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Bandera Sección Columnas

El sabor del exilio

 

EL REGRESO SINIESTRO

 

POR ANDRÉS PASCOE RIPPEY

 

 

 

 

Foto Autor Exilio

 

English version

 

Les juro que no lo podía creer.  Digo, sabía que pasaría, era evidente en términos lógicos. Pero la esperanza es algo cruel que persiste, y siempre abracé secretamente la fantasía de que la pinche derecha chilena perdería las elecciones.

 

Ya hasta había pensado en el título de mi editorial: “El fracaso permanente de la derecha”.  Ya había contabilizado a toda la gente de la que me iba a mofar, todos los chistes que haría.  En particular – ahhhhh, traidora realidad – había soñado con jugar algún papel como narrador del colapso final del pinochetismo y sus aliados.  Pero su fracaso permanente pasó a ser el mío. 

 

Es curioso como funciona la cabeza: lo sabes desde meses atrás, lo tienes clarísimo, y sin embargo no lo quieres creer.  Es como la esposa engañada que construye elaboradas teorías de por qué no está pasando lo que sabe que está pasando.  Maldita sea.

 

La elección ha tenido, además, un efecto inmediato en mi entorno: siendo mayoritariamente extranjeros –vulgares burócratas internacionales – ya todos se quieren ir de Chile.  La lógica es tan impecable como imperfecta: si me va a gobernar un tarado, al menos que sea MI tarado en MI país.  Y más si se trata de un facho disfrazado de centrista como Sebastián Piñera.  Carajo.

 

A las seis de la tarde, sin embargo, la vana ilusión se desmoronó.  Los primeros resultados eran clarísimos.  Para las siete, ya era un hecho: Piñera presidente electo. De inmediato, los sonidos de la victoria se dejaron venir. Las clases altas, enfundadas en sus camisetas Polo y con mocasines de marca, subieron a sus BMW, a sus Mercedes, a sus Audis y salieron a tocar el claxon por todo el barrio alto, y llegaron – quizá por primera vez en sus vidas – a la Plaza Italia, que es como el Ángel de la Independencia.

 

Entre los que celebraban estaban también los pinochetistas.  “¡Ge-ne-ral, Pi-no-chet, este triunfo es para usted!” cantaban.  Se veían fotos del finado dictador, bustos y algarabía.

 

Me negué a seguir viendo las noticias a eso de las ocho, agobiado con los discursos triunfalistas de la derecha.  Admitamos que fueron relativamente humildes en la victoria pero me parece bastante más admirable la gallardía con la que la Concertación tomó su derrota.  Está clarísimo que es más fácil ganar con gracia que perder con estilo.

 

Y perdieron con estilo –muy institucionales y democráticos–, pero por idiotas. Idiotas porque no entendieron que ésta era una batalla cuya consigna era “renovarse o morir”.  Idiotas porque se volvieron conservadores en el poder, porque siempre le tuvieron pánico a la derecha, porque para cuando se dieron cuenta de lo que tenían que hacer faltaban dos semanas para las elecciones.

 

Ser extranjero pero sentir la derrota electoral como propia es un sentimiento extraño.  Siempre he sido un ente político – o, al menos, interesado en política – y es natural que esté pendiente del proceso.  Pero esto fue más que eso: lo sentí como la derrota de una idea, de una “verdad histórica”, que es que la derecha chilena, al aliarse con el dictador, perdió el derecho a ejercer el poder.

 

Algo naïve, quizá.  Sobre todo considerando que la derecha sí ha ejercido el poder durante estos años, así sea a través de los poderes fácticos, de los medios que controla – es decir, casi todos – y de su capacidad de intimidar a la Concertación.

 

Pero con todo, la Concerta, en particular en este último periodo, el de Michelle Bachelet, sí se había ganado mi corazón.  El sello social, la cobertura de salud, las pensiones para las amas de casa, la píldora del día después.  Para Chile, estas cosas son mucho decir.  Quizá para cualquier país de Latinoamérica.  Sin embargo, a pesar de su popularidad y reconocimiento, su candidato fue derrotado y con eso concluye una era. 

 

Es así como uno se involucra con otras patrias, conforme va encontrando aquellos rincones que le hablan a uno.  La política social bacheletista y mi repudio profundo a una derecha golpista, que justifica todas las atrocidades de la dictadura, que busca construir argumentos para “explicar” la opresión y que es, además, profundamente clasista, racista y puritana, son los espacios de identificación que me hicieron comprometerme.

 

Cuando vi que la derrota, ésa que ya me esperaba, era inminente, me hundí en la depre.  El día siguiente de la elección, con los diarios de derecha celebrando descaradamente, fue gris.  Algo muy inusual en el verano chileno, pero así fue: gris, deprimente y triste.  Y pensé “así recibe el país el regreso de los fachos”.

 

Ni pex: a partir del 11 de marzo, somos (ooootra vez) oposición.  Seremos gaseados, seremos golpeados, pero jamás perderemos la esperanza.

 

 

 

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