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Bandera Sección Imágenes

 

 

La muerte trae a sus empleados en Audi

 

CRIPTAS, CAPILLAS Y MONUMENTOS, NEGOCIO REDITUABLE EN PANTEONES DE LUJO

 

POR ENID ÁLVAREZ SOBERANIS

 

Crónica

  • FERNANDO LUNA

 

 

English version


Clava la pala en la tierra, luego la levanta y una lluvia de polvo cae sobre el cadáver. Repite la operación con destreza, pero la orquesta de sollozos le recuerda a Omar que su exhibición de bíceps está fuera de lugar, del mismo modo que rememora el lema de sus colegas: Aquí el que más llora es el más hipócrita.


Aquí, es el Panteón Americano, sitio al que Omar llega todos los días a las ocho de la mañana a bordo de su Golf plateada, modelo 2002. Sale de su casa a las siete con quince minutos, procedente de la colonia San Rafael, en el municipio de Naucalpan.


Aquí, también, la escoba se convierte en una herramienta indispensable. El sector C, que mide poco más de media cuadra, debe quedar libre de la alfombra que diariamente tejen con sus hojas muertas los eucaliptos, los pirules, los truenos, los pinos y los fresnos, quienes buenamente se encargan de hacerle sombra a los del eterno reposo.


En estos troncos, algunos de ellos centenarios, viven ardillas, gorriones, fantasías, y de vez en cuando reciben la visita de colibríes, guacamayas y águilas. En compañía de estos animales, Omar barre los breves andadores que se forman entre una lápida y otra. Quita las flores y el agua podrida de los depósitos, y acumula los desechos para trasladarlos a un tiradero.


A la una de la tarde, más o menos, los 18 sepultureros del panteón hacen una pausa. Se reúnen alrededor de cuatro tabiques, una parrilla y leña al rojo vivo para calentar la comida que sus esposas les han guardado en trastes de plástico con tapa. Algunos salen a comer al mercado y, otros, como Omar, suelen pedir alimentos de la fonda más cercana.


Además de barrer, las tareas de los sepultureros también consisten en la construcción de lozas y, por supuesto, los entierros. Entre estas actividades se consume la mayor parte de la jornada de trabajo, actividades por las que reciben una paga de 450 pesos a la semana.


Estos hombres también se ganan la vida procurando a los muertos ajenos. Comprarle flores o arreglarle el jardín al muerto de otro cuesta mínimamente 350 pesos, de acuerdo con la tarifa. “Después de ahí puedes cobrar lo que quieras, depende de lo que el cliente quiera ponerle a su difunto”, cuenta el joven de 27 años de edad.


Con apenas tres meses de casado, Omar cuenta que lleva dos años trabajando en este panteón y que le va muy bien económicamente. Se apresura a mostrar su anillo. Me extiende rápidamente y henchido de orgullo una de sus manos. Al notar mi desconcierto, pregunta:


— ¿Qué?, ¿no te gusta?


—Sí, es sólo que pensé que me ibas a mostrar tu anillo de matrimonio.


—No, si te digo que nos va bien es por el oro que sacamos… aquí hay mucho oro.


Imposible decirle “estaba grande el muerto”, la joya le ajusta de maravilla en el meñique derecho. Esclavas, cadenas, pulseras, aretes, collares… y otras monerías más, como el whisky, que recién le ponían a una mujer “muy importante, porque venía de Gayosso; era una botella yo creo que de más de dos litros, si la viste, ¿no?, ¿Te imaginas cuándo la abran la tumba? Quién sabe quién vaya a ser el ganón”.


— ¿Entonces te va muy bien por el oro que hay aquí?


—Aquí hay otras cosas.


— ¿Cómo cuáles?


—Como las que te platiqué cuando viniste con tu amigo.


— Claro, mi amigo el fotógrafo… ¿Te refieres a las criptas?


—A las criptas, a las capillas, a los monumentos.


Omar denomina esas actividades como chambas independientes. Cuando el panteón se cierra, y si ha conseguido clientes, entonces pega una piedra sobre otra, junto con “sus chalanes”, y erige capillas. Las más caras andan por los 160 mil pesos y las más baratas en 70 mil, “y eso por los materiales, las hacemos de mármol, de cantera, o de piedra negra”.


Cuenta que estas “chambas independientes” son un poco más escasas que los monumentos, los cuales tienen mayor demanda y menor precio. En el caso de las capillas “ahí sí la gente se modera un poco más, te dicen: me aguanto a la utilidad, al aguinaldo”.


Mientras Omar me lleva al área donde asegura que todas las tardes llora y ríe al mismo tiempo una niña, me pregunto si existe el asalariado que espera los bonos de fin de año sólo para cubrir los restos de familiar entre la pompa y el lujo.


“17 días. Dulce María” reza la sentencia, lapidaria en más de un sentido. Un rehilete de vivos colores es animado por el viento, y pareciera como si al mundo infantil se le hubiera permitido manifestarse sólo a través de un juguete de plástico.


— Quien más la oye es mi papá.


— Tú papá te trajo a trabajar acá, ¿verdad?


— Sí.


Omar le agradece a su padre la oportunidad, ya que gracias a ella, le ha hecho casa a su esposa y acaba de comprar un nuevo auto, otra Golf. Cuando me cuenta que tiene tíos trabajando en el panteón de al lado, el Panteón Español, le pregunto cuánto hace que su familia se dedica a esto, me dice que no lleva la cuenta, pero que ha oído a su familia decir que su papá es sepulturero desde que tenía once años de edad.


— Es mucho tiempo, de seguro a él debe ir muy bien.


—¿A quién?, ¿a mi jefe? Claro, usa un Audi.


— Órale.


— Sí, y yo voy chingarle porque también quiero uno.

 

 

Tacuba
  • FERNANDO LUNA

 

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