La mujer nunca es intempestiva

La mujer avisa, se anuncia, es lenta, morosa, barca de la parsimonia que de pronto se descubre en la curva del horizonte, y luego, con suerte y paciencia, es posible verla acercarse, verla crecer, mirarla en toda su majestad, convertida en la enorme montaña que siempre ha sido, asombrosa, llena de luz.
Acaso sea eso lo que pinta Caspar David Friedrich, más allá de las coníferas, en su Viajero frente al mar de niebla. Porque, para toparse con la mujer, hay que ser un wanderer, un viajero errante, vagabundo, trashumante.
La mar de la mujer es ignota, no reconocemos su inconmensurable grandeza ni la multiplicidad de sus expresiones humanas. A las pequeñas rocas donde residimos, las llamamos continentes –tanta es nuestra ignorancia-, hasta que saltamos al agua y descubrimos el océano, y entendemos dónde está la verdadera fuerza, dónde surgen tormentas reales, dónde aparece el ímpetu cierto, dónde está la hondura femenina.
Sea como sea, la mujer es un momento, es decir: un momentum; es decir, un movimentum; es decir, la duración de un movimiento. La mujer es la duración de un movimiento.
Los momentos son efímeros, recurrentes e impredecibles, además de absolutamente subjetivos. Tres momentos son los más humanos: felicidad, amor y mujer.
Si tales momentos no fueran efímeros como luces de bengala, e impredecibles como las albinas cuijas, se volverían aburridos y hasta fastidiosos. Hay gracia en ellos por la miniatura de su ser, por el tiempo tan diminuto que alcanzan a vivir. Hay gracia en ellos por esa incapacidad nuestra para percibirlos la mera víspera. Miente quien diga saber lo que va a pasar en su corazón y en su alma dentro de quince minutos.
¿Pero cómo, entonces, digo que la mujer nunca es intempestiva?
Es fácil aclarar esta aparente contradicción: una cosa es que la mujer avise, se anuncie, sea lenta, morosa… y otra, muy diferente, es que nosotros seamos capaces de percibirla a la primera de cambios.