Poeta, dramaturgo, pintor, profeta, dibujante, acaso un teólogo, la ocupación de Víctor Hugo fue denunciar la maldadL
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¿Quién era ese hombre que impregnó de sabiduría buena parte de su obra, casi un loco en su lucha titánica por descifrar los misterios de este mundo? Según afirman sus biógrafos, fue el tercer vástago de un matrimonio conformado por un capitán del ejército de Bonaparte y la hija de un armador de barcos de Nantes.
De ese singular encuentro, surgió un chiquillo que ya desde los diez años de edad traducía a Virgilio, Lucrecio y Plauto. Con el paso del tiempo, aquel niño precoz se convirtió en un genio de su época, un emblemático narrador de la Francia del siglo XIX, un sabio que logró hurgar en los sentimientos más profundos para hacer todo tipo consideraciones filosóficas.
Aquí, una metáfora con la que pretendió ilustrar el frágil destino de los hombres:
“¡Un hombre cae al mar! El buque no se detiene por eso. El viento sopla; el sombrío buque tiene una senda trazada. El hombre desaparece y vuelve a aparecer: se sumerge y sube a la superficie; llama; tiende los brazos, pero no es oído: el buque, temblando al impulso del huracán, continúa sus maniobras; los marineros y los pasajeros no ven al hombre sumergido; su miserable cabeza no es más que un punto en la inmensidad de las olas. Sus gritos desesperados resuenan en las profundidades. La vela se aleja, decrece, desaparece…”.
Con la imagen de aquel hombre vencido por el monstruo de las aguas, alguien que minutos antes formaba parte de la tripulación, Víctor Hugo quiere hacer más humana la desgracia de Juan Valjean, el protagonista central de Los Miserables, un preso que es arrastrado contra su voluntad a un precipicio de oscuridad.
Preocupado por la existencia de un Ser Supremo, el autor se pregunta a propósito de aquel náufrago que pide auxilio: “¿Y dónde está Dios? Ya no le oyen los hombres. Llama: ¡Socorro! ¡Socorro! Llama sin cesar. Pero nada en el horizonte; nada en el cielo”.
En Los miserables o ese largísimo tratado religioso, reúne a dos personajes para filosofar luego de beber algunas copas de vino. Entonces un senador le hace duras confesiones al señor obispo: “Yo no puedo volverme loco con vuestro Jesús, que predica en todas partes la pobreza y el sacrificio. Consejo de avaro a desarrapados. Pobreza: ¿por qué? Sacrificio ¿para qué? Porque tendré que dar cuenta de mis acciones. ¿Cuándo? Después de mi muerte. Vaya un buen sueño. ¡Bah! Después de muerto que me pinchen las ratas…”.
Poeta, dramaturgo, pintor, profeta, dibujante, acaso un teólogo, denuncia la maldad de los seres humanos contra sus semejantes, se cuestiona si el destino es capaz de modificar el alma de los hombres, y crea con gran fuerza imaginativa una novela que sigue hoy tan vigente como cuando se publicó en 1862.
Mientras el señor Magdalena observa a la desgraciada Fantina, trata de animarla con un sermón que podría ser dicho en la actualidad por monseñor Norberto Rivera en la Basílica de Guadalupe: “Habéis padecido mucho, pobre madre. ¡Oh! No os quejéis: ahora tenéis el dote de los elegidos. De este modo es como los hombres convierten en ángeles a sus semejantes. Mirad, el infierno de que salís es la primera forma…”.
Político al fin, orador en algún momento de su vida, lo confirma con aquel anciano que en el lecho de muerte se despide con estas palabras:
“El derecho tiene su cólera. De todos modos y dígase lo que se quiera, la revolución francesa es el paso más grande dado por el género humano desde el advenimiento de Cristo. Progreso incompleto, sea, pero sublime. Ha despejado todas las incógnitas sociales, ha dulcificado los ánimos, ha apaciguado, ilustrado…”.
Las pasiones y los sentimientos de sus distintos personajes, revelan los rasgos geniales de Víctor Hugo, que con su ficción, hizo más llevadera la vida de miles lectores de distintas nacionalidades. Porque sin duda, es más emocionante ese París de 1830 que el mundo real.
Venerado, admirado, idolatrado por millones de franceses, podría decirse que alcanzó la santidad en vida. Incluso, después de Shakespeare, es el autor occidental que ha generado más estudios literarios, análisis filológicos, ediciones críticas, biografías, traducciones y adaptaciones.
Su abundante legado difícilmente se podrá leer de principio a fin. Sólo su vida amorosa puede compararse con la riqueza de su obra. Tuvo fugaces romances con mujeres de diversas clases sociales y hasta pagaba en plazos por el generoso gesto de que se fueran quitando una a una de las prendas.
Marcó con Hernani el nacimiento del movimiento romántico en Francia, en febrero de 1830. Y siendo un niño, vio por primera vez un patíbulo, y la imagen del hombre que iban a ejecutar se le grabó con fuego en la memoria. Por eso, luchó sin descanso contra la pena de muerte
Para no olvidarnos nunca de la prodigiosa imaginación de Víctor Hugo, volvamos al Quasimodo de Nuestra Señora de París, o al Juan Veljean que luchó con generosidad e idealismo contra el rencor que dejó en su alma la estancia de 19 años en prisión. Hay quien afirma agradecido, en tiempos recientes, que leer Los Miserables lo hizo menos infeliz.