Algo que no extraño de México en absoluto es la pinche filosofía de “el que no transa no avanza”. Esa frase, tan mexicana, es para mí la cristalización de una propensión nacional a la flojera y la mediocridad. El supuesto de que el único medio para progresar en la vida es a través de engañar y, en esencia, hacerse con malas artes de lo que no es propio, es una de las fuentes de la incapacidad de nuestro país de salir adelante.
Recuerdo hace unos años se hizo una encuesta en México entre niños de 6 a 11 años sobre corrupción. A los chavales les preguntaban si creían que el presidente robaba, y el 85 por ciento decía que sí. Les preguntaban robra estaba mal, y 96 por ciento decía que sí. Finalmente, les preguntaban si ellos, de ser presidentes, robarían. 80 por ciento respondió afirmativamente.
Así se mostraba lo que nuestros niños aprenden: todos saben que robar está mal, y sin embargo la mayoría lo haría si pudiese. Las lecciones de Elba Esther en toda su expresión.
Cada vez que uno va a ver una película, como bien sabrá, hay que fletarse un anuncio contra la piratería. Casi todos son hechos en México, lo cual es normal si uno vive allá, pero viviendo en Chile la gente siempre se extraña de que sean mexicanos los que están siendo avergonzados por sus hijos por comprar piratería.
Así, un comercial famoso que hace que todos se rían de mí es aquel en que una mujer de clase media baja, aparentemente madre soltera, llega a su casa tras un día pesado en el trabajo y le informa a su madre y sus dos hijos que compró dos películas piratas. La madre le suelta la frase letal: “Ay, mija, ¿eso es como robar, no?”.
Más adelante el hijo admite – ajá, yo siempre admití eso frente a mis padres – que compró un examen y la hija lo defiende: “como tu película”. Es difícil explicarlo, pero tienen que recordar que ése “como tu película” suena, en Chile, mexicanísimo. Con un acento cabrón. Y la gente me dice, “ese mexicano, eres como tu película, jajaja”. Los detesto.
Entonces me pongo a pensar en como los sudacas lidian con la transa y el rol que juega en sus vidas. Porque si bien el anuncio es mexicano, tanto en Chile como en Argentina la piratería está desatada, y no son más “decentes” que nosotros al respecto. Pero las tres naciones, por lo que he podido aprender, enfrentamos este rollo de “robar” de formas distintas.
El mexicano, como dije, lo hace vergonzosamente: sabemos que está mal. Nos encantaría no hacerlo. Pero pus no hay de otra, “todos lo hacen”. El argentino lo atiende de una forma radicalmente distinta: si no lo haces, es porque eres un boludo.
Por lo que me ha tocado vivir, el argentino, cuando es estafado por otro argentino, no se enoja con el estafador: se enoja consigo mismo. Porque la lógica no es “me robó por mala persona” sino “me robó porque me dejé y soy un idiota”. Así, la lógica preponderante es mucho más cínica – y honesta – que la nuestra. Uno no roba por ladrón, sino porque tuvo la oportunidad. Punto. No hacerlo sería muestra de nerdez.
Los chilenos son distintos. Uno puede partir de que en Chile el término “transar” no significa “estafar”, sino “pactar”. Así, si uno es intransigente, diría “eso no lo transo”. Un chileno transa sería – si se conjugase de esa manera – un negociador, no un delincuente. Una frase en chileno cercana a nuestro “me transaron” sería “me engrupieron”, que suena bastante obsceno.
Los chilenos ven muy mal la estafa y, aunque muchos la practican, nunca admitirían que lo hacen. Pero el chileno, más que estafador, es carterista. Es decir, según los chilenos mismos se han descrito conmigo, su lógica es ésta: adularte de frente y, a la primera oportunidad, acuchillarte por la espalda. Es una cultura más de traición – lo sabrá Salvador Allende – que de estafa.
Ellos dicen que viene de la cultura araucana, que lambisconeó a los españoles cuando llegaron y luego les prendió fuego a la primera oportunidad. No lo sé.
Lo que sí sé es que los latinoamericanos estamos irremediablemente conectados con la cultura del engaño. Quizá sea la herencia española, quizá el resultado de la esclavitud colonial. Quizá sea la naturaleza del oprimido. Pero, puta madre, es hora de sacudirnos ese lastre.