Cálida esperanza o fría desilusión

Son las diez treinta de la mañana del catorce de febrero y tras las rejas de este reclusorio algo flota en el ambiente. No es el olor del cloro que por más que intenta no logra retirar la mugre. Es el amor que está en el aire…
Quien piense que los delincuentes más violentos son incapaces de sentirlo se puede llegar a equivocar. Sólo hay que verlos: recién bañados, con sus ropas impecables y bañados en loción esperando en primera fila, como niños que esperan a su mamá en la guardería, con una flor o un regalo entre las manos. Miran esperanzados la llegada de su mujer y, cuando ésta finalmente aparece por la boca del oscuro túnel, todo desaparece: los muros grises, los custodios prepotentes, las horas vacías. El interno se apresura a besarla y la estruja entre sus brazos como si en eso le fuera la vida.
Así comienza este día. Las parejas caminan entre la población carcelaria dirigiéndose felizmente al área de “cabañas” –eufemismo de los lugares informales para la visita íntima que los internos han hechos suyos, y que la autoridad inteligentemente consiente. Las cabañas son armados rudimentarios de cobijas, colchones, lonas y demás materiales que hacen de estos lugares incomparables nidos de amor.
Este día, aquí como en el exterior, la demanda superará la oferta de sitios para los amantes. Ante semejante escenario es menester precaverse con suficiente antelación, de modo que no hay de otra: hay que apartar “la cabaña”… O de lo contrario uno terminará victimado por las leyes del mercado.
Preparar “la cabaña” es un ritual. Se la viste con sábanas limpias y almohadas confortables. Hay quienes gustan de los aparatos electrónicos y se hacen llegar un televisor o una grabadora, cuya función tendrá variados propósitos: desde recrear a los amantes, hasta apagar los ruidos pasionales de los más tímidos. En síntesis: unas cuantas cobijas son transformadas en la habitación que, por algunas horas, trasladará a la pareja a sitios apenas imaginables dentro de estos grises y fríos muros.
El día trascurre y aun el peor de los criminales busca una tregua, un santuario entre los brazos de una mujer que le recuerde la humanidad que aún conserva… Pero, como ya sabemos, nada es eterno. Dan las cinco de la tarde y los gritos de los custodios anuncian el término de la visita. El aviso golpea las entrañas de los internos, devolviéndolos violentamente a su realidad.
Una a una las parejas se despiden sin querer hacerlo, las mujeres salen por el mismo túnel por el que entraron y los internos las siguen con la mirada y con sus últimos minutos de ternura, minutos que la hostilidad reclama a sus espaldas, donde los espera la cárcel, una cárcel donde aún siguen los que no tuvieron tanta suerte, los que también se bañaron y lucieron sus mejores ropas, esos hombres para los que los minutos y las horas pasaron y en cada mujer que entraba creían ver la suya hasta que la puerta se cerró desvaneciendo la esperanza y sumergiéndolos en la desilusión… pero así es el amor en la prisión.