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75 años de danza en el Palacio de Bellas Artes

 

LA INVESTIGADORA MARGARITA TORTAJADA PUBLICA, EN UN SOLO VOLUMEN, LA HISTORIA DE
LA DANZA EN EL RECINTO ARTÍSTICO MÁS IMPORTANTE DE MÉXICO

 

 

                                                                                                                                                                                                 POR Manuel Stephens .

 

 

El 2 de abril de 1904, como parte de las magnas obras para celebrar en 1910 el centenario de la Independencia, dio inicio la construcción del Palacio de Bellas Artes, el cual ocuparía las funciones del antiguo Teatro Nacional. El proyecto estuvo a cargo del arquitecto italiano Adamo Boari, quien planeo un edificio monumental en el que convivirán el art nouveau y el art decó.

 

La obra pasó por muchas vicisitudes, entre las cuales la más significativa fue la Revolución, su edificación se retomaría y frenaría en varias ocasiones, hasta que en 1931 el arquitecto Federico Mariscal se hace cargo del proyecto.El PBA es, hasta hoy, el que alberga las manifestaciones artísticas de más alto nivel, nacionales e internacionales, en nuestro país.

 

La danza arribó al Palacio de Bellas Artes (PBA) dos días después de su inauguración con la obra La verdad sospechosa, de Juan Ruiz de Alarcón, en la que participó la excelsa actriz María Teresa Montoya. El encargado para abrir este teatro al arte del movimiento, el 2 de octubre de 1934, fue una de las compañías más importantes de la época: el Ballet Ruso de Montecarlo, propiedad del coronel Vassili de Basil.

 

A partir de entonces, los diferentes géneros dancísticos -clásico, moderno, contemporáneo y tradicional- han sido habitantes constantes del PBA, lo que no ha sucedido sistemáticamente con el teatro, por ejemplo.

 

Para celebrar el 75 aniversario de este recinto se publicó una colección que recupera puntualmente la información de los espectáculos que se han presentado ahí. La investigadora que se hizo cargo del volumen sobre danza es Margarita Tortajada. Es complicado reseñar un libro de más de 800 páginas e, incluso, Tortajada señala en la “Introducción” que para un trabajo, que personalmente calificaría de monumental “fue imposible ser exhaustivo por razones de espacio; muchas crónicas y críticas quedaron fuera de este libro. Sin embargo, muestra un panorama más que generoso de la danza que ha visitado el PBA; los diferentes géneros, los momentos históricos en que predominaron unos sobre otros y su diversa aceptación a lo largo del tiempo; las compañías y bailarines más festejados; los éxitos y fracasos más sonados; la censura; los apoyos obtenidos; los gustos y modas, así como la permanencia de obras y creadores; el lenguaje empleado por los cronistas y críticos, sus estilos, cambios y profundidad de descripciones y análisis. Todo ello es testimonio de la danza y del Palacio de Bellas Artes”.

 

Si bien es prácticamente imposible cubrir lustros de historia en un solo volumen, 75 años de danza en el Palacio de Bellas Artes. Memoria de un arte y un recinto vivos (1934-2009) es una obra que sorprende por su compromiso con la documentación a profundidad. En ella se recuperan una a una las compañías que se presentaron, el programa que bailaron y todos los créditos de sus integrantes, así como textos críticos y crónicas de las épocas, lo que la convierte en un inmejorable texto histórico y de consulta para los estudiosos y para quienes se interesan en su temática.

 

En 75 años de danza se recuperan documentos tan importantes como la única ponencia sobre danza presentada en el congreso de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios en 1937, la cual estuvo a cargo del artista plástico Carlos Mérida. El texto de Mérida aún está influenciado por tendencias nacionalistas, pero conserva actualidad hasta hoy: “Como toda forma de expresión humana sujeta a desarrollo y evolución, la danza ha pasado por diferentes ciclos manifestativos que entrañan diferentes etapas técnicas, necesarias a la expresión de cada época; estas sustentaron diferentes contenidos ideológicos que llegaron a su clímax mientras la técnica estructuró debidamente la tesis”.

 

No podían faltar las impulsoras de la danza moderna en México: Waldeen y Anna Sokolow. Sobre la primera un crítico afirma que “Waldeen encarna, para mi gusto, el espíritu moderno, sobrio, innovador. Es una bailarina que logra, en sus pasos, realizar plásticamente lo que apenas han entrevisto algunos pintores audaces”. Respecto a la Sokolow se puntualiza que “Es, por esencia, una bailarina dinámica. Pero entendamos: dinámica no en el sentido de que ella considera el baile como una sucesión de movimientos gimnásticos, fríos, mecánicos, sin sentido, sin alma; sino, antes bien, porque poniendo el baile en primer término, y partiendo del baile para interpretar y expresar, a él subordina la actitud, el gesto, y no disocia éstos de aquél”.

 

Posteriormente a esta primera etapa vendrá el trabajo de coreógrafas como Josefina Lavalle, Ana Mérida y Guillermina Bravo, entre otras,

               

 

ésta última ha sido -en mi conocimiento- la única que ha sido censurada en el PBA cuando en 1954 la obra Rescoldos tomaba una postura crítica frente a los políticos que, surgidos de la Revolución, se habían aprovechado de su posición.

 

Por el PBA han transitado figuras y compañías importantísimas para la danza nacional y mundial: Martha Graham, Doris Humphrey, José Limón, Merce Cunningham, Maurice Béjart, Paul Taylor, Pina Bausch, entre muchos más.

 

Además ha abierto sus puertas a la danza contemporánea del país, principalmente desde la celebración en 1980 del entonces Premio Nacional de la Danza y la temporada “Imágenes en movimiento”.

 

Esta investigación de Tortajada es ya una obra fundamental para entender el devenir de la danza en México.

 

 

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