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Bandera Sección Columnas

El sabor del exilio

 

Tierra traicionera

 

POR ANDRÉS PASCOE RIPPEY

 

 

 

 

Foto Autor Exilio

 

English version

 

“Puta madre: voy a morir en Chile”.  Esa fue la reflexión de un amigo mío cuando el violento terremoto de Santiago lo sorprendió en un piso 13 mientras se emborrachaba con tres teiboleras húngaras.  En realidad estaba con un par de amigos. Pero igual pensó que moriría.


Mi caso fue distinto. Eran las 2:50 am cuando desperté por un ruido extraño.  Era Miranda, mi hija de 4 meses, que estaba haciendo sonidos inusuales. Me puso de malas, porque  no debería tener hambre a esa hora, pero no logré que volviera a dormir.  Le hice una mamila, la bebió y la devolví a su cuna.


Empezaba a conciliar el sueño cuando empezó el terremoto.  Pati se despertó casi de inmediato y me dijo “está temblando”.  Lo sé, le dije, no te preocupes.  Lo dije en serio, ya que no se sentí peligro en ese momento.  Pocos segundos después cambió: pasó de ser un terremoto leve a uno dramático; el remezón fue brutal.


Tomé a Miranda en brazos – que me miró con cara de “¿no qué querías dormir?” – y la sostuve fuerte contra mi cuerpo.  Los cuadros se agitaban, las cosas caían.  Era un ruido ensordecedor. Crujía la tierra.  Duró casi dos minutos y se sintieron eternos.  Agotadores. 


Cuando terminó, se había ido la luz y la calle estaba llena de los sonidos esperables: alarmas de autos, ladridos de perros y voces de vecinos desconcertados.  La oscuridad era total y, al asomarme a la calle, pude ver todas las estrellas como nunca en esta ciudad.


Empezó la frenética intentona por comunicarse con los seres queridos, frustrada por la saturación de líneas. El celular, inservible para hablar con cualquiera, se convirtió en linterna.  Los usamos para iluminar nuestro camino por la casa y apreciar los daños.  Felizmente, no eran graves: algún librero caído, decoraciones en el piso, una grieta en la pared.  Nada más.


Y fue esa fortuna increíble lo que nos impidió en un primer momento dimensionar lo que había sucedido.  Como veterano del terremoto del 19 de septiembre de 1985, tenía claro que quienes vivían en edificios habrían sufrido mucho más que nosotros, pero tampoco conocía el tamaño de la tragedia.


Dos horas después volvió la luz y con ella la tele.  Las noticias ya estaban mostrando las primeras imágenes del apagón – generalizado en toda la ciudad – y estaban claros los primeros datos: epicentro a 60 kilómetros de Concepción, una de las ciudades más grandes de Chile y los 8.5 grados Ritcher. Pensé: “Chile se lamenta porque en días la derecha toma el poder”.


La información empezó a fluir y pronto nos percatamos de la dimensión del desastre.  De las carreteras destruidas, de los edificios colapsados, de los muertos.  Pati fue al departamento de sus papás a primera hora del día siguiente y encontró un espectáculo dantesco: estaba roto TODO.  Ni un plato, ni una taza viva.  Una vida de objetos hechos polvo. Tampoco tenían gas ni luz, por lo que tomó la decisión de refugiarlos en nuestra casa. Con eso, envié al gobierno una comunicación oficial para que se incluyera mi nombre en la lista de damnificados.


El sábado fue de estupor y miedo.  Conforme a la gente le caía el veinte de lo que había pasado y se percataba que no tenía dónde pasar la noche, el dolor se fue volviendo rabia.  Miles durmieron en la calle, aterrados de volver a sus departamentos por la amenaza de una réplica. En efecto, hasta el momento ha habido 117 réplicas, dos de las cuales han superado los seis grados Ritcher. 


Concepción es una de las ciudades más afectadas y empieza a gestarse la rebeldía social. El domingo en la mañana la policía tuvo que soltar gases lacrimógenos dentro de un supermercado, mientras muchas otras tienditas eran saqueadas hasta dejar vacíos los anaqueles.  Esas imágenes angustiaron a los santiaguinos, que salieron en masa a abastecerse, vaciando los supermercados a empujones.


Nosotros también fuimos porque necesitábamos pañales y cerveza, dos cosas sin las cuales no podemos vivir.  Era impresionante la cantidad de gente y el estado de ánimo.  Estaban todos listos para arrebatarte el pan de la mano. Y esto era en un supermercado fresa de barrio nice. 


Noté otra de las cosas que nos diferencia de los chilenos.  A estas alturas aún no hay un solo chiste sobre la catástrofe.  Al menos hasta dónde he visto, los chilenos no han encontrado la forma de burlarse de sí mismos por la tragedia.  Pero  sí están haciendo algo que les encanta: acaparar.


De alguna forma pensé en la época de la Unidad Popular y la forma en que la rumorología contribuyó a cristalizar la catástrofe democrática.  Hoy, una persona dice “se va acabar la bencina” y en unos minutos todas las gasolineras tienen colas de kilómetros.  De hecho, el gobierno ya empezó a racionar el combustible, reduciéndolo a 5 mil pesos chilenos (unos 100 pesos mexicanos) por auto.  Están todos indignados.

 

A pesar de que se ha anunciado que hay suficiente gasolina para 2 semanas y abastecimiento de alimentos, el terror – y el rumor – son más fuertes.  La tiendita de la esquina está vacía y aún así tiene una cola de 30 personas. 


Sin embargo, es imposible no entenderlo: las imágenes en la tele y los diarios son terroríficas.  El dolor y la desesperación en la voz de la gente que en menos de dos minutos perdió todo, cala los huesos.  Los rostros de dolor de aquellos que perdieron a su familia contagian el abismo.  Van 300 muertos y serán más. 


Este terremoto no fue traumático para mí, como tampoco lo fue el de 1985.  Pero he descubierto que aún así el sabor de la tragedia es contagioso y no puedo evitar resentir el dolor de las víctimas.  Imposible no ser empático o ponerse en el lugar de los otros damnificados.


Estoy con los sufrientes y con los atormentados.  Estoy con los niños que hoy duermen en la calle, con las madres que no tienen comida para su familia. Estoy con todos. Nunca pensé que diría esto, pero hoy todos somos chilenos. Hasta yo.

 

 

 

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