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En este segundo mes de 2010, Antídoto tiene el enorme placer de registrar entre sus páginas el redescubrimiento más importante de la historia del arte, en los últimos 50 años. Se trata de un autorretrato de Velázquez, cuya originalidad estuvo cuestionada por casi un siglo. Avelina Lésper, apostada en Nueva York, relata los avatares que sufrió la pintura y el rescate que hicieran de ella las autoridades del Metropolitan Museum of Art.
En un plano más local, Xavier Quirarte retoma la biografía que María Cortina le hiciera a Chavela Vargas: un libro plagado de anécdotas no sólo sentidas sino aleccionadoras. El ejemplo de vida que ofrece una intérprete con los arrestos de Chavela, no tiene parangón: quién hubiera imaginado que La Vargas –como la llama Joaquín Sabina– hubiera empezado su trayectoria en México atendiendo una cocina económica…
En el segmento de las columnas, La prisión en un relato trae para los lectores de Antídoto la historia de Carlos Santillana, una historia que nos revela los modos de darle la vuelta a las peores vejaciones que deparan los espacios carcelarios.
La sección de la Entrevista sirve de pretexto para echar un vistazo a las innovaciones de la pintura callejera. Grafiti monumental, una modalidad evolucionada en donde se hermanan la técnica del can-control y la herencia de los grandes muralistas mexicanos. El Humo, integrante del grupo Tékpatl, nos introduce en la pericia del aerosol.
A la Galería llega David Jaramillo, reportero gráfico de El Universal con lo más granado de su trabajo foto-periodístico. Imágenes en donde la oportunidad no se supedita a la composición. Lenguaje gráfico fortísimo y también sublime.
Que el Antídoto de febrero fortalezca las defensas –casi siempre endebles– de la razón. Hasta la próxima.
Enid Álvarez Soberanis

LAS VERDADES DE CHAVELA (VARGAS), UNA BIOGRAFÍA
PLAGADA DE ANÉCDOTAS DOLOROSAS Y PASIONALES, RABIOSAS Y DIVERTIDAS, EJEMPLARES Y SIN MORALINA
Había una vez una niña en San Joaquín de Flores, Costa Rica cuya existencia era miserable. Sin saber el motivo algo que hasta la fecha sigue ignorando–, era despreciada por sus padres. No sabía lo que era el cariño, el calor de un abrazo o la frescura de un beso. Ante la carencia de una vida familiar, la soledad y la música se volvieron su cielo protector.
Su deseo más ferviente era llegar un día a México porque le encantaba nuestra música, especialmente en las voces de Jorge Negrete y Pedro Infante. Por eso a los 14 años, Chavela Vargas decidió venir a México. Su intuición le decía que aquí encontraría lo que en casa le faltaba. “Tenía el sueño de venir a México por la música y luego me fogueé con los grandes: tuve la suerte de cantar con ellos. Desde chiquita era muy valiente. Llegué a México y me sentí deslumbrada, desde el sonido de la palabra: Mé-xi-co”, afirmaba sonriente en noviembre del 2007, días antes de que la Secretaría de Cultura le rindiera un gran homenaje en el Teatro de la Ciudad.
Y si dejó a su familia en Costa Rica, aquí encontró el amor de amigos que se volvieron entrañables y el cariño de un público al que conquistó con su música y que le ha sido fiel durante décadas. “Llegué a una casa de huéspedes allá por Insurgentes, de unos Chamorro, familiares del que fue presidente de Nicaragua –decía en la misma entrevista–. Me dieron cuarto y comida por 20 pesos al mes, así que viví muy bien. Me hice luchando, no crea que vine, vi y vencí. No. Antes cantaba en la casa, pero nadie me hacía caso. Llegué aquí y empecé a cantar en serio. Me conoció el Indio Fernández y le gustó cómo cantaba. Luego me presentaron a Jorge Negrete en una fiesta, a Dolores del Río, María Félix, todos ellos. Luego conocí, en mi época preciosa, a Frida y a Diego, y me enseñaron cosas muy bellas, muy hermosas en todos los aspectos de la vida”.
Antes de dedicarse al canto profesional hizo los trabajos más disímbolos, contaba muy divertida. “Una vez trabajé de chofer de una vieja rica y la llevaba a pasear a todos lados, era muy simpática. También tuve una cocina económica y un amigo mío cocinaba. La comidita era buena y la vendíamos. Así pasó la vida. No llegué de un momento a otro y triunfé”.
Pero, un día de suerte, de los que, dice Chavela, “ya están marcados en el calendario del alma”, le preguntaron si quería cantar en El Último Refugio en Acapulco. Y, ella, a la que nada espantaba, decidió cantar en este lugar y luego en La Perla, donde hizo varias temporadas. “La pasé muy bien, conocí mucha gente y me hicieron un contrato para Nueva York en el Blue Angel, donde nadie sabía lo que estaba pasando: ellos hablaban en inglés y yo hablaba español. ¡Nadie me entendía nada y yo no entendía nada tampoco, pero la pasé muy bien porque nadie entendió nada! Regresé a Acapulco, seguí cantando y de ahí me hicieron contratos para ir a varios lugares. De repente, de esos días desconocidos y gloriosos: ¡Pum, reventó la bomba de mi vida y me consagré! Así pasé la vida. He viajado por todo el mundo y he llevado la música de México”.
A fines del año pasado apareció Las verdades de Chavela (Editorial Océano, 2009) libro en el que María Cortina, con la colaboración de Ana Paula Meza, habla largo y tendido con Chavela Vargas. Allí la cantante comenta sus pasiones, sus amigos, sus tristezas, sus reconocimientos, su amor por la música que la ha convertido en un símbolo de la canción mexicana.
La infancia de Chavela Vargas se nutrió de un dolor constante, por eso al pedirle María Cortina que le diga su primer recuerdo, afirma que todos ellos son muy dolorosos, plagados de soledad y marginación. “Nadie me abraza, nadie me toca siquiera. Como si les diera horror. Nadie me mira, ni una mirada franca. Es ésa mi niñez. El vacío”.
No todo fueron tristezas, dirá después. Encontró en los indígenas en calor que le faltaba en casa. “Los indios me cuidaron, me enseñaron muchas cosas que yo no conocía. Era bellísimo que te acunaran y te arroparan voces desconocidas. ¿Qué querían decir? Querían decir mucho, querían decir todo”.
Con su canto Chavela Vargas ha dicho mucho y varias generaciones han sentido que el cuerpo se cimbra cuando su voz se posa sobre las palabras de cada canción. La intuición le sugirió cantar a su modo y decidió que no buscaría parecerse a los grandes, le explica a la periodista. “¡Imagínate, cantando yo a la par de Pedro Infante o de Pepe Guízar, híjole! No, no quería hacer el ridículo. Por eso me propuse cantar diferente, yo sola, sin mariachi, sin trío, sin grupo, sola con mi jorongo, mi pantalón de manta y mi guitarra. Sin escándalo, sin espectáculo. Canta como te sale del alma, Chavela, me decía a mí misma. Y así fue como canté, desde el alma”.
En divertidos pasajes habla de las noches de juerga, como cuando en Acapulco cantaba y la iban a escuchar estrellas como Elizabeth Taylor, Rock Hudson, Clark Gable, Lana Turner y Ava Garner. Recuerda sobre todo, la boda de Elizabeth Taylor: “Subimos cientos de guitarras por La Quebrada, tocando todos al mismo tiempo con gran emoción”. Fueron tres días de borrachera intensa. Uno de esos días, cuenta, “amanecimos todos enredados, me acuerdo de ese despertar. Abrí los ojos y vi a Ava, Lana, Clark Gable y otro montón de gente, dormidos en el suelo, rodeados de zapatos de tacón, muchos de ellos todos llenos de champaña. Habíamos bebido champaña en zapatos de tacón”.
Y si Chavela es la reina, por supuesto José Alfredo Jiménez sigue siendo el rey. Se conocieron y se volvieron compañeros de trabajo, amigos, confidentes y cómplices de parrandas sin fin. En pocas palabras, la cantante sintetiza las virtudes de José Alfredo: “El hablaba con la verdad. No tuvo escuela, pero llevó siempre la verdad en la mano. Por eso rompió la barrera del silencio eterno de la gente. José Alfredo fue un hombre que estuvo en otra dimensión, entre el cielo y la tierra, y rebasó la barrera de la comprensión del ser humano”.
El gran amor de su vida es Frida Kahlo, confiesa la cantante, a quien recuerda con una mirada sensual con la que “desarmaba por igual a hombres y mujeres… Siempre será mi gran amor (…) Mi energía y toda la del mundo, el calor, la sensibilidad, toda la fuerza del amor que he sentido en mí, se la di a ella”. En una carta de Frida, la pintora le comenta a Carlos Pellicer su primer encuentro con la cantante. “Es más –se lee en la carta–, se me antojó eróticamente, pero no sé si ella sintió lo que yo, pero creo que es una mujer lo bastante liberal que si me lo pide no dudaría un segundo en desnudarme ante ella…”
Quién sabe si Chavela Vargas pedirá ser recordada por una canción en particular, pero seguramente “La llorona” encabezaría la lista de sus preferidas. Es una canción, afirma, “que cuando la interpreto, reto a la muerte, lidio con ella. ‘La llorona’ une el dolor, la angustia, alegría, el amor, lo une todo, para al final dar el grito. Un grito profundo, hondo, un grito lleno de verdad. ¿Qué más quieres? ¿Quieres más?”
No Chavela, ya nos has dado bastante.

Sus heterónimos dijeron lo que el no se atrevio. Al contradecirlo lo expresaron, y al expresarlo lo obligaron a inventarse
Al buen hábito de Fernando Pessoa, de ir metiendo cientos de sus manuscritos en el interior de un baúl, debemos el hecho de conocer la obra de uno de los más grandes poetas de la literatura universal. Allí, dentro de un arca forrada de terciopelo, como quien lanza una botella al mar, Pessoa fue conservando todos aquellos papeles que al paso del tiempo dan testimonio de su inspiración.
Luego de su muerte, ocurrida el 30 de noviembre de 1935, a consecuencia de un cólico hepático, justo en los días en que ya nadie se acordaba de él, alguien levantó la tapa del arcón y encontró el tesoro: sus poemas, escritos por las distintas criaturas que lo habitaron.
Entre los cientos de manuscritos que se fueron acumulando hasta sumar miles, se descubrió la obra que se convertiría en la biografía del poeta lusitano. Del interior de dicha caja, irrumpieron unos seres imaginarios, herederos de aquellos con los que Pessoa hablaba a solas desde su infancia.
Acostumbrado durante la niñez a vivir entre personajes imaginarios, resulta natural la aparición de Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos, tres proyecciones de su alma, los heterónimos por los que a veces asomaba la cabeza Pessoa.
Reis y Campos dijeron lo que quizá él nunca hubiera dicho. Al contradecirlo lo expresaron, al expresarlo lo obligaron a inventarse. Y Caeiro, su maestro, es todo lo que no es Pessoa. En cualquier caso es imposible confundirlos, y sin duda, a través de sus creaciones el poeta intentó buscarse a sí mismo.
“…seré siempre el que esperó que le abrieran la puerta/ junto a una pared sin puerta/ y cantó la canción del infinito en un gallinero/ y oyó la voz de Dios en un pozo tapado/ ¿Creer en mí? No, ni en nada…”. Desterrado, pesimista, destructivo, Álvaro de Campos expresó lo anterior en Tabaquería, cuyo poema comienza así: “No soy nada/ Nunca seré nada/ No puedo querer ser nada/ Además de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo”.
Pese a que la palabra fracaso fue una constante en su existencia, y a que no pudo escapar de la penumbra en que transcurrió su vida pública, con Alberto Caeiro dejó ver su amor por los niños, como se aprecia en el siguiente poema:
“Cuando muera, hijito/ Que sea yo el niño, el más pequeño/ Tómame en tus brazos/ Y llévame hacia adentro de tu casa/ Desnuda mi ser cansado y humano/ Y acuéstame en tu cama/ Y cuéntame historias, si despierto/ Para que vuelva a dormir/ Y dame sueños tuyos para que juegue”.
Y en unas líneas más, extraídas del Guardador de rebaños, del mismo Caeiro, se confirma al poeta que es una afirmación absoluta del existir: “Al anochecer jugamos a la matatena/ En el escalón de la puerta de la casa/ Serios como conviene a un Dios y a un poeta/ Y como si cada piedra fuese todo un universo”.
A propósito de Pessoa, y no debemos pensar que son cosas que ocurren por casualidad, pareciera que la fatalidad es lo que distingue a un escritor auténtico.
En los últimos años de su vida, no tenía un hogar propio, había en él una tendencia irresistible por una bebida llamada cazalla -un aguardiente con el que estimulaba sus sueños-, y muchas veces estuvo expuesto a la caridad de alguien que le echara unas monedas en los bolsillos para poder comprar una sopa caliente.
Escéptico, resignado, dudó siempre de la realidad de este mundo a través de Reis y Campos, fantasmas dotados por él de carne y hueso, pero decidió inventar la contraparte en Caeiro, quien siempre se encontró muy lejos de expresar palabras mortales o de perdición.
El padre de la poesía portuguesa se ganó la vida como traductor de inglés en algunos despachos comerciales; en 1932 aspiró al puesto de archivista en una biblioteca y lo rechazaron, y fue un bebedor solitario en tabernas y fondas del barrio viejo de Lisboa, pero por fortuna, muchísimos de los poemas que escribió los guardó en aquel viejo baúl, al que en un momento determinado alguien le levantó su tapa.
En 1920, tres lustros antes de fallecer, luego de cortejar a una empleada de comercio llamada Ofelia, a la que llevaba un año escribiéndole cartas, Pessoa se arrepintió debido a su difusa homosexualidad. Cuando la chica aceptó salir con él y le pidió casarse, mientras miraban el curso del agua a orilla del Tajo, Pessoa cambió de intenciones.
Su resistencia a seguir como si nada en este mundo y en el hilo de los días lo deja ver en las siguientes líneas: “No poder concluir esta tortura/ No poder desprenderme de este ser/ No poder olvidarme de esta vida…”.
Miope, huidizo, tímido, existencialista, contemplativo, casi siempre vestido de oscuro, Fernando Pessoa, aquel que de niño hablaba con personajes imaginarios y cuyo apellido quiere decir máscara en portugués, en el lecho de su muerte, unos instantes antes de partir, alcanzó a decirle a la enfermera que le atendía: “Dadme las gafas”.
RETRATO DE UN HOMBRE, EL REDESCUBRIMIENTO MÁS IMPORTANTE DE
LA HISTORIA DEL ARTE EN LOS ÚLTIMOS 50 AÑOS
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La Rendición de Breda, Velázquez
No hay duda, es él. Coinciden las evidencias: es el mismo hombre que aparece en la Rendición de Breda, el perfil exacto, la mirada inteligente, arrogante, paciente, y podrían tener la misma edad en las dos imágenes. Es el autorretrato de Diego de Velázquez.
Cuando el restaurador removió los barnices y la suciedad, apareció la firma del pintor y lo confirmaron. Ésta es la historia del redescubrimiento más importante de los últimos 50 años en el Metropolitan Museum de New York y en la historia del Arte.
Entre los pintores existen tradiciones del oficio que se repiten como gestos fraternales, son sellos de identidad que algunos creadores repiten. En la realización de pinturas con grandes puestas en escena a los artistas les divertía incluirse en el grupo, algunas veces lo hacían discretamente, otras, cuando su fama era ya patente lo hacían de forma evidente, por ejemplo Miguel Ángel aparece en una de las escenas del Juicio Final en la Capilla Sixtina, -que tantos dolores de cabeza le causó-, se pinta con el esfuerzo y la preocupación reflejada en su rostro, es un monje que señala determinando su destino, Rembrandt aparece en la Noche de Ronda y Diego de Velázquez en la Rendición de Breda y en su magnífico autorretrato en Las Meninas.
Hoy este recurso es de los directores de cine que se adjudican papeles mínimos en sus películas, Buñuel toma café en la terraza donde un cliente misterioso contacta a Catherine Deneuve para sodomizarla en un ataúd en Belle de Jour y Guy Ritchie es uno de los policías que escoltan a Sherlok Holmes a la prisión.
A Velázquez, para que lo pudiéramos reconocer en la Rendición de Breda hizo todo para llamar la atención, se vistió de forma completamente diferente al resto de los personajes, en una situación de importancia solemne donde todos tienen la cabeza descubierta porque sus generales, héroes y banderas se encuentran presentes, Velázquez se dejó el sombrero blanco, tocado con una pluma.
Es el final de un sitio cruel y costoso, al fondo se levantan las columnas de humo de los incendios, las aldeas destruidas y la humedad condensa las cenizas que se levantan como un telón que deja atrás las masacres. Los soldados visten miserablemente, los mercenarios casi no tienen armamento y la escena se desarrolla sobre fango que abandonó el invierno devastador y maldito en un verano pantanoso.
Es la rendición de una guerra que los reyes pelearon rezando desde los altares mientras los ejercitos morían hambrientos y gangrenados. Pero Velázquez está vestido de blanco, suntuoso, él no es un soldado, él es artista, es testigo privilegiado porque puede hacer que este momento trascienda y se quede en la historia con la escena y composición que está dirigiendo 45 años después de la batalla.
Mientras los soldados y embajadores participan de la situación, Velázquez mira a la cámara, al frente, se ven en el espejo de la Historia con la misma actitud del que pinta un autorretrato. Está en la orilla derecha, casi saliendo de escena, en la frontera de la memoria. Es el mismo rostro de Retrato de un Hombre, hoy redescubierto.
EL VIAJE DE UN CUADRO
El financiero Jules Bache, nacido en Alemania y nacionalizado norteamericano, tenía dos obsesiones: la belleza y superar la Colección Frick (del industrial del acero Henry Frick). Para América no es suficiente ser rico, y uno de los caminos para alcanzar nobleza es el arte. La colección Frick es una pesadilla para todos los ricos, es una misión superarla, por eso Guggenheim tiró la toalla y se declinó por lo más fácil, arte moderno.
Bache adquirió una serie de obras de gran calidad como Filipo Lippi, Van Dyck, Tiziano y Velázquez, Retrato de un Hombre. Antes de morir, al ver que no podía sostener su propio museo, orgullosamente vencido por la Frick, donó en un acto de inmensa generosidad en 1949 toda su colección al Metropolitan Museum.
Después de haber pasado desde 1736 por diferentes dueños, Bache adquirió la pintura en 1926. Entonces la autoría de la obra primero fue descalificada y luego confirmada por el experto August Mayer, que al estudiar Retrato de un Hombre y hacer análisis de sus diferentes capas, y compararlo con el resto de los autorretratos de Velázquez, en especial el de la Rendición de Breda, concluyó que el Retrato era en realidad un Autorretrato.
Antes de que Brache donara el cuadro al MET sufrió diferentes restauraciones que, lejos de ayudar a mejorar el estado de la pintura, en ocasiones la deterioraron. Los barnices se oscurecieron y las remociones borraron algunos de los rasgos del retratado. Es increíble como las piezas de arte sufren a sus “restauradores” que en ocasiones hacen mucho más daño que el paso del tiempo, a veces no sabemos que sea peor: si que la pieza sufra un accidente o que padezca a su restaurador.
El deterioro alejaba al rostro del parecido y la calidad pictórica era dudosa. Por si eso fuera poco, además las piezas de arte soportan al estudioso o erudito, que en un afán de pasar a la historia hacen descalificaciones. Es el reciente caso de El Coloso de Goya. Manuela Mena curadora, presentó un estudio totalmente subjetivo para obligar a que el Museo del Prado retirara la autoría de la cédula. En un exhibicionismo necio fue descalificada y adjudicada a Asencio Julia por una “firma” que en realidad es el número del cuadro. El Coloso es una obra que corresponde en tiempo, carácter y tema al cuerpo de la obra de Goya, resultado de sus estudios de los torsos de Miguel Ángel cuando vivió en Italia.
Sálvennos de esos eruditos. Por eso Jonathan Brown, la autoridad sobre Velázquez en Estados Unidos y que hoy nos presenta a este Velázquez, afirma estar convencido de que El Coloso es de Goya y que un día va a correr con la misma suerte que el Retrato de un Hombre y volverá a ser reconocido. Esperemos que para entonces el Prado se lo haya vendido al MET. De esta forma en 1963 para un catálogo de pintura española mencionaron la obra de Velázquez como “trabajo atribuido a Velázquez pero sin conclusiones que lo demuestren”, a partir de esta duda los estudiosos del MET siguieron con la descalificación.
En 1977 entró a trabajar en el MET Keith Christiansen como Jefe de Pintura Europea, y comenzó analizar la pintura, preguntando a diferentes expertos. Hace cuatro, años Michel Gallager se integró al MET como jefe del departamento de Conservación y Restauración, entonces Christiansen le mostró el cuadro y le manifestó sus dudas. Gallager retiró suciedad y barnices descubriendo lo que hay debajo: la firma del pintor. Y ahí están los plateados y grises claros que Mayer había descrito en su artículo en 1929 cuando habló del cuadro.
Entonces se lo mostraron a Jonathan Brown, quien sintió el vértigo de descubrir una obra maestra y el pánico de pensar que podía perderse por la impaciencia de los “expertos” y el maltrato de otras restauraciones. Retrato de un Hombre tiene todas esas características de Velázquez que obsesionaron a Goya, su gris óptico de fondo, la mirada reveladora, la piel como espejo del interior, los rasgos dibujados y la pincelada, las aplicaciones con espátula que afirman que esto antes que nada es artificio, es pintura, es creación.
Hoy esa obra magnífica está con la cédula que le corresponde y rodeada de otras obras de Velázquez y de sus contemporáneos en una sala con paredes verde pálido. Podemos contemplarla, asombrarnos y conmovernos. Ha viajado de las manos de reyes, millonarios, nobles, dealers, financieros hasta parar en una bodega esperando a que este día llegara y fuera de nuevo reconocida como parte del cuerpo de una de las obras más prodigiosas del arte.
Velázquez Rediscovered
Metropolitan Museum of Art. New York
Desde noviembre 17 hasta el 7 de febrero de 2010

Detalle de La Rendición de Breda, Velázquez

Retrato de un Hombre, Velázquez
TÉKPATL, UNA RESPUESTA COLORIDA ANTE EL VACÍO DEL ESTADO
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18:55. Tin, tin. Tin, tin. Mensaje en el celular: Estoy afuera dl sangrons sentado n la jardinera. Estoy muy cerca ¿Contesto? No. Mejor aprieto el paso… 18:58. Sólo hay un hombre en la susodicha jardinera. Aunque está de espaldas se alcanza a ver ligeramente su perfil: moreno, de barba, estatura baja, trae puesta una gorra beige y una sudadera del mismo color… 18:59. Me acerco, me presiente, él voltea y yo pregunto: ¿Eres Humo?
— Clarín.
— Pensé que ibas a llegar más tarde, como me dijiste que venías retrasado.
— Pues ya ves… ¿A dónde vamos?
— Necesito un lugar sin ruido, para poder grabar.
— Tenemos un chante aquí atrás, si quieres…
— ¿Aquí atrás de la Torre Mayor?
— Sí, estamos a tres cuadras.
— Ah, pues está muy cerca. ¿Qué?, ¿nos lanzamos?
— Sí, pero no te vayas a sacar de onda
— ¿Por qué?
— Porque es un edificio tomado por la banda. Gente medio punk, medio regeteros, raperos, mucha banda conoce este lugar como el Chanti Ollin, es como la casa del movimiento.
— ¿Un movimiento cultural?
— Queremos exaltar los valores de la comunidad aunque aquí es medio difícil porque es una zona de oficinas. En realidad esto era como el basurero de la gente que tiene el varo, lo tenían abandonado, entonces la banda con su plan de acción de recicla y reutiliza, pues empezamos a levantar el lugar. Llegó banda de Europa y de otros lugares donde había viajado, y desde el principio tuvimos claro que esto no era una ocupación, sino tratamos que fuera como una fábrica de arte y servicio.
— Un movimiento cultural.
— Una casa en movimiento… Chanti Ollin es la abreviatura porque en sí el cantón se llama Chantiollinladentrodentomentalizacióndelacunadelcalloheteroutopico disicivilizatorioancinacomodesdeenantes.
— Va de nuevo.
— Chanti-ollin-la-dentro-dento-mentalización-de-la-cuna-del-callo-heteroutopico-disicivilizatorio, o sea, romper con el concepto de civilización actualmente establecido y regresar a lo anterior, a la tradición, a ser gente, a los conceptos de la abuela: saluda, ten respeto por tus mayores, ofrece de comer, aunque no tengas, quítate el taco de la boca para dárselo a alguien más. Y ancina como desde en antes es una reafirmación, es como te hablaba la abuela… Se trata de buscar el bien común de la banda y cada año se celebra el que hayamos entrado.
— ¿Qué día hacen eso?
— Nos agarra como a medio año, no tenemos una fecha exacta. Se hace una fiesta en todo el edificio, se atasca de gente, se hace tocada de reggae, de surf, hasta abajo tocada de salsa, en el primer piso está el área del hip-hop. Y luego la banda vende comida, pulque y dura toda la noche.
— Parece una excelente expresión de la pluralidad, pero ponerse de acuerdo no es fácil.
— La cabeza es la que arma toda la logística.
— ¿Su cabeza ha funcionado?
— De repente la colectividad no se puede dar cuando todo mundo tiene una opinión. El experimento ha fallado en un año y en otro. Hubo un tiempo en que teníamos una cocina comunitaria, teníamos calendario y los grupos se alternaban para cocinar, otros iban a la Central de Abastos a talonearle, a cargar bultos. Los que podíamos aportar comprábamos carne, o hacíamos ahí algunos movimientos en el centro comercial como algún cambio de etiquetas: comprábamos dos kilos de carne de pollo y le poníamos la etiqueta de medio pollo, y alguien se guardaba un queso…
Pero hay a quien no se le da la cocina. De pronto oías a una chava: no pus yo cociné pero la banda no se quiso comer lo que hice… pero pus también hay que saber cocinar. No sé, el arroz hervido, ¿qué ciencia puede tener el arroz hervido? ¡y se les quemaba o se les batía! De repente alguien fallaba, ya no cocinaba, y te das cuenta de que no hay constancia, por las actividades, o porque no les agrada tanto…
— O porque no se comprometen
— La mayor parte es eso, que no hay compromiso, de repente sí los ves emocionados pero les dura bien poco, no se someten a una rutina y te salen con un montón de excusas… Muchas cosas ocurrieron así y teníamos que elaborar otro plan, y luego otra vez.
Lo últimos años decidimos que el Chanti Ollin tenía que ser como un cañón, algo que genera un disparo hacia afuera. En ese sentido, nosotros siempre hemos trabajado, no solamente aquí a dos calles, sino que vamos a diferentes estados, delegaciones, municipios, a hacer labor: hay murales que donamos y hay instituciones que nos llaman para hacer el trabajo. Nuestro concepto como grafiteros, ahora ya maduros, se llama grafiti monumental.
— ¿Esto del grafiti monumental es nuevo? ¿les pertenece a ustedes?
— Sí, el concepto es nuestro. El grafiti monumental toma los conceptos de los grandes muralistas mexicanos y lo combina con la técnica del grafiti. Bien ortodoxo, además, porque no permitimos otra cosa más que el aerosol, no metemos esténciles, ni brochas. El can-control es la esencia del grafiti (can es el bote de aerosol, y control se refiere a controlar la presión del aerosol para hacer una línea tan delgadita, o gruesa, o rellenar, o hacerlo todo con aerosol)
— ¿Por qué monumental?
— El grafiti monumental, como los monumentos, erige personas o principios que enaltecen el ser mexicano o el ser una mejor persona, o los valores del barrio. Nosotros queremos hacer un monumento pictórico a todo eso, a la señora de los tamales que día con día se pone ahí chambeando y vendiendo los mejores tamales, al señor de la basura… Es hablar de la gente que todos los días hace que el barrio siga funcionando.
Cuando nosotros hicimos un mural para el Museo de Culturas Populares, el curador de la exposición nos dijo: quiero que dibujen a Salma Hayek, Oscar de la Olla, Maximiliano, Carlota, Benito Juárez porque su concepto de la migración y el triunfo eran personas como Salma Hayek, y yo decía ¡no!
En el 2006 crucé la frontera de manera ilegal y me aventé dos noches y un día caminando, y lo que vive la gente es bien pesado: dejas atrás a tu familia, tienes acá el nudo en la garganta; en cambio esa otra gente tenía su varo, sacó su visa, tenía su pasaporte y llegó a Estados Unidos a realizar “el sueño”. Pero la banda que hace grande a ese país ¿dónde está su monumento?... Hicimos un mural en donde está Tonatiuh, lo que es el sol, el centro del calendario solar, con un ceño medio fruncido y las rallas negras en los pómulos como la pintura de guerra.
De modo que la idea de nuestro trabajo es retratar la señora que todos los días va al mercado, que además se preocupa por lo que haces y opina; en ese sentido creo que los mejores críticos de tu trabajo son las gentes que pasan…
— ¿Qué significa eso, que no te interesa la crítica de arte?
— No, no, no.
— ¿Qué piensas de ello?
— Todo empieza desde que traigo una ideología de protesta. Yo no acepto que mi trabajo lo critique quien no es capaz de hacer lo que yo hago.
Mira, si tú tienes tu trabajo en una galería y llega una persona y le preguntas: ¿Cómo ves mi trabajo? Por supuesto que te va a decir chido, me late, o te puede aventar un choro mareador, con unos conceptos acá, bien abstractos, para decir que le gusta, cuando por dentro quizá está pesando lo contrario. Pero todos te van a adular y te van decir que está bien pro. En cambio en la calle cuando tú pintas, pasa el señor y te dice: — Pues a ver si aprenden a dibujar ¿no? — ¿Por qué? — Pues porque yo soy el que se queda viendo sus chingaderas.
— Jajaja
— A huevo… Lo más honesto está en el calle, y hay gente que no sabe de arte, que no tiene conceptos absurdos en su cabeza, que si lo ve y le gusta, le gustó, y si lo ve y no le gusta, no le gustó, aunque tú le des una explicación: no, mire, lo que yo quiero decir con estas líneas y formas y colores… a él no lo vas a convencer de nada, simplemente no le gusta y te va a mandar al carajo.
— ¿En qué momento sabes que quieres hacer grafiti?
— En el autobús, viendo cómo hacían esas rayas que son la caligrafía
— ¿Viendo a otros que pintaban?
— No, yo no veía gente, de repente te subías al camión y ya había una placa ahí, y te quedabas ahí descifrando lo que decía.
— ¿Qué es lo que detona tu conciencia social?
— La injusticia… En la secundaria tuve maestros bohemios; el de Matemáticas, el de Artísticas, y de Ciencias Naturales se ponían a tocar una rola, se aventaban algo de trova, y uno decía ah chingá, y de repente el de Matemáticas nos decía vayan al cine a ver Rojo Amanecer. Y salías bien indignado, bien aguitado.
— ¿Consideras que el grafiti ha sido estigmatizado?
— Ahorita la gente lo ve así, pero antes nadie se daba cuenta, o sea, en el barrio había mucho grafiti pero era más grafiti territorial.
— ¿Grafiti territorial?
— Por decir, había pandillas que ponían Los ramones 2-28, o el grafiti de ocasión, que es el que encuentras en los baños.
— ¿Cómo?
— Como caga feliz / caga contento / pero cabrón / cágate adentro… O Es una piruja la del puesto 305 atte la del 402, o Chinguen a su madre los de 3º C, pero ése es grafiti de ocasión, el grafiti de las manifestaciones, como el SME con No a la privatización, no quiere decir que seas grafitero.
El grafiti es algo bien complejo porque tiene esas dos vertientes: lo legal y lo ilegal, esto que nosotros hacemos lleva implícita la vida, no te das cuenta de que estás arriesgando, además de tu libertad, tu vida: estás en las vías del tren y de repente, si das un mal paso, agarras la línea de corriente y haces tierra, ahí te quedas, es alta tensión. Cuando nos correteaban y traíamos los testículos de corbata por el miedo, pero no dejabas de correr, ibas de línea en línea y salías por otro anden de otra línea que no sabías ni qué show.
— Me quedo pensando en el que pinta y que desborda toda su pasión en un lienzo y que acá la adrenalina se descarga de manera diferente…
— Conozco mucha banda, y parte de mi banda, le ha dado su vida al grafiti: atropellados, guameados, electrocutados.
— ¿Cuál es la pena por pintar propiedad privada?
— 150 mil pesos… Ta´ bien cabrón porque es banda que solamente quiere pintar y la neta convivir en la cárcel con personas que no van por lo mismo que tú, que sí van porque se dedican a hacer la maldad, pues te malean adentro.
— Ya hay espacios destinados para el grafiti ¿no?
— Ésa es la evolución del grafo, lo que haces en dos segundos puedes hacerlo más elaborado. Ahora ya vas y pides una barda y hay gente que te da permiso, o ya nada más por el nombre te respetan, ya hay hasta leyendas dentro del grafiti.
— ¿Cómo cuáles?
— En Tijuana El sueño es un icono del grafiti mexicano, un cuate que dijo ya pinté lo que tenía que pintar y se dejó tragar por el mar. En Guadalajara está un bato, ya no pinta tanto, que le dicen El oran, y ese guey pintaba las catedrales, pintaba las iglesias y firmaba siempre igual: mientras ustedes oran, yo pinto.
Conocí a Chaz Bojorquez, un señor que lleva más de 40 años haciendo grafiti, y que es el padrino del grafiti en Los Ángeles, él decía: un grafitero se considera grafitero después de 10 años de seguir haciendo lo mismo, porque en 10 años cambia tu percepción de la vida, pasas por muchas facetas y si sigues haciendo lo mismo entonces puedes llamarte grafitero. Ya sabes que no es una calentura que te dura dos años, o seis meses, o una semana, como unos chavitos que llegan y pintan y después se vuelven emos, o les late la pacheca y se vuelven como flores o hippies.
— ¿Cuánto llevas grafiteando?
— Como el quince.
— ¿Eres consciente de que eres una persona reconocida en tu medio?
— A veces, luego se me olvida.
— ¿Qué piensas de la fama?
— No sé, es raro, yo nunca pedí ser famoso, yo comencé con el grafiti porque lo veía como un movimiento de lucha, pero en el 97 los chavitos me empezaban a pintar y mucha banda que me conocía y que me hablaba por mi nombre, de repente me decían ¿qué onda Humo?, y para mí era bien raro que me dijeran Humo, o que me pidieran que les firmara la playera. Y de pronto les decía ¿Qué pedo? No hagan eso, porque sentía que eso no era el grafiti, pero después se iba dando más, y luego te das cuenta de que eres mamón si lo haces, y eres mamón si no lo haces.
Hay banda que me pregunta — ¿A poco tú eres el humo? — A veces, carnal. — No, no creo, el Humo ha de ser alto y güero… Antes sí me molestaba, ahora me da risa. Y puras de telenovela: me inventaron tres hijos, como tres matrimonios, chale, no sé cómo se atreven a hacer eso los morros.
— Son 15 años en los que la gente te busca, te reconoce ¿cómo le haces para no perder piso?
— No dejando el barrio. Yo creo que nunca debes sacar la pata que tienes ahí.
— ¿Por qué Humo?
— No sé si yo me empecé a hacer como el humo o el humo era como yo: muy disperso, bien inestable, nada tangible. De repente, en mi concepto pachequil, decía: el grafiti es como el humo: si alguien fuma y tú no fumas de repente el humo te chinga y aunque lo quieras correr está ahí, y así existe el grafiti en la ciudad: no te gusta pero ahí está… y te lo tienes que fumar.
— ¿En qué momento el vandalismo se convirtió en arte?
— Yo lo veo así: el grafiti es la puta de la sociedad. Por un lado hay políticos que te dicen que van a erradicarlo – ahí tienes a Julliani con su Tolerancia Cero, aunque en Nueva York nunca dejó de producirse grafiti –, pero por otro lado, hay políticos ven el poder de convocatoria que tiene el grafiti, y empiezan a organizar eventos en donde a los chavos les regalan aerosoles, playeras y les avientan el choro.
— Políticos que por un lado lo satanizan y por otro lado se cuelgan del movimiento.
— Ajá… Pero el grafitero pinta porque lo siente, es más algo personal y más puro, que no tuvieron que ir a la escuela para aprender a hacer grafiti, o aprender conceptos de arte: mi comadre es ama de casa y hace grafiti, mi compadre igual, tengo un amigo doctor que hace grafiti, tengo un amigo arquitecto que hace grafiti, tengo un amigo policía motorizado que hace grafiti, y cuando está en su día de descanso él organiza a su banda y se pone a pintar, y no tiene ningún pedo.
La gente común y corriente hace grafiti, y lo hace de corazón porque lo siente, porque tiene necesidad de expresar, de una manera no tradicional, algo, lo que sea, desde poner su nombre, un dibujo, una caricatura, o hasta un mural ya con un concepto de diseño, pero cuando aparecen los promotores de cultura esto les parece un fenómeno, empiezan a estudiarlo, y son ellos los que empiezan a decir que el grafiti es arte, y hay grafiteros que sí tienen el afán de llegar a las galerías… Yo, por mi parte, no me veo como el artista en pos del reconocimiento de los eruditos del arte.
— ¿Cómo te ves?
— Yo me veo produciendo murales para la gente. Somos tres: Peque, de Guadalajara, el Mibe y yo quienes nos dedicamos a esto, nuestro grupo se llama Tékpatl, pedernal en náhuatl, y somos nosotros los que promovemos el grafiti monumental.
— ¿De quién fue la idea?
— Pues fue raro porque empezamos con ese afán de hacer murales para la gente y fuimos leyendo y aprendiendo cosas, algo muy autodidacta. Yo no fui a la escuela de arte, ni a aprender artes plásticas, mis maestros fueron los comics, los dibujos animados. Yo tenía un vicio porque como aprendí a dibujar personajes de superhéroes, mis personajes siempre salen bien marcados de los músculos, y tuve que dibujar y dibujar y dibujar…
— Pero cuando hablas de mural ¿no será que estaban pensando en Rivera o Siqueiros?
— Sí, son nuestra máxima influencia. Rivera, Siqueiros, Orozco, el Dr. Atl, González Camarena, González Camarena yo creo que es el que tiene más influencia sobre nosotros, hay otro que nos interesa: Jesús Helguera… Cuando retomamos a todos ellos estamos pensando en retomar al pueblo y en dejar algo para el pueblo. El trabajo que se tiene que hacer es la concientización de la gente.
— Conciencia social.
— La reeducación del barrio. Es mostrar cómo la tradición oral, la tradición familiar ha hecho que nosotros podamos crecer con ciertos valores. El gobierno está tan ciego que ni siquiera puede ver que los jóvenes pueden desarrollarse culturalmente no sólo tocando la guitarra, o el acordeón, o pintando en caballete. El grafiti monumental no solamente es ser aceptados por una sociedad sino muchas cosas más.
— ¿Te parece que a los jóvenes de este país les hacen falta oportunidades?
— No, les hace falta conciencia… Ser joven es estar en búsqueda de identidad, es buscar tu espacio en el universo, todo mundo lo hace y mucha gente se tarda años, décadas, en saber quién es en realidad. A partir de esas cosas que uno no sabe, que no se halla en ningún lugar, ni en el padrón electoral, y además con medios de comunicación bombardeando estupideces: cuál es el celular más actual, que si tiene música, que si tiene bluetooth, o una bolsa para cargar canicas, desvían la mente de los chavos, no ven lo esencial: una sociedad sin empleo y sin posibilidades de desarrollarte como ser humano, ese vacío en que deja el Estado a la gente, muriéndose en la nada, siendo solamente personas autómatas.
Hay una rola de Rockdrigo González que dice: No tengo tiempo de cambiar mi vida, la máquina me ha vuelto una sombra borrosa. Rockdrigo González es el guía espiritual de nuestro agrupamiento, él en sus canciones, en su palabra, nos ha mostrado desde la cábula del barrio, hasta los problemas de todo el mundo, sus canciones son atemporales — lástima que falleció en el 85: él murió de una sobredosis de cemento…
— Jajaja
— Todo lo que él dice habla de los problemas que tenemos desde la Revolución Industrial: cómo hemos ido dejando de ser gente por enrolarnos en toda esta máquina que se llama sociedad. Entonces, hay un vacío, hay un no entender de los chavos.
— Te preocupa ese panorama.
— Claro… Mibe y yo fuimos criados por una mujer con mucho amor, con mucho corazón, a pesar de que crecimos en la calle, de ir a dar a un hospital, de caer maltrechos, inconscientes, de los tiros que nos aventábamos en la calle, pero ningún golpe me dolió tanto como el regaño de mi jefa. Cuando pintaba ilegal, yo llegaba muy contento y le contaba a mi jefa: Mira, jefa, me metí aquí y me metí allá.
Mi jefa no acabó la primaria, bueno sí, aquí en la nocturna, y con sus palabras así bien sencillitas: Está bien, hijo, pero si te agarran ¿yo que voy a hacer?... Huevos… Y dejé de pintar ilegal, o dejé de pintar ilegal donde sabía que había un riesgo muy grande. Cuando hay chance me aviento unas placas o una bomba, pero ya no es arriesgando totalmente mi libertad, y ahora es más cabrón porque tengo a mi hija.
Mucha banda me dice — No pus es que tú ya no pintas ilegal. — Pus sí. — Te tiemblan las chichis. — Pus sí… Pero solo yo sé que dejé de hacer algunas cosas para ser mejor en otras. Porque yo ya me metí a los lugares más locos, pero ahora me quiero meter más allá, no solamente pintar por pintar, ya no es pintar por un nombre, por fama, o por cualquiera de esas pendejadas.
— ¿Ganas bien en tu trabajo?
— Cuando hay chance de clavarle el colmillo a alguien, pues sí. Nosotros fuimos los que creamos este trabajo en México, no había nadie, no había nada, fuimos los primeros, y estamos abriendo el mercado para la gente que hace grafiti.
— ¿Iban y ofrecían su trabajo o a qué te refieres?
— No, era pintar por gusto y de repente no faltó el que Píntame unas letras en mi local, y ya que estábamos haciendo las letras, otro camarada Píntame mi bar, y no teníamos un parámetro de cuánto cobrar. Luego te das cuenta de que se reconoce tu trabajo, no sólo los grafiteros sino la gente…
— Y te cotizas.
— Pues empiezas a tener una mejor visión de tu potencial porque hay gente que lo malbarata, y eso ha hecho que sea difícil mantenernos porque te salen con que Un cuate me lo hace más barato, pues que te lo haga, pero al rato vas a venir a que yo te lo arregle. O sea, habrá gente que te pinte bien chido pero nadie te va a hacer lo que yo, y no es alardear.
— Si yo viniera a solicitar tus servicios por recomendación, ¿por qué habría de creer que eres el mejor?
— Porque te vas a enamorar de lo que hago.
— ¿Por qué estás tan seguro?
— Porque gente que viene de otros lados, gente como Chaz Bojorquez, que tienen 40 años grafiteando y que ha viajado a Japón, a la India, por todos lados, viene y nos dice: Lo que ustedes hacen no se hace en ninguna parte del mundo… El Pedro Ramírez Vázquez, el arquitecto que hizo la Basílica de Guadalupe y el Museo Nacional de Antropología, él trabajó con los tres grandes muralistas de México, y que esa persona llegue y nos diga: Si yo los hubiera conocido antes, cuando hice la remodelación del museo de antropología, ustedes hubieran trabajado conmigo creo que es algo, ¿no?
Entonces, me-va-le-ma-dre todo lo que las demás personas puedan decir porque esas dos personas, con esa trayectoria, que han conocido a tanta gente, que lleguen y que nos digan Lo que ustedes hacen, no lo hacen en ningún lugar del mundo, me hace sentirme seguro de que lo que hago no te lo va a hacer nadie.
— ¿Hacia dónde vas, Humo, hasta donde quieres llegar?
— Cuando me fui a EU terminé pensando que yo no tengo que ir a ningún país a mostrar quién soy. Pensé: Voy a comerme a México desde adentro. Y no es por mí, es por mi trabajo, porque mi trabajo es hablar de mi gente y de mi tierra, es gritarlo en un mural. Es que los mexicanos que lleguen a ver un mural mío se sientan orgullosos de ser mexicanos, no de que yo sea mexicano, y que si lo ven extranjeros se asombren de nuestra identidad.
Generar un sentimiento, creo que eso es lo esencial, y con ello generar una idea en la cabeza de cualquier persona, que sean dos, una persona, no importa… A mí me interesan un buen los chavitos y he dado talleres de grafiti para niños de secundaria. Yo dije: A ver, ¿en dónde empieza el pedo?, ¿en dónde está toda la bronca?, ¿en dónde no sabes ni qué pedo con tu vida? En la secundaria.
En la primaria eres un morro, pero en la secundaria estás queriendo crecer y no dejar de ser y estás ahí como a la mitad. A mí me dio un madrazo ver esa película, y dije a huevo tengo que hacer algo. A mí no me importa platicar con la gente de mi generación, a mí me importan los morros, que no piensen pendejadas, que no piensen que ser ególatra es lo chido, que llegar a un museo es lo más cabrón, que hay más que eso, hay más implícito en pintar, en generar algo, en pensar algo, en saber de dónde vienes, quién es tu papá, quiénes son tus abuelos, de qué te sientes orgulloso, ¿de tus tenis?, ¿de tu ropa?, ¿de tu familia?, ¿de tu pueblo?... ¿con qué te sientes bien?
— Tú ¿con qué te sientes bien?, ¿qué deseas?
— No sé… Mmm… Yo creo que la estabilidad, más que para mí, para mi familia.
— ¿Qué te pone triste?
— No alcanzar esa estabilidad y saber que el tiempo se me acaba.
— Pues no te lo quito más. Señor, ha sido un placer.
— Señora, cuando quieras.

delegaciones y municipios han encontrado
en la práctica el modo de sacar tajada a
través de la mordida
¿Cuántas veces no ha escuchado usted decir La comida siempre deja? Seguramente no han sido pocas. La afirmación se refiere concretamente al hecho de que vender comida, en cualquier modalidad y de cualquier cocina, es un negocio redondo. La pregunta es ¿para quiénes es realmente negocio redondo?
Un recorrido rápido por la ciudad de México permite observar que la vía pública se ha convertido, desde hace varios años, en uno de los lugares predilectos para vender alimentos preparados. Cada vez son más los puestos fijos o semifijos que abarrotan las calles con su oferta de tacos, tortas, quesadillas, jugos, cocteles de fruta, sólo por mencionar los “platillos” de mayor demanda.
Esa economía informal, tan satanizada por algunos y a la que se le achaca comúnmente la evasión de impuestos, es uno de los sectores más redituables de México, un país que, como todos sabemos, presenta una tasa alta de desempleo y obliga a sus habitantes a la búsqueda de sustento creando sus propias alternativas de ingresos.
Una de esas alternativas está en el comercio ambulante. Mejor si es de comida. El segundo orden de gobierno -delegaciones y municipios- ha encontrado en la práctica el modo de sacar tajada, a través de la mordida, de esa economía informal… una tajada que bien podría servir para ampliar la base tributaria.
SIN PERMISO… Y SIN TRABAJO
La forma en que se ordeña a todos quienes conforman esa economía informal, y las amenazas a las que son sometidos, complica que se pueda hablar abiertamente del asunto, sin embargo, he aquí algunos testimonios que conservan el anonimato bajo la figura de un seudónimo.
Clara tiene 33 años y ayuda a su madre en la cafetería de la familia, un negocio que montaron siete años. La cafetería está en un local, pero cuando han tratado de sacar mesas a la banqueta han comenzado los problemas.
Ubicada en una de las avenidas principales de la delegación Venustiano Carranza, Clara cuenta que durante esos siete años han buscado el permiso para colocar mesas y sillas en la banqueta pero la delegación sólo sabe decir “No hay… Es de lo más raro porque te das cuenta de que del Circuito (Bicentenario) para acá no se dan permisos, pero del Circuito para allá sí”.
Nos han pedido, cuenta Clara, 10 mil pesos por hacernos el trámite. Antes pasaba gente de la delegación cada ocho días y nos pedían para “el refresco” 50 pesos, para que nos subieran nuestro mobiliario a la camioneta, pero recientemente cambiaron de administración y además de que ahora nos mandan a unos prepotentes, “el refresco” ya no es de 50 pesos, es de 500 para arriba.
Ante lo que pudiera parecer un propósito no otorgar permisos, a sabiendas de lo que se saca a través de la mordida, Clara explica que “la situación es terrible porque pagamos 15 mil pesos de renta, 12 mil de nómina, casi dos mil de luz, y nuestras ganancias han mermado: hace cuatro años, en viernes, llegábamos a vender hasta siete mil pesos, en la actualidad si le pego a los tres mil, me fue excelente… No hemos vendido cuatro mil pesos desde hace dos años y medio”.
Por si fuera poco, Clara enfatiza que la colonia es insegura, que las han asaltado dos veces, y que ahora le pagan a un comandante –ella y algunos locatarios más 50 pesos cada uno– para que “se pare 15 o 20 minutos por la noche, para que nos venga a cuidar”.
A una cuadra de la Avenida Chapultepec, en la delegación Cuauhtémoc, trabaja la señora Sandra. Ella vende quesadillas por la mañana en un puesto que sólo consta de una mesa, dos bancos y un comal. No tiene permiso para trabajar en la vía pública, pero un inspector de la delegación “no la molesta” si le da 80 pesos a la semana.
En un punto de la avenida México-Tacuba, en la delegación Miguel Hidalgo, Javier vende tacos y tostadas. Su ex esposa cuenta que hay líderes desde San Cosme hasta Tacuba que cada semana les piden una cuota de 30 pesos para poder poner su puesto. Casi tres kilómetros de puestos (con excepción de algunas cuadras) donde el comercio ambulante se da a lo largo y ancho de la calle.
“Te obligan a estar bien con el líder, y a que si tienen sus mítines, debes ir. Si uno quiere hacer las cosas por la derecha o la ventanilla está cerrada, o no te dan información, o no hay permisos. Te obligan a entrar al círculo de la corrupción, a darles 200 pesos, y a reportarte con esa cantidad cada semana para que te dejen trabajar, porque de otra manera ¿cómo sobrevives tú si es tu único medio?”
La ex esposa de Javier cuenta que después de lo ocurrido con el caso Cabañas (el futbolista que recibió un impacto de bala en la cabeza, hace unos días en un bar de la Ciudad de México) “se viene una revisión. Nos han dicho que como en 15 días comienza, pero no es sólo para los antros, es para comercios, para todo. Yo lo que veo es que les llegó el pretexto perfecto para seguir robando, a todos aquellos a los que no quieren regularizar, y por otro lado es un modo de decirle a la gente Miren, sí estamos trabajando”.
Las sumas que recaudan líderes de ambulantes e inspectores de la vía pública no son risibles, menos cuando las calles representan una oportunidad ante la falta de empleo que prevalece en el país. Es de destacarse también el anonimato que prefieren guardar las víctimas de tales extorsiones, pero quizá Clara tenga razón: “es preferible entrar al juego a perder días de trabajo, a que te clausuren, imagínate, después de todo lo que te exprimen, encima tener que pagar una multa… Nosotros tenemos que sacar para vivir”.
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De una taza de peltre azul emana el vapor de un Nescafé bien negro. Tres bolillos y una concha se guarecen de las hormigas en una bolsa transparente. La mesa está cubierta por un mantel de plástico en flores rojas y amarillas, y aunque el sol no sale todavía, Don Julio se dispone a desayunar.
Hércules –quien ha venido siguiendo cada uno de los pasos de Don Julio– es llamado a comer. Con la agilidad que caracteriza a los gatos, el animal llega de un brinco hasta la mesa. El hombre vierte leche en una tapadera que ahora sirve de plato, mientras deposita cariñosamente la mano que le queda libre en el lomo del felino.
Don Julio se enrolla una bufanda sobre los hombros, le dice a Hércules “aquí me esperas, eh”, y coge un manojo de llaves. Camina por las calles de la colonia Totolco, en Chimalhuacán. Llega a la esquina donde pasa el camión que va al Metro La Paz y se mete las manos en las bolsas del pantalón.
Esta vez el autobús viene lleno y no hay lugar para sentarse. Sin poder tomar la siesta que completa su sueño nocturno, Don Julio pasará de pie los cuarenta y cinco minutos que el tráfico demanda a esas horas de la mañana.
Uno, dos, vagones se le van a Don Julio por la saturación de pasajeros. De La Paz a Pantitlán y de Pantitlán a Cuauhtémoc: otros cuarenta y cinco minutos. La conoce de memoria pero siempre mira la tira de estaciones que debe recorrer: Pantitlán, Zaragoza, Gómez Farías, Puerto Aéreo, Balbuena, Moctezuma, San Lázaro, Candelaria, Merced, Pino Suárez, Isabel la Católica, Salto del Agua, Balderas y, por fin, Cuauhtémoc.
Son las siete de la mañana cuando aparece en Chapultepec. A unos metros dobla a la izquierda y camina sobre Guaymas, sigue por el callejón de Durango y sale a Morelia. El señor Ricardo está abriendo la farmacia, doña Josefina barre la calle antes de levantar la cortina de la tienda.
Don Julio tiene las llaves de la papelería de Carlos. Abre la puerta y se queda dentro unos minutos. Cuando sale ya trae puesto el overol gris de trabajo, sus cubetas y la franela. Coloca los botes sobre la calle y empieza la faena:
De un Chevy azul metálico desciende un joven. — ¿Le lavamos el auto, caballero? — No, mi estimado, no me tardo—. Don Julio corre en dirección de una Lincoln aperlada y vidrios polarizados. Se le para enfrente, sacudiendo la franela le indica a la conductora donde puede estacionarse. La mujer cierra la puerta de su camioneta: — Buenos días, ahí le encargo, por favor—. Camina hacia un edificio de oficinas mientras el franelero le revisa las caderas con la mirada.
No tiene mucho tiempo para detenerse en el contoneo de la abogada, cuando un claxon demanda su atención. Don Julio se apura a quitar una de las cubetas y, en señal de “viene, viene” le señala a al señor Martínez el lugar que puede ocupar. “Nada más el parabrisas. Ayer mismo lo lavé pero mire usted, las palomas de casa de mi hermano dejaron ahí sus gracias”, a lo que el franelero responde “No se preocupe señor Martínez cuando salga a comer su vidrio ya está limpio”.
Don Julio lleva treinta y tres años arreando coches en esta calle. Conoce las historias de quienes habitan la colonia. De estatura media y cabellera abundante, Don Julio ha visto morir gente así como la llegada de nuevos seres. Le hacen falta los dientes de enfrente, pero tiene manos fuertes. Sus pómulos están quemados por el sol y sus ojos siempre miran hacia el suelo, como si se tratara de la mirada de la sumisión.
Él no quiere participar de esta crónica. Dice que a los franeleros se les tiene mala fe gracias a la televisión. “Yo entiendo que hay algunos compañeros que se han pasado de la raya, pero, como siempre, pagan justos por pecadores”.
— No es por echarles, Don Julio, pero hace algún tiempo a mi primo le quitaron el estéreo.
— Uy, eso no es nada, si yo le contara. Pero habemos gente honrada… ahorita le platico, déjeme abrirle cancha a ese que va llegando.
Antes Don Julio llegaba a las siete de la mañana y se iba hasta las 10, 11 de la noche, incluso paseaba la calle por las noches en compañía de algún amigo y una botella. Es un hombre solitario, sin familia que la cuadra conozca, o de la que le haya oído hablar. Ahora que rebasa los cincuenta años de edad, ha reducido las horas de trabajo: a las tres se retira a casa.
“Uy, lo que yo no he visto en esta calle: he conocido mujeres de la vida galante, jóvenes afeminados que se meten en cada lío, hombres a los que les gusta “la uña”; sé quién es amante de quién, por allá hay una casa donde la mujer salió corriendo a la delegación con tremenda golpiza que le ha puesto el marido… pero uno debe ser discreto. Me ha tocado ver choques, asaltos, drogados… La calle es la escuela más exigente, se lo aseguro”.
A veces come en el puesto de doña Eva, la de las quesadillas, a veces la señora Hilda le comparte de lo que guisa para su familia; en otras ocasiones se permite el lujo de agasajarse en la cocina económica de Vicente y Matilde.
En otra época, Don Julio fue empleado del Instituto Mexicano del Seguro Social. Trabajó en el área de intendencia y su tirada “siempre fue la de tener una pensión. Pero yo era joven y soporté la corrupción, no podía ver que jugaran con la salud de los enfermos y me fui. Luego un compadre me dijo que podía venir a esta calle a lavar carros; a finales de los ochentas, ante el cobro de los estacionamientos y sus altas tarifas, se empezó a poner de moda el oficio de franelero. Y aquí me quedé”.
Don Julio acomoda alrededor de 50-60 autos al día. En sus mejores tiempos llegó a rebasar la cifra de los 100. A pesar de la mala fama, no se queja, agradece que la “franeleada” le haya dejado “unas piernas que ya quisiera Cuauhtémoc Blanco”. A las seis está de vuelta en casa. Entonces, prende la televisión, hasta que se hace noche y Hércules lo acompaña a la cama.
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MI DESENCUENTRO CON LOS DRAY
(SEGUNDA PARTE)
El señor y la señora Dray, fundadores de la Asociación Mexicana de Transcomunicación Instrumental Karine-Amti me habían anunciado que saldrían de viaje pero que, sin embargo, no deseaban irse sin antes responder a mi más reciente carta. Su respuesta fue tajante: no estaban dispuestos al debate, y daban como conclusión a su favor la existencia de múltiples libros, reportes y conferencias acerca del tema de la vida después de la vida. San, se acabó.
¿Así, nada más? –pensé- ¿Tan fácil como escapar? ¡No! Va de mi parte otra carta. Necesito provocarles una úlcera, por lo menos.
Señores:
Agradezco la fineza de su atención y les deseo un buen viaje. Supongo que estas líneas las leerán a su regreso, aunque por el tono de su respuesta no espero ya una segunda contestación. ¡Lástima! Porque aún no encuentro al creyente que se atreva a responderme y defender su fe o su "descubrimiento". Por un extraño sentido del respeto a la opinión ajena, cancelan ustedes cualquier posibilidad de debate. Entiendo: ante la seca realidad, más vale esconderse y salir de viaje. ¿Han leído ustedes el cuento La muñeca reina, de Carlos Fuentes? Se los recomiendo: la negación de la realidad tiene, en la psicopatología, varios nombres. Pueden no responderme, pueden ignorar mis palabras, pueden salir de viaje... ¡Nada de ello devolverá la vida a Karine! La única manera de que Karine resucite es que ustedes acepten su muerte y la liberen de la cárcel de sus fantasías.
Con respeto,
Agustín Aguilar Tagle
El enojo de los Dray
Estimado señor, a través de su primer mensaje usted escondió su verdadero proposito, la polémica. En efecto, no tenemos en nuestros objetivos como asociación civil debidamente constituida hacerle el honor de abrir un debate por correspondencia, como lo dijimos en nuestro primer mensaje. Por última vez contestamos, y (lo hacemos), aunque usted no lo crea, desde París, en donde (sic) acabamos de llegar. Le explicamos que este tema es mucho más profundo que sus débiles comentarios, y el debate se ha tenido y se tendrá en conferencias y congresos a nivel internacional y en forma pública como lo hemos hecho y con miles de personas. No estamos a su disposición para seguir este intercambio inútil. No queremos convencer a ninguna persona y menos a los de mente cerrada. Le informamos que cualquier otra ofensa de su parte será transmitida por parte de nuestra asociación a las autoridades competentes. Usted se permite en su último correo de cambiar de tono y de vocabulario en forma injustificada. Atentamente. Maryvonne e Yvon Dray.
De Agustín a los Dray III
Respetables Maryvonne e Yvon Dray:
Nunca escondí mi propósito, ni en el primer mensaje ni en el segundo. La polémica es ejercicio de la inteligencia y se acaba cuando la descalificación se hace presente. La polémica es uno de los caminos para encontrar puntos de acuerdos, ideas convergentes.
Entiendo que no sea su objetivo la polémica. Pero no es a mí a quien le harían el honor atreviéndose con argumentos, razones y demostraciones a confrontar con otros las ideas que su asociación difunde. No es a mí, estimados amigos, a quien harían el honor, sino a su hija, cuya muerte no merece la mentira de sus padres.
Entiendo su enojo, y ofrezco mis disculpas. Como bien dicen, no están ustedes a mi disposición, acaso porque no represento para ustedes ninguna ganancia (sólo así entiendo su desprecio a mi súplica de razones). Sin embargo, pregunto: ¿Para ustedes, representa algo el amor a la verdad? ¿Por qué consideran mis palabras como ofensa? El cambio de tono y de vocabulario de mi parte se debe al descubrimiento de la falsedad, de la mentira, del engaño. Ustedes pueden transmitir mis "ofensas" a las autoridades competentes, pues estoy acostumbrado a tratar con todo tipo de autoridades (vivas y muertas). Por mi parte, he iniciado ya una investigación para demandar algún tipo de castigo sobre quienes gustan de manipular el dolor de la gente inventando voces del más allá.*
Atentamente,
Agustín Aguilar Tagle
A Dray in a Life
Como le hemos informado en nuestro ultimo correo, KARINE AMTI, A.C., asociación humanitaria de ayuda a personas en duelo y sin fin de lucro, no podrá aceptar mas amenazas e injurias injustificadas de parte suya o de cualquier otra persona. Al leer su tercera carta, la Mesa Directiva de nuestra asociación esta considerando que usted nos esta ofendiendo así como a los socios de dicha asociación. Por lo tanto, decidimos presentar formalmente una denuncia en contra suya, adjuntando la firma de centenas de socios y cartas que recibimos a diario, que atestiguan el alivio que han recibido de nuestra asociación. Le suplicamos, para ahorrar tiempo, identificarse completamente, o sea, indicarnos su dirección. Aceptamos el reto de su investigación sobre nuestra supuesta manipulación hacia la gente.
De Agustín a los Dray IV
Perdón, señores, pero no sé cuáles fueron mis amenazas y mis injurias. ¿Buscar la verdad es para ustedes un ejercicio que los amenaza y que los injuria? ¿No es eso, más bien, fundamentalismo e intolerancia? ¿No es eso, más bien, un miedo profundo a descubrir que Karine está muerta? Vuelvo a preguntar, ¿por qué consideran ustedes que mis palabras los ofenden? Han decidido presentar formalmente una denuncia en mi contra. Tengo mucha curiosidad por conocer los términos y las razones de su denuncia. La publicación de su dirección electrónica en una revista de importante circulación, los hizo, con su voluntad o sin ella, objeto de observación pública. ¿O suponen ustedes que todos los lectores de Milenio somos personas sin capacidad de crítica y sin ideas propias? Se equivocaron. Presumen ustedes de centenas de socios que pueden atestiguar el alivio recibido de su asociación. ¡No lo dudo! De eso mismo pueden presumir las redes del narcotráfico, las redes de la prostitución, la iglesia católica, Televisa y muchas empresas y asociaciones que creen, equivocadamente, que todos los seres humanos son idiotas y que aceptan cualquier mentira como verdad. Me suplican ustedes que, para ahorrar tiempo, me identifique completamente, es decir, que indique mi dirección. Mi dirección, mi teléfono y todos mis datos los pueden ustedes obtener con mayor prontitud si se los preguntan a Karine. Ella, desde el más allá, seguramente puede transmitirles dicha información. ¿O es que quienes se encuentran en el cuarto nivel del más allá están tan distantes que no manejan información tan detallada de este mundo? ¿Entonces, cómo es que su hija logró ponerse en frecuencia con ustedes? Señores, lleguemos a un acuerdo. Ahora que están de moda los debates, propongamos que el nuestro se publique en las páginas de Milenio.
Atentamente,
Agustín Aguilar Tagle
P.D. Anoche recibí en sueños la visita de mi amada madre, Diosa y Señora del Universo, el Existente y el Inexistente. Entiendo, señores, su deseo de conservar viva a Karine. Yo también he ido formando, con desmedido amor, la mitología de mi madre.
*A la mera hora, me dio flojera y no realicé investigación alguna sobre la manipulación del duelo.
El sabor del exilio
EL REGRESO SINIESTRO
Les juro que no lo podía creer. Digo, sabía que pasaría, era evidente en términos lógicos. Pero la esperanza es algo cruel que persiste, y siempre abracé secretamente la fantasía de que la pinche derecha chilena perdería las elecciones.
Ya hasta había pensado en el título de mi editorial: “El fracaso permanente de la derecha”. Ya había contabilizado a toda la gente de la que me iba a mofar, todos los chistes que haría. En particular – ahhhhh, traidora realidad – había soñado con jugar algún papel como narrador del colapso final del pinochetismo y sus aliados. Pero su fracaso permanente pasó a ser el mío.
Es curioso como funciona la cabeza: lo sabes desde meses atrás, lo tienes clarísimo, y sin embargo no lo quieres creer. Es como la esposa engañada que construye elaboradas teorías de por qué no está pasando lo que sabe que está pasando. Maldita sea.
La elección ha tenido, además, un efecto inmediato en mi entorno: siendo mayoritariamente extranjeros –vulgares burócratas internacionales – ya todos se quieren ir de Chile. La lógica es tan impecable como imperfecta: si me va a gobernar un tarado, al menos que sea MI tarado en MI país. Y más si se trata de un facho disfrazado de centrista como Sebastián Piñera. Carajo.
A las seis de la tarde, sin embargo, la vana ilusión se desmoronó. Los primeros resultados eran clarísimos. Para las siete, ya era un hecho: Piñera presidente electo. De inmediato, los sonidos de la victoria se dejaron venir. Las clases altas, enfundadas en sus camisetas Polo y con mocasines de marca, subieron a sus BMW, a sus Mercedes, a sus Audis y salieron a tocar el claxon por todo el barrio alto, y llegaron – quizá por primera vez en sus vidas – a la Plaza Italia, que es como el Ángel de la Independencia.
Entre los que celebraban estaban también los pinochetistas. “¡Ge-ne-ral, Pi-no-chet, este triunfo es para usted!” cantaban. Se veían fotos del finado dictador, bustos y algarabía.
Me negué a seguir viendo las noticias a eso de las ocho, agobiado con los discursos triunfalistas de la derecha. Admitamos que fueron relativamente humildes en la victoria pero me parece bastante más admirable la gallardía con la que la Concertación tomó su derrota. Está clarísimo que es más fácil ganar con gracia que perder con estilo.
Y perdieron con estilo –muy institucionales y democráticos–, pero por idiotas. Idiotas porque no entendieron que ésta era una batalla cuya consigna era “renovarse o morir”. Idiotas porque se volvieron conservadores en el poder, porque siempre le tuvieron pánico a la derecha, porque para cuando se dieron cuenta de lo que tenían que hacer faltaban dos semanas para las elecciones.
Ser extranjero pero sentir la derrota electoral como propia es un sentimiento extraño. Siempre he sido un ente político – o, al menos, interesado en política – y es natural que esté pendiente del proceso. Pero esto fue más que eso: lo sentí como la derrota de una idea, de una “verdad histórica”, que es que la derecha chilena, al aliarse con el dictador, perdió el derecho a ejercer el poder.
Algo naïve, quizá. Sobre todo considerando que la derecha sí ha ejercido el poder durante estos años, así sea a través de los poderes fácticos, de los medios que controla – es decir, casi todos – y de su capacidad de intimidar a la Concertación.
Pero con todo, la Concerta, en particular en este último periodo, el de Michelle Bachelet, sí se había ganado mi corazón. El sello social, la cobertura de salud, las pensiones para las amas de casa, la píldora del día después. Para Chile, estas cosas son mucho decir. Quizá para cualquier país de Latinoamérica. Sin embargo, a pesar de su popularidad y reconocimiento, su candidato fue derrotado y con eso concluye una era.
Es así como uno se involucra con otras patrias, conforme va encontrando aquellos rincones que le hablan a uno. La política social bacheletista y mi repudio profundo a una derecha golpista, que justifica todas las atrocidades de la dictadura, que busca construir argumentos para “explicar” la opresión y que es, además, profundamente clasista, racista y puritana, son los espacios de identificación que me hicieron comprometerme.
Cuando vi que la derrota, ésa que ya me esperaba, era inminente, me hundí en la depre. El día siguiente de la elección, con los diarios de derecha celebrando descaradamente, fue gris. Algo muy inusual en el verano chileno, pero así fue: gris, deprimente y triste. Y pensé “así recibe el país el regreso de los fachos”.
Ni pex: a partir del 11 de marzo, somos (ooootra vez) oposición. Seremos gaseados, seremos golpeados, pero jamás perderemos la esperanza.
La prisión en un relato
COMUNICACIÓN CóDIGOS Y LéXICOS
“Noble es el hombre varonil que sabe soportar sin gimoteos
la pobreza, la humillación, los dolores y las noches de insomnio”
Nietzsche
Te has preguntado cómo sería tu vida si al despertar te encontraras tendido en un piso helado, temblando por un extraño frío que tiene que ver más con el miedo que con las bajas temperaturas. Has pensando cómo sería si cada día te despertara el golpe seco y violento de los cerrojos al abrirse, y fuera necesario escuchar tu nombre gritado por una voz que lo escupe casi con desprecio y tener que contestar mecánicamente ¡presente! Te imaginas nunca más estar solo, y que incluso las actividades más elementales como ir al baño tengan que ser vistas por los otros, o que de repente te sorprendas hablando solo como un intento por permanecer cuerdo y escapar de la sensación de estar siempre observado…
Por estas razones, es sin duda la capacidad de resistir lo que identifica de manera más clara la vida en reclusión, porque un hombre tiene que vivir para algo: sino es para el abrazo y el amor, será para el odio y la cumplida venganza –ya que la dulce mentira de la readaptación no hay quien la crea, tal vez solo un poco los ingenuos y los políticos pragmáticos.
El preámbulo es por Carlos Santillana. Un respetado maestro de escuela privada, con una vida hecha: dos hijos mayores, una esposa muerta, próximo a los sesenta años, de voz tersa y modales delicados, a veces afeminados. Esa vida se fue al caño cuando su amor a la escuela y a la enseñanza se transformó en atracción a los niños. El día que lo sorprendieron, su mundo de respetabilidad se acabó y de un momento a otro se vio encerrado entre lo que más odia: la mugre y la vulgaridad.
La respetabilidad y la clase se fueron con la misma rapidez que llegaron los insultos y las vejaciones, porque a decir del dandy, como ahora se le conoce, todo es soportable menos la vulgaridad, que lo obliga a formarse en una cola interminable para recibir una ración de alimentos grasientos e incomibles, y a tener que ocultarse para leer su copia perfectamente cuidada de Las flores del mal, de Charles Baudelaire, porque la última vez que lo vieron leyendo su libro de poesía maldita un grupo de reos, creyéndolo “rarito” o “puñal”, casi lo matan a golpes.
Todos los días fueron un suplicio para Carlos. Cuando se supo el motivo de su encarcelamiento los demás reos sintieron la fuerza moral para enfundarse en el traje de justicieros, aprovechando toda ocasión para hacerle pagar su crimen con cualquier clase de arbitrariedades: lo raparon, le rasuraron las cejas, y hasta lo tatuaron con una lágrima infame en el rostro con la que se suele identificar a los reos de crímenes sexuales.
Pero el antiguo profesor resistió todo eso convencido de ser un dandy de otra época y jamás se quejó, tan solo decía después de estos ultrajes: No pasa nada, mi reino no es de este mundo. Un día, cansado de tanta vulgaridad, llegó a la conclusión que tenía que hacer algo para nunca más tener que formarse para comer el insoportable revoltijo que las autoridades llaman comida, de tal suerte que en una ocasión, aún no sabe cómo, este loco anciano se extrajo uno a uno todos los dientes.
Cuando el custodio lo vio totalmente ensangrentado, para evitar un problema mayor, lo llevó con el director del penal. Una vez que ambos funcionarios se enteraron del motivo de ese sangriento acto de automutilación, primero se asombraron, después se enfurecieron, hasta que finalmente, para ahogar cualquier repercusión legal por el descuido institucional, le concedieron al anciano una dieta especial y la oportunidad de no tener que formarse nunca más. Hoy Carlos se alimenta decentemente en el comedor de las autoridades.
En cuanto al otro inconveniente de tener que esconderse para deleitar sus flores malditas, lo resolvió de una manera creativa: ahora intercala cada página de su preciado tesoro con las páginas de una “santa biblia”… Es curioso verlo leyendo públicamente con tanto arrobamiento las páginas de lo que los demás creen que es La Biblia y no entienden claramente de dónde le viene el brillo a sus ojos y el placer que se dibuja en su sonrisa.