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Bandera Sección Letras

 

 

Prefiero ser escritora que alcohólica: Lessing

 

 

                                                                                                  POR ÓSCAR JIMÉNEZ MANRÍQUEZ

 

 

E. Rocha

  • EDUARDO ROCHA

 

English version

 

No deja de ser contradictorio que una escritora como Doris Lessing, amante de los gatos y con un rostro aparentemente dulce, lograra escribir novelas, ensayos y cuentos tan llenos de rabia y de coraje, como si en su larga y prolífica vida dedicada a las letras, ella fuera arrastrando estoicamente su cruz.


Incluso, ha dicho y le jode decirlo, que a su edad, cuando ya ha rebasado los 90 años y obtenido el Nobel, aún se siente enfadada con la guerra, ese atroz hecho que la marcó desde niña, y al igual que la memoria, no acaba nunca en su cabeza.


Sin embargo, junto a aquellos pasajes cada vez más crueles y brutales que le acompañaron desde su infancia, fue una niña que comía naranjas mientras leía. Y con cada libro que sostenía en las manos, cobraban vida los sueños en sus ojos de niña. Esto ocurría en la antigua Rodesia del Sur, hoy Zimbabwe, donde creció enfrentada al protocolo racista y colonial de una minoría blanca que dominaba a una mayoría negra.

 

 

Convencida entonces de que la vida que conoció en África no era en absoluto la que deseaba, antes de cumplir los 20 años, partió a Londres con Peter, el más pequeño de sus tres hijos, dejando atrás un par de matrimonios y a dos de sus descendientes.


Eligió, como Anna y Molly, las protagonistas de Mujeres Libres, una manera de vivir, una forma de pensar, seleccionó su destino, aunque estaba consciente que dicha decisión tendría un precio. Lejos de hundirse en esa vida convencional que le ofrecía un matrimonio seguro, de inmolarse en el tedio de los círculos coloniales que la llevarían a convertirse en una alcohólica, según ha confesado ella misma, prefirió mejor escribir al poco tiempo de aterrizar en territorio británico.


Desde entonces, en Doris Lessing la voluntad es esencia. Y su voluntad durante décadas fue entregarse al oficio de contar historias. Por eso, meses después recibir el Nobel, sintió que con el premio también le confiscaron la palabra. “Todos sabemos que la escritura proviene de un hombre o de una mujer sentada sola en un cuarto, con el teléfono descolgado, una taza de café y en los viejos tiempos un cigarrillo”, dijo sin mayor emoción, como si el Nobel, más que un estandarte para celebrar fuera un desastre. “Todo lo que hago es conceder entrevistas y dejarme hacer fotos”.


Y como si no bastara con los múltiples compromisos que la fama y popularidad conlleva, además se ha visto obligada a quejarse de su vejez. “Paré, ya no tengo energía. De ahí que no deje de decir a los que son más jóvenes que yo que no se imaginen que siempre serán jóvenes”.


Lo dice la gran señora de la literatura inglesa, la única capaz de analizar la guerra, la política, el terrorismo, la condición de las mujeres, los prejuicios raciales, de un modo tan directo, sin pelos en la lengua, que en cada una de sus historias sabe disparar con una munición gruesa.


Así es la escritora más anciana en obtener el Nobel de Literatura, la hija de un militar mutilado por la guerra, que absorbió desde chiquilla los recuerdos amargos de su padre. En Las cárceles elegidas, en cuyas páginas reflexiona sobre el placer que sienten los hombres por ejercer la violencia, cuenta la historia de un árbol que fue sentenciado a la pena capital.


Resulta que el árbol, sentenciado a muerte, a fines de la Segunda Guerra Mundial, evocaba al general Petain, considerado durante un tiempo el salvador de Francia, y luego como traidor a la patria. Cuando Petain cayó en desgracia, el árbol fue ejecutado por colaborar con el enemigo. Un ejemplo del primitivismo y de la conducta bárbara de los hombres.


Autodidacta y siempre comprometida en denunciar las injusticias, la autora de El cuaderno dorado, en su momento casi una Biblia para las feministas; ha escrito numerosos libros, entre otros, Canta a la hierba, Un hombre y dos mujeres, En busca de un inglés, Instrucciones para un viaje al infierno, El último verano de Mrs. Brown, Cuentos Africanos, El quinto hijo, La buena terrorista.


Ha llegado a decir, a propósito de la inmensa pasión por las palabras: “Si no escribo un buen rato, me pongo irritable. Si tuviese que parar, probablemente empezaría a vagar por las calles, contándome a mí misma historias en voz alta”.


Antes de tener que vagar por las calles, de que se imponga un silencio, de que destine más tiempo a darle de comer a los pájaros, Doris May Taylor –ése era su nombre de soltera, por cierto, madre de un hijo inválido– ha dejado escrita su biografía en varios volúmenes: Dentro de mí, Un paseo por la sombra, y Mara y Dann.

 

Ni siquiera el dinero que recibió por el Nobel del 2007 la dejó contenta: “Fue para mis hijos, mis nietos y mi familia extendida. En dos años no quedará nada. Para colmo mi contador me dice que tengo que deshacerme de ese dinero, sino el recolector de impuestos se quedará con todo”.


Un buen epitafio en su tumba, cuando llegue la muerte inevitable, hecho que desde ahora ella asumido conforme a su temperamento y fuerte personalidad, podría decir: “¿Por qué en este mundo todo tiene que ser tan cuesta arriba?”.

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