su negocio era manejado por los abuelos de su esposo, y Dulce María, la niña que parece no quedar satisfecha, estaría por convertirse en la cuarta generación si deseara continuar con la tradición familiar de las semillas.


Los nopales del señor Raúl son traídos de Teotihuacán. Los tiernos se venden ocho por diez pesos, y los grandes a siete por 10 pesos. Antes vendían cuatro mil nopales al día. Desde que los reubicaron sólo venden dos mil. Sobre una cama de alfalfa y debajo de una manta azul cielo, colocada a propósito para encender el color de su producto, el señor Raúl cuenta con orgullo que le quita las espinas a 150 nopales en una hora.


Joaquín trabaja la madera. Es su puesto se exhiben los carritos y trompos tradicionales. Sale todos los días de Puebla a diversos mercados. De su pueblo, Totoltepec, toma un camión que cobra 105 pesos hasta Ecatepec, con sus cajas cargadas de juguetes y palas para la cocina. Le ayuda su sobrino y una mujer a los que les habla en náhuatl. El pertenece a la tercera generación de su familia que trabaja la madera. Aunque el negocio no parece ir tan bien –si le va mal vende 500 pesos y si le va bien, mil pesos– dice que la madera es lo que a él le gusta hacer.


Zeferina vende miel, “a los compañeros les gusta decirme Doña Dulce”. Viene de Santiago Tulyehualco, donde se lleva cabo la Feria de la Alegría. Vende burritos, unas bolitas de dulce de casi dos centímetros de diámetro que están hechas de piloncillo, maíz pozolero y canela. También vende pinole, “éste se hace con maíz negro, que también se le llama azul, canela y azúcar. Si quiere hacer un agua fresca sólo le pone un vasito de pinole a un litro de agua”.


En tianguis tradicional, como éste, no podían faltar las hierbas. Aquí hay pasiflora para dormir, carricillo para el riñón, y doradilla para la diabetes. Pero como ésta última es una de las enfermedades de mayor incidencia entre sus pacientes, don Enrique les recomienda el Yanco, un preparado de más de 30 hierbas.


Difícil sustraerse a la oferta editorial: el tianguis tiene su sección literaria, una sección donde los libros se venden de a 12 pesos por pieza. Los títulos puestos a la vista del marchante son: “A la Santa Muerte”, “Cúrese con árnica”, “Amuletos, talismanes y cuarzos”, y como para no descuidar al público infantil, al lado de estos se observan acomodados una gran variedad de cuentos para dibujar.


En tanto el olfato percibe los aromas del chorizo, el chicharrón, los elotes hervidos, o una loción escandalosa... poco a poco se va anunciando una de las áreas más vistosas de este lugar: la venta e animales. Gallos, gallinas, guajolotes, gansos, puercos y borregos, son la conclusión de un recorrido plagado de colores, texturas y diversos olores.

 

 

 

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