
LAS VERDADES DE CHAVELA (VARGAS), UNA BIOGRAFÍA PLAGADA DE ANÉCDOTAS DOLOROSAS Y PASIONALES, RABIOSAS Y DIVERTIDAS, EJEMPLARES Y SIN MORALINA
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Había una vez una niña en San Joaquín de Flores, Costa Rica cuya existencia era miserable. Sin saber el motivo –algo que hasta la fecha sigue ignorando–, era despreciada por sus padres. No sabía lo que era el cariño, el calor de un abrazo o la frescura de un beso. Ante la carencia de una vida familiar, la soledad y la música se volvieron su cielo protector.
Su deseo más ferviente era llegar un día a México porque le encantaba nuestra música, especialmente en las voces de Jorge Negrete y Pedro Infante. Por eso a los 14 años, Chavela Vargas decidió venir a México. Su intuición le decía que aquí encontraría lo que en casa le faltaba. “Tenía el sueño de venir a México por la música y luego me fogueé con los grandes: tuve la suerte de cantar con ellos. Desde chiquita era muy valiente. Llegué a México y me sentí deslumbrada, desde el sonido de la palabra: Mé-xi-co”, afirmaba sonriente en noviembre del 2007, días antes de que la Secretaría de Cultura le rindiera un gran homenaje en el Teatro de la Ciudad.
Y si dejó a su familia en Costa Rica, aquí encontró el amor de amigos que se volvieron entrañables y el cariño de un público al que conquistó con su música y que le ha sido fiel durante décadas. “Llegué a una casa de huéspedes allá por Insurgentes, de unos Chamorro, familiares del que fue presidente de Nicaragua –decía en la misma entrevista–. Me dieron cuarto y comida por 20 pesos al mes, así que viví muy bien. Me hice luchando, no crea que vine, vi y vencí. No. Antes cantaba en la casa, pero nadie me hacía caso. Llegué aquí y empecé a cantar en serio. Me conoció el Indio Fernández y le gustó cómo cantaba. Luego me presentaron a Jorge Negrete en una fiesta, a Dolores del Río, María Félix, todos ellos. Luego conocí, en mi época preciosa, a Frida y a Diego, y me enseñaron cosas muy bellas, muy hermosas en todos los aspectos de la vida”.
Antes de dedicarse al canto profesional hizo los trabajos más disímbolos, contaba muy divertida. “Una vez trabajé de chofer de una vieja rica y la llevaba a pasear a todos lados, era muy simpática. También tuve una cocina económica y un amigo mío cocinaba. La comidita era buena y la vendíamos. Así pasó la vida. No llegué de un momento a otro y triunfé”.
Pero, un día de suerte, de los que, dice Chavela, “ya están marcados en el calendario del alma”, le preguntaron si quería cantar en El Último Refugio en Acapulco. Y, ella, a la que nada espantaba, decidió cantar en este lugar y luego en La Perla, donde hizo varias temporadas. “La pasé muy bien, conocí mucha gente y me hicieron un contrato para Nueva York en el Blue Angel, donde nadie sabía lo que estaba pasando: ellos hablaban en inglés y yo hablaba español. ¡Nadie me entendía nada y yo no entendía nada tampoco, pero la pasé muy bien porque nadie entendió nada! Regresé a Acapulco, seguí cantando y de ahí me hicieron contratos para ir a varios lugares. De repente, de esos días desconocidos y gloriosos: ¡Pum, reventó la bomba de mi vida y me consagré! Así pasé la vida. He viajado por todo el mundo y he llevado la música de México”.
A fines del año pasado apareció Las verdades de Chavela (Editorial Océano, 2009) libro en el que María Cortina, con la colaboración de Ana Paula Meza, habla largo y tendido con Chavela Vargas. Allí la cantante comenta sus pasiones, sus amigos, sus tristezas, sus reconocimientos, su amor por la música que la ha convertido en un símbolo de la canción mexicana.
La infancia de Chavela Vargas se nutrió de un dolor constante, por eso al pedirle María Cortina que le diga su primer recuerdo, afirma que todos ellos son muy dolorosos, plagados de soledad y marginación. “Nadie me abraza, nadie me toca siquiera. Como si les diera horror. Nadie me mira, ni una mirada franca. Es ésa mi niñez. El vacío”.
No todo fueron tristezas, dirá después. Encontró en los indígenas en calor que le faltaba en casa. “Los indios me cuidaron, me enseñaron muchas cosas que yo no conocía. Era bellísimo que te acunaran y te arroparan voces desconocidas. ¿Qué querían decir? Querían decir mucho, querían decir todo”.
Con su canto Chavela Vargas ha dicho mucho y varias generaciones han sentido que el cuerpo se cimbra cuando su voz se posa sobre las palabras de cada canción. La intuición le sugirió cantar a su modo y decidió que no buscaría parecerse a los grandes, le explica a la periodista. “¡Imagínate, cantando yo a la par de Pedro Infante o de Pepe Guízar, híjole! No, no quería hacer el ridículo. Por eso me propuse cantar diferente, yo sola, sin mariachi, sin trío, sin grupo, sola con mi jorongo, mi pantalón de manta y mi guitarra. Sin escándalo, sin espectáculo. Canta como te sale del alma, Chavela, me decía a mí misma. Y así fue como canté, desde el alma”.
En divertidos pasajes habla de las noches de juerga, como cuando en Acapulco cantaba y la iban a escuchar estrellas como Elizabeth Taylor, Rock Hudson, Clark Gable, Lana Turner y Ava Garner. Recuerda sobre todo, la boda de Elizabeth Taylor: “Subimos cientos de guitarras por La Quebrada, tocando todos al mismo tiempo con gran emoción”. Fueron tres días de borrachera intensa. Uno de esos días, cuenta, “amanecimos todos enredados, me acuerdo de ese despertar. Abrí los ojos y vi a Ava, Lana, Clark Gable y otro montón de gente, dormidos en el suelo, rodeados de zapatos de tacón, muchos de ellos todos llenos de champaña. Habíamos bebido champaña en zapatos de tacón”.
Y si Chavela es la reina, por supuesto José Alfredo Jiménez sigue siendo el rey. Se conocieron y se volvieron compañeros de trabajo, amigos, confidentes y cómplices de parrandas sin fin. En pocas palabras, la cantante sintetiza las virtudes de José Alfredo: “El hablaba con la verdad. No tuvo escuela, pero llevó siempre la verdad en la mano. Por eso rompió la barrera del silencio eterno de la gente. José Alfredo fue un hombre que estuvo en otra dimensión, entre el cielo y la tierra, y rebasó la barrera de la comprensión del ser humano”.
El gran amor de su vida es Frida Kahlo, confiesa la cantante, a quien recuerda con una mirada sensual con la que “desarmaba por igual a hombres y mujeres… Siempre será mi gran amor (…) Mi energía y toda la del mundo, el calor, la sensibilidad, toda la fuerza del amor que he sentido en mí, se la di a ella”. En una carta de Frida, la pintora le comenta a Carlos Pellicer su primer encuentro con la cantante. “Es más –se lee en la carta–, se me antojó eróticamente, pero no sé si ella sintió lo que yo, pero creo que es una mujer lo bastante liberal que si me lo pide no dudaría un segundo en desnudarme ante ella…”
Quién sabe si Chavela Vargas pedirá ser recordada por una canción en particular, pero seguramente “La llorona” encabezaría la lista de sus preferidas. Es una canción, afirma, “que cuando la interpreto, reto a la muerte, lidio con ella. ‘La llorona’ une el dolor, la angustia, alegría, el amor, lo une todo, para al final dar el grito. Un grito profundo, hondo, un grito lleno de verdad. ¿Qué más quieres? ¿Quieres más?”
No Chavela, ya nos has dado bastante.