DESTACADO ALUMNO DE RAÚL FLORES CANELO Y DIFUSOR DE SU ESCUELA
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Entre los coreógrafos mexicanos, pocos son los que a través de sus obras se transparentan de una manera tan nítida como José Rivera. La dicotomía entre autor y obra en su caso es indivisible. Mientras algunos coreógrafos de su generación tienden a difuminar su imagen e intimidad dentro de la vorágine de modas dancísticas que van surgiendo, Rivera no se desvía del camino marcado. Esto no significa que esté completamente al margen de laaa novedad, laaa promoción, laaa propaganda; sin embargo, ha permanecido fiel a principios muy caros tanto a su trayectoria profesional como a su vida personal, entre ellos a su mentor, Raúl Flores Canelo, y a su preferencia sexual.
Antes de despuntar como coreógrafo, José Rivera realizó una carrera como bailarín digna de admiración por la rapidez con que alcanzó el nivel de solista y el reconocimiento del gremio. Cuando en 1987 conoce a Raúl Flores Canelo durante el Festival Internacional de danza de San Luis Potosí, Rivera difícilmente contaba con una formación académica lo suficientemente sólida como para incursionar en el ámbito profesional. Un par de irregulares años de tomar clases en el Instituto Potosino de Bellas Artes y una breve temporada como miembro del Ballet Provincial de San Luis Potosí era lo único que lo respaldaba. Pero Flores Canelo vio algo en él, y lo invitó a continuar su formación en el Ballet Independiente (BI).
El 15 de agosto de 1987 fue el señalado día en que Rivera llegó al Distrito Federal para quedarse y, a menos de un año de integrarse al BI, Flores Canelo lo lanzó como solista en el Palacio de Bellas Artes interpretando "El bailarín", pieza de la coreografía-homenaje a López Velarde por el centenario de su natalicio. Ninguno de los discípulos de Canelo asimiló tan a profundidad sus enseñanzas.
Al hablar de la obra de Rivera se reconoce la tradición coreográfica inaugurada por su padre en la profesión dancística, que se regodea en lo mexicano y en el eclecticismo de la Ciudad de México, en la multiplicidad de sus voces, en danzas que evocan el caminar por calles que reciben amorosamente, y a veces no tanto, a quienes las cruzan, es hablar del barrio, "del muladar y de la basura, de la basura y del muladar", y también de otros estratos, pero siempre dentro del producto nacional. Él es fiel a su maestro y continúa la brecha que éste abrió.
En 1996 Rivera funda su compañía: La Cebra Danza Gay. La decisión del coreógrafo de etiquetar su trabajo como “gay” implicaría el restringir el radio temático de su obra, cerrando tal vez la posibilidad de acceder a otros ámbitos de lo humano, pero en realidad señala la exposición de sus intereses principales, lo mismo que su estrategia publicitaria.
La “danza gay” le ha permitido a este coreógrafo desempeñar un papel de activista hasta entonces no visto en la danza mexicana. Desde la fundación de su agrupación y hasta mediados de la primera década de este siglo, la lucha arcoíris de Rivera fue irreverente y carnavalesca, un periplo en el que se suspendían el establishment, la rigidez y la solemnidad, para propiciar, ya fuera del teatro, la tolerancia, el respeto, la justicia y la dignidad, cosas que nos involucran a todos, independientemente de la forma y el color de nuestros deseos.
Sin embargo, después de dos años en los que, tras aceptar la propuesta, dirige el BI (con lo que ocupa, en una perspectiva psicoanalítica, el lugar del padre, y con lo que propicia la desbandada de una compañía de más de diez bailarines que conformaron la compañía por años —algo inusual en los grupos independientes), la situación de la comunidad gay ha cambiado vertiginosa y radicalmente. El 21 de diciembre de 2009, por ejemplo, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó la unión entre personas del mismo sexo, así como su posible derecho a la adopción. Esto genera una realidad sociopolítica en extremo distinta a la que se vivía en la primera etapa de La Cebra. Rivera comenta: “Acaban de llegar a la compañía dos bailarines, uno de 19 y otro de 16 años. Al hablar con ellos veo una gran diferencia en su experiencia con lo que sucedía de hace veinte años a la fecha, en la mentalidad, en la manera de asumirse con una postura tan liberal y despreocupada. Me doy cuenta que su condición de homosexuales jamás fue un problema y tampoco cuestionada, lo cual me da un enorme gusto, pero también me gustaría que reflexionaran cómo es que se llegó ahí”.
Sin duda, La Cebra propició el cambio para que las nuevas generaciones no tuvieran que sufrir la violenta represión que apenas se empieza a difuminar, de la que ellas, de hecho, no son conscientes ni reconocen: a los más jóvenes capitalinos no les interesa asumir una postura política y se instalan en una supuesta aceptación y legitimidad total de la gaycidad por parte del grueso de la población. “Me da gusto saber que todo el trabajo que hice en los noventas junto con otras muchas personas -dice Rivera- ha rendido frutos y México ha llegado a un grado de tolerancia y aceptación de lo diferente como nunca antes, aunque todavía nos falta mucho”.
A nivel creativo, José Rivera y su grupo se hallan en la encrucijada de encontrar una nueva vía de expresión artística que renueve el discurso políticamente frontal al poder que logró teatros llenos, portazos y el reconocimiento de un público diverso. Por lo pronto, Rivera cumple 25 años de trayectoria como bailarín y parte del festejo estuvo en las funciones llevadas a cabo en el Teatro de la Ciudad “Esperanza Iris”.