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Bailarines en gestación

 

JÓVENES ESTUDIANTES DE LA ESCUELA NACIONAL DE DANZA CLÁSICA Y
CONTEMPORÁNEA EXHIBEN SU POTENCIAL

 

 

                                                                                                                                                                                                 POR Juan Hernández

 

  Cartas de otoño / Laura Rocha  

 

 

Fuera de la escena profesional, de las grillas institucionales y de grupos; alejados aún de los “divos” y las “divas”, de las modas y los vicios adquiridos en la práctica al mando de coreógrafos que imponen estilos, los jóvenes estudiantes de la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea gozan aún de la pureza del intérprete que sólo responde a la pasión, a la vocación y al poder del llamado de su cuerpo pidiendo manifestarse.

 

 

Los bailarines en estado de gestación que ingresan a las aulas de la escuela de danza asisten con la convicción de que el lenguaje del cuerpo es la que corresponde a su naturaleza.

 

 

Es a través de ese lenguaje que encuentran su manera de estar en el mundo, de identificarse a sí mismos en su relación con el “otro” y de expresar creativamente el estado del alma.

 

 

Laura Rocha  

Sorprende verlos en sus prácticas escénicas sin la parafernalia de un teatro profesional. Desnudo el escenario –que no es otra cosa que un entarimado colocado en la explanada de la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea–, los primeros encuentros de los estudiantes con el público ocurren sin más mediación que la energía que se genera en la ejecución de las coreografías.

 

 

Estas experiencias, en las cuales los estudiantes trabajan con un maestro que es también el coreógrafo en el montaje de una obra para ser expuesta al público sin la producción y la formalidad que priva en las presentaciones profesionales, son fundamentales en la formación de los jóvenes que bailan.

 

 

En marzo tuve la oportunidad de presenciar la Temporada de Primavera de las prácticas escénicas de los estudiantes de la Licenciatura en Danza Contemporánea.  Me sorprendió gratamente y conmovió ver esos cuerpos reconociéndose aún en el espacio sagrado de la escena en el caso, por ejemplo, de los estudiantes de primer año, quienes interpretaron la obra Será posible el encuentro???, de Mirta Blostein.

 

 

No obstante la inexperiencia, los jóvenes mostraron estar dotados para la danza, tanto corporal como vocacionalmente. La pieza, adecuada a la aún breve experiencia de los estudiantes de este nivel, permitió a las muchachas y muchachos iniciar la búsqueda del sentido del lenguaje del cuerpo y de éste en el entramado de las relaciones que ocurren sin cesar en una coreografía que busca ser metáfora del mundo.

 

 

Por otro lado, el sometimiento del cuerpo del bailarín a las necesidades de la obra dancística, para que ésta nazca sin problema, no pudo menos que conmover en la interpretación del grupo de segundo año de la obra Mi destino me pertenece (Fateor me fata), del sobresaliente coreógrafo Francisco Illescas.

 

 

El creador no permite la complacencia, la exigencia para los bailarines que colaboran con él es llevada al límite. El coreógrafo rompe con el espacio convencional y subraya el poder de transgresión de los intérpretes.  

 

 

No le basta el entarimado de piso suave, entrena a los bailarines para que bailen aún en condiciones no “aterciopeladas”. Es la tradición del coreógrafo y bailarín la que habla, por eso no extraña que sus obras busquen confrontar a los jóvenes intérpretes a condiciones incluso adversas para la ejecución dancística.

 

 

Los alumnos de Illescas saltan, giran, caen sobre el cemento picado; con los pies raspados y sangrantes sobrepasan el dolor para concluir la propuesta dancística, recurriendo a su deseo de ser bailarines profesionales algún día. Yo diría que tienen todo para serlo, de hecho gozan de esa pureza de instinto que muchas veces se ve perdido en algunos bailarines experimentados.

 

 

  En Mi destino me pertenece el coreógrafo explora, con intensidad, preguntas fundamentales: ¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Cuál es el sentido de la existencia? Interrogantes que ocupan al creador pero que quizá resulten demasiado complejas para jóvenes que apenas dejan la adolescencia.

 

 

Digamos que los bailarines en gestación son enfrentados, de este modo, a sus primeros retos para la interpretación y la construcción de metáforas o figuraciones del mundo y estudios profundos sobre la condición humana.

 

 

El grupo de cuarto año, por otra parte, escenificó la obra Poncha, de la coreógrafa Gabriela Medina. El lenguaje de la creadora es inconfundible. Instalada en la contemporaneidad, construye una gramática clara, legible, identificable, desde la exploración de movimiento hasta la creación del discurso que figura el modo de vida caótico, histérico, neurótico y violento en el mundo actual.

 

 

Medina recurre a la estructura del juego, en donde hay reglas, perdedores y ganadores. El juego en sentido lúdico, pero también con un alto contenido perverso: lo importante es ganar y el ganador, al ejercer el poder absoluto, expresa el gozo de humillar, pisotear y lastimar a su semejante.

 

 

Una reflexión sobre la naturaleza humana y su perversión en el ejercicio y deseo de poder, que es quizá uno de los temas de mayor pertinencia en nuestro tiempo.

 

 

Los estudiantes lograron una interpretación técnica rigurosa, pero también una gran versatilidad en el uso de los recursos teatrales que resultaron fundamentales para concluir con éxito la propuesta de la coreógrafa.

 

A Laura Rocha, por otro lado, le tocó crear la obra Cartas de otoño, que montó con los estudiantes de tercer año de la Licenciatura en Danza Contemporánea. Una propuesta sobre las relaciones humanas, las despedidas, los viajes, metáfora del espacio interior, espiritual, en donde se dan las grandes batallas de vida.

 

 

 

Los alumnos trabajaron con Rocha la búsqueda de una expresión emocional equilibrada: entre la suavidad y la intensidad, para evitar desbordamientos melodramáticos y consolidar un tono emotivo sobrio.

 

 

Sería imposible nombrar a todos los alumnos de la escuela de danza en este espacio, pero sin duda representan la fuerza y el motor de la creación dancística del futuro. Ellos conformarán a la pléyade de bailarines que alimentarán el arte de Terpsícore con la mística que les han heredado sus maestros, pero también con las herramientas técnicas y la vocación para enfrentarse a los retos de la creación en el mundo profesional.  

 

 

Enhorabuena. 

 

 

HEBscJNOPfOrPvLfK

2012-09-14

 

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