REPORTERO DE LA FUENTE POLICIACA, UN OFICIO PARA PIELES GRUESAS
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Él es periodista y su nombre es Vicente Hernández Elías. La publicación de una de sus notas generó uno de los escándalos más sonados en la historia reciente de la seguridad pública, al revelar que había policías federales involucrados en la muerte del joven Fernando Martí. El episodio puso en entredicho la eficacia del Estado mexicano, ratificó la corrupción de las corporaciones policiales así como de los procedimientos judiciales, y exhibió la pobreza de decisiones al interior de los medios de comunicación.
Éste es el perfil de nuestro personaje, en cuya casa abundan los helicópteros a escala y los aparatos de sonido. Ésta es, pues, una entrevista que pretende acercarse al ejercicio periodístico de quienes están en la línea de fuego… o en la línea más delgada.
—¿Qué onda con las tornamesas, eh?
— Son las culpables. Por ellas terminé en el periodismo. Todo comenzó porque desde muy chavo me gustó la música, le entré durísimo… pero mejor no te cuento eso, ¿es despegarme del periodismo, no?
—¡No! Cuéntamelo todo, quiero saber cómo es que a alguien que pone música termina entre balazos… ¿Qué te atrapó de la música?
— El ambiente, sobre todo cuando descubrí lo que puede hacer un disc jockey: poner a bailar a 50, a 500, a mil, 5 mil personas… Dices “ah, esto es poder”.
Primero tuve un sonido en la colonia Roma, después trabajé en la Zona Rosa en una tienda de discos que surtía a las mejores discotecas. Tenía una cabinita, donde le llegaban los mejores discos de Europa, Estados Unidos, de todos lados, y se trataba de ponerle al dj´s los discos y decirle “mira éste es el bueno”.
Ahí llegó un señor de Valle de Bravo, su dj se había roto un brazo, y venía Semana Santa precisamente, y me convenció de ir a trabajar con el poderoso argumento de “Te pongo cabaña y comida”.
—¿Qué edad tenías?
— 18, 20 años… Y entonces dejé de estudiar. Imagínate: cabaña, alcohol, música, mujeres.
—¿Y anduviste de antro en antro?
— Me decían, oye tengo fiesta aquí, tengo fiesta acá. Pero llegó mi hija y había que darle de comer, por eso me puse a trabajar en serio en la radio, primero en Acir…
— Llegó la radio.
— Después llegué a la W ahí en Ayuntamiento. Afortunadamente he tenido gente que me ha echado la mano. Iba recomendado. Me mandaron a W FM, que estaba aparte, no estaba en Ayuntamiento, estaban allá en Carraci por Félix Cuevas. Llegué y me dijeron, “mira, ella es Charo Fernández, él es Alejandro González Iñárritu, éste otro es Martín Hernández”.
Con Charo nos caímos muy bien desde el principio y ella me preguntó: ¿Te avientas el tiro o quieres practicar una semana? – No necesito practicar, soy dj desde el ‘77. – ¿Seguro te avientas? –Sí – Ah, entonces, la voy a querer así y asado. – ¿Qué te parece si mejor le hacemos así?… Le mezclé, quedó encantada y trabajamos muy bien.
— ¿Cuántos años estuviste con ella?
— No mucho… hasta que en una fiesta tuve una diferencia con González Iñárritu y me regresé a la W. Estuve en Televisa Radio, y luego empecé a trabajar para Grupo Radio Centro.
El operador que tenían en aquel momento en Noticias se iba a comer, agarraba el pedo y no regresaba, ja, parecía reportero. En eso llegó un director con el que trabajé muy bien, pero igual, un día me dice “¿Sabes qué? ya no te quiero aquí, te vas a la calle”.
—¿A la calle? ¡¿Por qué?!
— Porque quería que saliera a reportear.
—¿Qué sentiste?
— No pus qué hueva.
—¿De verdad?
— Claro, yo tenía un horario, descansaba sábado y domingo. Si te soy honesto, no me llenó de ilusión como los chavitos que estudian periodismo… Y hasta eso, se me facilitó. Duré 15 años en Grupo Radio Centro.
— Vino Formato 21.
— Sí. Lo vi nacer. Fui el primer reportero de Formato 21 en pasar al aire con el reporte de las seis de la mañana. Al principio todo era maravilla y había un incendio y todos corríamos al incendio. Había un asalto bancario y todos corríamos, y como traíamos scanner, la misma policía avisaba: señores reporteros va el señor secretario para allá, te avisaban, y vas aprendiendo, vas conociendo muchas cosas, es como el principio del sector justicia, el asalto bancario, el muerto de la esquina, el que se quiere tirar de la ventana y todos: “Aviéntate, cabrón”, pero llega un bombero y lo jala y uno dice “puta madre, dame la nota”, jaja, tú sabes cómo es esto: no hay muerto no hay nota.
— Te sedujo el sector.
— Sí. Se me facilitó relacionarme con policías, militares, desde uniformados de crucero hasta secretarios o ministros de la Corte, que es un sector que a veces no entienden muchos o se hacen pendejos. Depende qué sector cubras: si reporteas incendios o eventos especiales, terremotos, inundaciones, o cubres una sesión de la Suprema Corte, una audiencia en un algún juzgado donde dices “qué están diciendo estos gueyes”.
La Corte abrió cursos para reporteros, cosa que fue muy aplaudida, algunos dijeron que cualquier universidad ya quisiera tener a 11 ministros dando clases. Nos sirvió muchísimo, porque muchos cubrían la Corte pero si no te hacías cuate de alguien ahí, no entendías ni madre, te tenían que pasar todo traducido.
Fue transformándose la fuente policiaca, se diversificó porque como te digo, no es lo mismo cubrir un asalto bancario, que una sesión de la Corte o hacer una buena entrevista con un jurista sobre un tema específico, que digas, a ver de qué estamos hablando y por qué, y buscando la nota y no nada más la pinche declaracioncita.
—¿En qué momento llegas a los medios impresos?
— Cuando me di cuenta de que sólo tenía 60 segundos para decir todo.
—¿Cómo fue que supiste que querías decir más cosas?
— Cuando vi que había muchas cosas que no se decían, cuando veía una nota y decía: es que esta no es la nota, por qué no le entró por aquí, o por qué no dijo esto, o le faltó todo esto.
María Idalia Gómez, excelente periodista, me preguntó “¿Te interesaría trabajar en un medio? Hay un proyecto”… Yo dije “me apunto”. No sé si funcionó ese proyecto, el chiste es que llegó el Zapatour, y que me lanzo…
—¿Fuiste como reportero de Formato 21?
— Sí, fueron unas madrizas… Ya ahorita no me aviento.
Salí de aquí a mediodía. A las ocho y media estaba entrando es San Cristóbal de las Casas, sin parar, en mi poderoso Tsuru de Formato 21 y mi satelital en mano. Sin exagerar, hice una excelente cobertura para estar yo solo, había medios que mandaron a tres, cuatro reporteros.
Desde que Marcos salió de Las Margaritas, por el satelital iba haciendo la transmisión: “en ese momento Marcos está haciendo esto, esto, esto y esto, y la gente, y el ambiente, todo”. Apenas te daba tiempo para ir al baño, olvídate de comer bien, comprabas lo que podías y corre al otro pueblo de avanzada.
Como a la semana o a los quince días del Zapatour, Georgina Morett me habla, por recomendación de María Idalia, y me dice “¿Te interesaría trabajar en Milenio? –Sí.
–Tienes que dejar Formato. –No. –A ver, déjame preguntarle a Raymundo Rivapalacio.
En la noche me habla y me dice: “Mañana cubres esto, esto y esto”. Y todo mundo me preguntó: “¿Y te van a firmar?” Yo decía: no me firman y les miento la madre. Porque ya sabes que cuando empiezas en un periódico mandas 250 mil notas, te las revisan 250 mil pendejos, y como a los tres o cuatro meses, o al año, te empiezan a firmar….Entonces comencé a trabajar en los dos medios.
— Lo cual era un reconocimiento implícito a tu trabajo, ¿no?
— Pues sí.
— Dos trabajos y muchos celos ¿no?
— Llegaron muchas personas a Radio Centro a pedir que me quitaran la chamba, a decir que era de lo peor, a decir mil cosas. Pero sin sustento, nadie podía decir: “ya encontramos su cuenta bancaria”, o “descubrimos que tiene una vida clandestina”, o que vendo droga. ¿Qué hacía? la neta, trabajar… que me gustan las mujeres, pues sí, y mucho.
—¿Cambia un país cuando un periodista empieza a decir más?
— No, los que cambian son los dueños cuando después de tantos madrazos les llegan al precio y te dicen “ya no les pegues”. Tú llegas con información que sabes que vale, y nada más te piden mil caracteres, y al otro día buscas en el periódico tu párrafo, y pura madre que está tu párrafo.
Es cuando te decepcionas del periodismo. Eso por un lado, y por otro, todos los compañeros que conocemos se quejan del estúpido de Comunicación Social que les impide hacer entrevistas. A una compañera le acaban de decir en Gobernación “por cada entrevista que agarres afuera te voy a negar una oficial”.
— Cuesta trabajo creer que estos sean los saldos de la “democracia mexicana”… ¿Cubrir esta fuente qué satisfacciones te ha dejado?
— Conocer, nada más. Conocer lugares, cosas que muy poca gente ve.
—¿Qué es lo que muy poca gente ve?
— La verdad de las cosas.
Cuando estaban los movimientos en Chiapas, nos llevaron a un operativo real. Tu chaleco, tu casco, tus binoculares y tus tapones, en un campo militar que está entre el Estado de México e Hidalgo, y te dicen “Vamos a tomar aquella colina donde se reúnen los malhechores”, y empiezan de quién sabe dónde a disparar, y dices, “Ya les dieron en la madre” y de repente salen los helicópteros ta ta ta ta ta ta, dejan pelón el cerro, y por si alguien quedó vivo, de la nada se levantan 50 cabrones -porque traen esos trajes camuflados- y comienzan a correr y disparar, órale guey, detrás de ellos.
Una demostración impresionante de lo que pueden hacer, de cómo los pueden controlar, la pregunta es ¿Por qué no lo hacen?, o ¿quién les impide hacerlo?, yo he hablado con gente que me dice “No nos dejan trabajar”.
Algunos militares están inconformes con lo que se hace, o mejor dicho, con lo que no se hace, están hasta la madre de esto, pero no se puede hablar. Les preguntas ¿lo puedo meter a la nota? –No, no manches, lo publicas y me arrestan, y me quitan el área, y yo voy y te pongo unos madrazos.
— En ese sentido, haberte enterado de cosas ¿es verdaderamente una satisfacción, no te pesa?
— No, yo creo que…
— Es decir, ¿no pesa, no causa desazón estar, ver de cerca la podredumbre?
— Sí, sí pesa, sí duele. Pero creo que lo saben muchos sin necesidad de estar allá, viendo a la señora llorando porque se llevan su costal de marihuana, porque con la venta de eso iban a comer. Ellos dicen “ya la sembré, ya la coseché, ya empaquetamos y me la quitas, no chingues”, y la gente gritándoles podemos estar mejor con cualquiera menos con éste (Calderón). No es la forma de operar.
— ¿Te ha dado miedo ejercer tu profesión?
— No, y me han matado gente bien cercana.
—¿Pero no te da miedo?
— No, porque no debo nada, si les hubiera agarrado un peso algún día… Pero yo hago mi trabajo y ellos hacen el suyo. Mira, si no debes nada tú puedes andar caminando en la calle a las 11 de la noche tranquilo, a menos que te salga un borracho que te pide para la chela, o que te quieran asaltar.
— Pero ha habido algunos que por hacer su trabajo…
— No, eso es falso. Tienen algo qué ver, a fuerza. Si no tuvieran nada que ver, por lo menos ya les hubieran dicho bájale.
—¿Hay llamadas de atención?
— Por supuesto que sí. Cuántas veces no has oído que llegan y te rafagean la casa, eso no tiene nada que ver con un decorado o con que se equivocaron, es “Bájale, guey”. Hay llamadas que les hacen para advertirles.
Me llevaba muy bien con el maestro José Luis Santiago Vasconcelos y él comentaba que la contrainteligencia de estos tipos está muy fuerte, saben exactamente todo lo que haces, pero todo.
—¿Pero qué pasa con esas informaciones que se publican y que incomodan?
— Por ponerte un ejemplo, si tú nada más manejas notas a favor de alguien, aunque las quieras disfrazar mucho surge la pregunta ¿para quién estás trabajando? Porque además ellos saben con quién hablas, quién te pasó la información. Si la vas a manejar le tienes que dar un sentido periodístico, ser imparcial, y esto dijo éste y esto dijo aquél… Pero es que luego se ven bien obvios, se ven centaveadísimas las notas.
— De acuerdo, pero también creo que el narco o el crimen organizado no tiene ningún interés en que se sepa la forma en la que opera.
—¿Pero quién lo da a conocer? Sus enemigos. Si él conoce exactamente dónde desayuna, cómo gastas la lana, de dónde la consigues. De dónde la obtienes la información es muy obvio, cómo se enteró éste, quién le dijo, es como el clásico chisme: ¿Cómo te enteraste?, Pues nada más échate para atrás y recuerda quién sabía.
Están bien ubicados: quién genera la información, a quién se la pasan, eso es contrainteligencia. Y sobre todo lo que está haciendo el narco, manejándolo a través de los medios, ésa es otra batalla que no han podido ganar. La información es un arma letal y hay que saber cómo manejarla.
—¿Cómo opera la contrainteligencia?
— Los federales muchas veces hacen trabajo de inteligencia, pero a lo pendejo, porque ya ves que los agarran y los apedrean como en Tláhuac o Milpa Alta, eso es un trabajo de inteligencia hecho a lo pendejo. Y están los del otro bando que hacen el trabajo de contrainteligencia, ya te tiene ubicado: quién es, quién entra, quién sale; alrededor de los cuarteles hay 200 personas, halcones, que traen su radio, andan en bici, la señora que vende dulces, y te dicen: “acaba de pasar un contingente de 10 camionetas, tres jeeps…”, y ésa es la contrainteligencia que ellos manejan, de primer nivel, porque traen intercepción de llamadas, todo.
—¿Qué es lo más desagradable de estar cubriendo una fuente como la policiaca?
— Que tu jefe esté bloqueando tu trabajo. Sí te da en la madre en el ánimo que te frenen, que te bloqueen las notas, les preguntas: ¿Por qué no quieres manejar esta nota, güey?, ¿A quién le tienes que rendir cuentas?, ¿Que no ves que esto es así? Y el punto es que no lo quiere ver, o se hace güey, o también ya lo salpicaron.
El ejemplo de Martí, eso es una cosa chiquita, nada más porque el niño era rico, pero ¿cuántos casos no hay iguales? Martí es uno de un millón.
—El caso Martí ¿es la peor experiencia de tu ejercicio profesional?
— Es una decepción que haya ese tipo de compromisos, que obstaculicen la labor periodística, que se vendan de manera tan obvia al mejor postor, que esos compromisos no permitan que la gente se entere, o que se sigan desarrollando los periodistas.
A los que estudian periodismo siempre les digo “búscate otra cosa”. Pero ahora hay mucho niño que nada más quiere que lo escuche la abuelita en la radio, que les digan el domingo en la comida familiar que ya lo leyeron, pero al cabo de dos tres años ya están hasta la madre porque ni les pagan bien, los traen como gatos cubriendo pendejadas y no les publican, y acaban haciendo cualquier otra cosa.
— En el México violentado que vivimos ¿ser reportero de la fuente policiaca da para hacer la equivalencia con un reportero de guerra?
— Con las debidas y respetadas proporciones. Lo cierto es que estamos en una guerra. Es una guerra contra el narco, es una guerra contra la delincuencia, es una guerra contra los mismos dueños de los medios, y expones tu vida desde que sales, desde que te subes a un avión, desde que bajas y subes a un helicóptero, o a un jeep blindado cuando te pueden venadear, como lo han hecho en mil casos, donde te identifican que vas con los militares o federales y te esperan en tu hotel y te dan en la madre.
Te expones, y eso no les interesa a los medios, cuando mucho te pueden decir no le juegues al héroe, y uno dice “Pues no me mandes, güey”, así de fácil porque si estás ahí, lo vas a hacer bien, porque la otra es que esperes el boletín y las fotos que toman del operativo y con eso te vas, pero si ya estás ahí lo vas a hacer bien, te vas a meter.
— Pienso en el reportero que tiene una familia, cinco hijos, y que decide esperar el boletín.
— Tal vez eso queda en ti. Creo que si ya estás en esto ya te gusta, ya sabes a los que vas, y a lo mejor los disfrutas.
— Es que para hacerlo bien, sólo puede ser así, te tiene que gustar
— Pero también está la otra. Si me dices ahorita, en frío, “¿Qué te parece si te lanzas a un operativo y puedes perder la vida por los balazos y a lo mejor el avión en el que te subes se cae, como se han caído muchos aviones militares?” Te digo que no, que muchas gracias.
Pongo el ejemplo de Oaxaca: si ya estás ahí ¿cuántos petardos no estallaron cerca de nosotros?, el gas pimienta, las pedradas… Te expones como si fueras parte de las fuerzas federales, o como si fueras de la APPO, y eso quién chingados lo reconoce, sólo queda para tu satisfacción.
Yo estuve ahí. Se hizo famosa la frase que me dio un general que iba al frente de la columna que fue la que más problemas tuvo. Todo mundo con escudos y mascarillas, cascos, y el tipo iba como en la película Apocalipsis Now, con los balazos que le pasaban por todos lados, un general chaparrito, yo corría junto con él, y le dije: “General, usted no trae chaleco antibalas, ni espinilleras, ni casco, ni escudo, ni nada” y él lo único que me respondió fue: “No, pero traigo un par de huevotes”.
— Si te prendió esa frase es porque quizá tú también has sentido que traes un par de huevotes
— O son muchos huevos, o es mucha irresponsabilidad, pero sí, siempre lo he dicho, si ya estás ahí hazlo bien. Ves un reporterito que está en la tele: “Estamos viendo desde lejos que…” Güey, si ya estás ahí ¡métete!
— Con tanta exposición ¿cuándo llega el momento de parar?
— Cuando se conjugan varios factores: el encabronamiento que te da que tu jefe no te apoye, el encabronamiento que te da que al editor le valga madre tu nota y te diga mándame mil caracteres y tú dices “no mames, qué hago con un párrafo si traigo toda la historia”, o que te pidan que reveles tu fuente y hagas una nota para balconear a la persona que te filtró esa información.
—¿Qué representa en tu vida el caso Martí?
— Fue el parteaguas, el punto clave para decidirme a dejar esto.
—¿Para dejar el periodismo?
— Por lo menos por un buen rato.
—¿No consideras que pusiste tu grano de arena para cambiar el estado de las cosas?
— No, difícilmente una nota va a cambiar un país. La muerte de este niño hizo que salieran a caminar millones de personas, pero no ha cambiado nada. Se establecieron muchos compromisos, hubo muchas declaraciones, mucho movimiento: todos vestidos de blanco, en el Zócalo… Pero no cambia nada.
En otros lugares del mundo ha habido Water Gate´s y se toma en serio el periodismo, aquí es distinto: aquí le hablan a tu director, se baja los pantaloncitos, y aquí no pasó nada.