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Kenny Barron, un músico abocado a contar su propia historia

 

LA MELODÍA ES LO QUE ME CONMUEVE. ALGUNA VEZ UNO HACE EXPLOSIONES EN EL TECLADO, RÁPIDAS Y FURIOSAS, PERO Y QUÉ, A FINAL DE CUENTAS TODO TIENE QUE VER CON CONTAR UNA HISTORIA, ASEGURA EL PIANISTA

 

 

                                                                                                                                                                                                 POR Xavier Quirarte

 

   

Escuchar a Kenny Barron (Filadelfia, 1943) es constatar su condición de un jazzista que toma elementos del pasado, para incorporarlos en un discurso presente que se podrá escuchar en el futuro. Así pudimos escucharlo en su concierto en el Festival Internacional Jazzuv, especialmente en los pasajes a piano solo, donde sin red protectora nos acercó a Duke Ellington, Cole Porter y otros maestros de la melodía.

 

 

Su forma de tocar, libre de artificios, nos trae a la memoria aquello que alguna vez dijo Federico Fellini: “Descubrí que lo que es realmente importante para un creador no es lo que vagamente define como inspiración o inclusive lo que queremos decir, recordar, olvidar o rebelarnos en contra de. No, lo que es importante es la manera en la que lo decimos. El arte tiene que ver todo con el oficio. Otros pueden interpretar el oficio como estilo, si lo desean. El estilo es lo que une la memoria o los recuerdos, ideología, sentimiento, nostalgia, presentimiento, a la manera en la que expresamos todo eso. Importa no lo que decimos, sino cómo lo decimos”.

 

 

En una charla compartida con Pablo Argüelles y Jorge Fernández de Castro, difusores de la música en el programa de radio Sólo Jazz, Kenny Barron dice que no sabe si se han perdido los viejos estilos jazzísticos –algunos de los cuales incorporó en su concierto–. “¡Tal vez los practicantes se están muriendo, gente como yo! – afirmó carcajeándose–. Quisiera decir que toco los viejos estilos a mi manera. Creo que la música está en buenas manos, la música va cambiar y la gente joven la va a llevar por distintas direcciones. No estoy necesariamente de acuerdo con muchas cosas, por ser más viejo, pero la música está en buenas manos con gente muy dedicada a ella y que la práctica, más de lo que yo lo hice”.

 

 

Pianista formado con músicos como Dizzy Gillespie, Lee Morgan, James Moody, Milt Jackson, Buddy Rich y muchos otros, ha dirigido sus propios proyectos, uno de ellos, Sphere, dedicado a la música de Thelonious Monk. Tuvo la fortuna de llegar a Nueva York en 1961, en una época en la que –todavía– convivían los viejos estilos de jazz con los nuevos. Como si reviviera esos días, Barron entrecierra los ojos y cuenta:

 

 

“Había mucha música: había clubes por todos lados y cafeterías donde tocaban música en vivo. Viví un tiempo en el East Village, en la calle E6. Cruzando la calle, en un departamento, vivían Lee Morgan, Tootie Heath, Reggie Workman y alguien más, todos ellos de Filadelfia, donde yo nací. Arriba de donde yo vivía, Elvin Jones y Pepper Adams, ambos de Detroit, compartían un departamento. Dos puertas más allá estaba el trompetista Ted Curson. Era un gran barrio”.

 

 

Como si retrocediera medio siglo y nos llevara de la mano por esas calles, agrega: “Desde allí podía caminar al Five Spot, cuyos dueños también tenían The Jazz Gallery. Podía escuchar a Freddy Hubbard, Sonny Rollins, Thelonious Monk… Era increíble. En ese tiempo todos los clubes tenían dos o tres eventos. Recuerdo haber ido al Birdland una noche y haber escuchado a John Coltrane, Bill Evans Trio y Clara Ward y sus Gospel Singers. ¡Todos en una noche!”

 

 

Y además era barato...

 

 

Sí era barato. Dos dólares o algo así. El Birdland tenía un área llamada The Peanut Gallery, donde estaban los mejores lugares del sitio, exactamente enfrente de los músicos. Esos lugares estaban reservados para la gente que no tomaba, como los niños. Así que a veces había chavos en el Birdland.

 

 

Al principio trabajó mucho con su hermano el saxofonista Bill Barron (1927-1989), con quien se acercó al free jazz, aunque no fue la senda que usted siguió. ¿Qué nos puede decir al respecto? 

 

–El free jazz me gustaba, depende de quien se tratara. Tocaba con mi hermano, y eso era lo que realmente le interesaba –de hecho trabajó con Cecil Taylor–, le encantaba, pero también la música clásica de gente como Stockhausen. Era muy intelectual en cuanto a la música, poseía una mente muy analítica. Yo no, yo me dirigí más hacia las emociones.

 

 

Dizzy Gillespie fue uno de los grandes maestros de muchas generaciones y usted no fue la excepción, ya que uno de sus primeros trabajos fue con su orquesta. ¿Cómo fue su experiencia?

 

–Sabía mucho de música: sabía mucho de piano, acordes y cosas así, algo que siempre quería compartir. Trata de usar este acorde, decía. Sabía mucho sobre ritmos y, por ejemplo, le decía al baterista: “¿Por qué no usas tu mano derecha en lugar de la izquierda? Haz esto con tu pie derecho”. Sabía lo que quería y sabía cómo explicarlo. Sabía mucho sobre ritmos. Fue realmente una buena experiencia.

 

 

¡Y era un mago del humor!

 

–Sí, era muy humorístico. En el escenario era un personaje: realmente creía que la música también era entretenimiento para cautivar a la gente, ésa era la vieja escuela de la que él provenía. La gente lo adoraba de manera genuina. Siempre se salía con la suya y eso le encantaba a la gente.

 

 

¿Y qué nos dice de Yusef Lateef?

 

–Me uní a Yusef a fines de los sesenta o principios de los setenta. Dejé a Dizzy en 66, toqué con Freddie Hubbard, pero luego me uní a Yusef. Lo que me gustó de trabajar con él fue la libertad musical: si querías tocar con los pies podías hacerlo. Sus únicos requerimientos eran: llegar a tiempo –era muy estricto con eso– y no usar ninguna droga. Fue una gran experiencia, no sólo musical. Desde el punto de vista personal era alguien muy confiable, si te daba su palabra sobre algo, lo cumplía.

 

 

Háblenos de Stan Getz con quien grabó algunos de sus últimos discos, muy conmovedores.

 

–Lo último que grabamos fue People Time, el disco a dúo. Ambos teníamos afinidad por la melodía, ésa es una de las razones por la que nos llevamos tan bien musicalmente. Para mí no fue difícil trabajar con él. En una época fue difícil, cuando estaba involucrado en el abuso de sustancias: alguna vez fue la heroína. Dejó eso y entonces adquirió el hábito de la bebida. En esos tiempos resultaba difícil lidiar con él, pero ya había dejado todo cuando empecé a trabajar con él. Dejó las drogas y dejó el alcohol, pero algo que nunca dejó fueron los cigarrillos. ¡Y trataba! Fumaba de estos cigarrillos franceses Gauloises. En ese tiempo yo fumaba y un día se me acabaron mis cigarrillos, le pedí uno y ¡casi me ahogo hasta morir, eran muy fuertes!

 

 

¿Le llamaron la atención las drogas?

 

–Yo nunca estuve tentado por las drogas. En mis años mozos, a los veintitantos, puedo haber fumado mariguana, pero nada más.

 

 

Mejor una droga como el piano, especialmente en un ambiente como el del club Bradley’s en Nueva York, que durante muchos años fue el paraíso de los pianistas y otros músicos. Háblenos de este lugar mágico donde usted tuvo la fortuna de grabar.


 

–Nunca habrá un lugar así, donde los músicos podían reunirse. Algunas veces  trabajaba en Filadelfia y en cuanto terminaba la última nota ya estaba en mi auto porque quería regresar al Bradley’s para el último set y tomarme el último trago. Aunque trabajara en Boston, me aseguraba de estar a las cuatro de la mañana para poder tomarme la última copa. Entraba y nunca tenía que ordenar mi copa, sabían lo que bebía. Escuché mucha música allí: Tommy Flanagan, Hank Jones, todos los grandes músicos.

 

 

Cuéntenos alguna anécdota.

 

–Una noche Flanagan estaba allí y Carmen McRae estaba en el Blue Note. Ella terminó temprano, vino al Bradley’s y se sentó al piano para tocar el último set. Fue algo mágico. Sólo en Bradley’s podías encontrar algo así. Y no era un lugar donde acosaran a la gente después de cada set para que pudieran llenarlo. No, podías quedarte toda la noche. Realmente lo echo de menos.

 

 

Con estos dos músicos, a los que ha llamado sus grandes influencias, comparte el gusto por la melodía, por la sutileza y que usted llama finesse.

 

–La melodía es lo que me conmueve. Alguna vez uno hace explosiones en el teclado, rápidas y furiosas, pero y qué… Podrías tocar más rápido, pero a final de cuentas todo tiene que ver con contar una historia.

 

 

¿Qué es el piano para Kenny Barron?

 

–¡Es una pinche lata! (risas) Es un desafío, un desafío definitivamente. Luchas siempre por mejorar, es un proceso sin fin. Algunas veces escucho a pianistas más jóvenes y casi quiera tirar mis manos porque son muy buenos, especialmente en la técnica, aunque es algo irreal. Pero alguna vez tengo que seguir mis propios consejos y darme cuenta de que las historias de todos son importantes. Cualquiera que sea la historia que tenga que contar, es tan válida como la de cualquier persona.

 

 

Kenny Barron con el saxofonista Stan Getz:

http://www.youtube.com/watch?v=OdiXmO-tO_o

 

En su clase maestra en el Festival Internacional Jazzuv:

http://www.youtube.com/watch?v=N8doQube_7o

 

A trío con Ron Carter y Lenny White

http://www.youtube.com/watch?v=T2hF_YtXI34

 

 

 

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